Breve introducción a J. G. Ballard, biógrafo del desastre

La poeta argentina María Negroni concluye uno de sus poemas diciendo: «El abismo no tiene biógrafo». No sé si el abismo tiene o no tiene biógrafo, pero, si el desastre lo tuviera, ese sería James Graham Ballard. Nacido en Shangai en 1930, en una familia de colonos ingleses de clase alta, su extensa obra podría entenderse –él mismo así lo afirmó en más de una ocasión– como un enorme rompecabezas en el que echamos en falta la imagen total. Está compuesta por novelas tan conocidas como Crash (1973), Rascacielos (1975) o El imperio del sol (1984), y por otras que lo son menos, como Isla de cemento (1973), El mundo sumergido (1962) o La sequía (1964). Todas ellas conforman una suerte de catálogo del desastre; un desastre que es tan destructor como redentor, incluso emancipador. Sería un error reducir su obra al cliché de la narrativa del desastre, pero su dilatada y fructífera trayectoria nos permite comprobar que detrás de esa narrativa existe una suerte de filosofía de la catástrofe. Con «Mitologías del futuro, desastres del presente» queremos seguir las huellas y obsesiones de un autor que se propuso, desde muy pronto, entender las lógicas que subyacen al avance tecnológico…

Alberto Santamaría

La poeta argentina María Negroni concluye uno de sus poemas diciendo: «El abismo no tiene biógrafo». No sé si el abismo tiene o no tiene biógrafo, pero, si el desastre lo tuviera, ese sería James Graham Ballard. Nacido en Shangai en 1930, en una familia de colonos ingleses de clase alta, su extensa obra podría entenderse –él mismo así lo afirmó en más de una ocasión– como un enorme rompecabezas en el que echamos en falta la imagen total. Está compuesta por novelas tan conocidas como Crash (1973), Rascacielos (1975) o El imperio del sol (1984), y por otras que lo son menos, como Isla de cemento (1973), El mundo sumergido (1962) o La sequía (1964). Todas ellas conforman una suerte de catálogo del desastre; un desastre que es tan destructor como redentor, incluso emancipador. Sería un error reducir su obra al cliché de la narrativa del desastre, pero su dilatada y fructífera trayectoria nos permite comprobar que detrás de esa narrativa existe una suerte de filosofía de la catástrofe.

Con «Mitologías del futuro, desastres del presente» queremos seguir las huellas y obsesiones de un autor que se propuso, desde muy pronto, entender las lógicas que subyacen al avance tecnológico y económico de nuestras sociedades, así como a las transformaciones morales que estos desarrollos traen consigo. El término «obsesión» no es en vano. Ballard tenía una particular visión de las obsesiones, que entendía como algo positivo. En más de una ocasión, dijo que uno tiene que ser fiel a sus obsesiones, que debe creer en ellas, pues poseen un idioma particular que es preciso descifrar.

Ballard ha ejercido una notable influencia en el pensamiento contemporáneo, sobre todo en diferentes elementos contraculturales del siglo xx. De ahí que su narrativa sea una pieza de conversación imprescindible a la hora de pensar el presente. Su obra habla de desastres climáticos, bélicos, psicológicos, desastres producidos por el capitalismo… Todos ellos funcionan como capas de un mismo sentido trágico acerca de las transformaciones del pasado, del presente y del futuro.

En su obra trata el desastre desde la perspectiva de cómo el ser humano se adapta fácilmente a él y lo provee de sentido. Para Ballard, el desastre no es algo que está por llegar, sino que es aquello que ya estamos habitando. El escritor China Miéville lo resume con estas certeras palabras: «Ahora todos somos postBallard. Pero no porque lo hayamos superado, ya que seguimos estando ineludiblemente definidos por él».

Ballard forma parte de la llamada «nueva ola de la ciencia ficción», en la que también están Brian Aldiss, John Brunner, Thomas Disch o Ursula K. Le Guin. Una generación intentó indagar dentro del género. En el caso de Ballard, él concebía la ciencia ficción y su propia obra como literatura del espacio interior. Esa ciencia ficción era un sismógrafo que permitía tantear y palpar lo que estaba por venir. Sus novelas y relatos le valieron enormes éxitos y numerosos reconocimientos. Republicano convencido, uno de los pocos premios que rechazó fue la condecoración de la corona británica, que le concedieron en 2003.

Ballard murió en Londres, el 19 de abril de 2009. Al poco tiempo de su muerte, el diccionario Collins recogió el adjetivo «ballardiano» con la siguiente definición: «Sombríos paisajes artificiales y efectos psicológicos de los desarrollos tecnológicos, sociales o ambientales».

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