Living la vida loca en la Estrella de la Muerte. El conservadurismo salvaje de J. G. Ballard
El filósofo y sociólogo investigador del CSIC César Rendueles, autor entre otros ensayos de Comuntopía. Comunes, postcapitalismo y transición ecosocial (Akal, 2024), reflexiona acerca de la sensibilidad política de Ballard. A pesar de escribir historias nihilistas, obscenas y catastróficas y de que cuestionara literariamente la sociedad hiperconsumista, el autor de Crash fue siempre una persona de orden, un liberal de derechas, defensor de las recetas económicas de Reagan y Thatcher y también del lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki. James G. Ballard vivía en un barrio residencial al borde del Támesis, en el extrarradio de Londres. Un sitio anodino llamado Shepperton que a menudo aparece en sus novelas reconvertido en escenario distópico de catástrofes y tempestades sociales. En sus memorias, Ballard recordaba que ocasionalmente algún admirador letraherido conseguía localizar su domicilio y llamaba a su puerta. Por lo general, era algún hippie bastante drogado y de aspecto contracultural que, por supuesto, quedaba sobrecogido por la normalidad del hogar de Ballard –sus tres hijos, su casa perfectamente respetable…–, acorde con un suburbio de una morigeración fundamentalista. Pero, inmediatamente, sacaba la conclusión a la que llegaría cualquier lector fanático de Ballard: esa normalidad era una máscara, un disfraz….
César Rendueles
El filósofo y sociólogo investigador del CSIC César Rendueles, autor entre otros ensayos de Comuntopía. Comunes, postcapitalismo y transición ecosocial (Akal, 2024), reflexiona acerca de la sensibilidad política de Ballard. A pesar de escribir historias nihilistas, obscenas y catastróficas y de que cuestionara literariamente la sociedad hiperconsumista, el autor de Crash fue siempre una persona de orden, un liberal de derechas, defensor de las recetas económicas de Reagan y Thatcher y también del lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki.
James G. Ballard vivía en un barrio residencial al borde del Támesis, en el extrarradio de Londres. Un sitio anodino llamado Shepperton que a menudo aparece en sus novelas reconvertido en escenario distópico de catástrofes y tempestades sociales. En sus memorias, Ballard recordaba que ocasionalmente algún admirador letraherido conseguía localizar su domicilio y llamaba a su puerta. Por lo general, era algún hippie bastante drogado y de aspecto contracultural que, por supuesto, quedaba sobrecogido por la normalidad del hogar de Ballard –sus tres hijos, su casa perfectamente respetable…–, acorde con un suburbio de una morigeración fundamentalista. Pero, inmediatamente, sacaba la conclusión a la que llegaría cualquier lector fanático de Ballard: esa normalidad era una máscara, un disfraz. Sin duda, Ballard era doblemente subversivo, un agente secreto de la barbarie en aquella tiranía pequeñoburguesa, un quintacolumnista de la locura en el gélido corazón de las convenciones. Su hogar, tan aparentemente conformista, era mucho más provocador en realidad que si viviera en una yurta instalada en mitad de una isleta de autopista, destilando su propia absenta con restos del contenedor de basura orgánica. Esta especie de hermenéutica de la sospecha al revés subyace a muchas interpretaciones populares y académicas de la obra de Ballard, seguramente porque es una lectura reconfortante para quienes han visto en ella un ariete literario para la crítica del capitalismo consumista. Es comprensible, pero también creo que hay algo larvadamente infiel y espurio en ese punto de vista: si algo le debemos a Ballard sus lectores es no conformarnos con una versión conciliadora de sus libros.

El escritor con sus hijos, James, Fay y Bea, en su casa de Shepperton, 1965. Foto: Mirrorpix / Alamy
A principios de los años ochenta del siglo pasado, un grupo de seguidores franceses de Philip K. Dick, capitaneados por Emmanuel Carrère, invitaron al autor de Ubik a dar una conferencia en París. Esperaban recibir a un profeta underground con una compleja visión de la sociedad y la literatura cuya inteligencia penetrante rasgaría los velos de la realidad. Se quedaron estupefactos cuando se dieron cuenta de que Philip K. Dick era una persona con gravísimos problemas de salud mental que llevaba una vida muy deteriorada. Lo que parecía una escritura visionaria eran delirios literales, lo cual resultaba, paradójicamente, muchísimo más inquietante. Creo que con Ballard ocurre algo parecido: tenemos que leer sus novelas en un sentido mucho más literal de lo que algunos hemos hecho, al menos por lo que toca a su sensibilidad política. Las personas progresistas cometemos muchas veces el error de pensar que los conservadores tienen valores más débiles o poco coherentes que los nuestros. Que, o bien son alérgicos al conflicto que se dejan llevar por su entorno sin cuestionarlo, o bien, sencillamente, están confundidos pero la pereza intelectual les impide hacer el esfuerzo de examinar críticamente sus creencias erróneas. Ballard prueba lo contrario. Su vida convencional no era ninguna máscara. Era una persona de orden. Punto. Pero por su prosa no corre ni una gota de indolencia o conformismo: al contrario, era adicto al conflicto. Sus novelas son máquinas de demolición que sacan a la luz demonios y nos proporcionan veneno literario, pero son los demonios y el veneno de las personas de orden. Pensar sus novelas con alguna lealtad tiene que ver con tratar de hacernos cargo de esa forma extrañamente conservadora –o al menos nada revolucionaria– de adentrarse con entusiasmo en la obscenidad, el nihilismo y la catástrofe.
Ideológicamente, Ballard era un liberal de centro-derecha. Nunca lo ocultó y nunca quiso ser otra cosa. En sus primeras novelas aparecen referencias a personas racializadas que hoy resultan, por así decirlo, embarazosas. Admiraba Estados Unidos y odiaba profundamente la Unión Soviética. Hola, América no es una crítica: es una carta de amor lisérgica a los mejores tiempos de un país que idolatraba. Ballard se alistó en el ejército británico en los años cincuenta y la perspectiva de pilotar un avión de combate de la OTAN cargado con armas nucleares nunca le causó el menor dilema moral, más bien al contrario. Defendió hasta el final de su vida el bombardeo de Hiroshima y Nagasaki. Pensaba, posiblemente con razón, que las armas atómicas le habían salvado de la muerte en el campo de concentración japonés en el que estuvo recluido con su familia:
El poder norteamericano nos salvó la vida, sobre todo las bombas atómicas arrojadas sobre Hiroshima y Nagasaki. No solo nos perdonaron la vida a nosotros, sino a millones de civiles asiáticos y, probablemente, a millones de japoneses en las islas. Encuentro absolutamente desconcertante la creencia difundida hoy en día de que arrojar las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki fue un acto inmoral hasta el punto de considerarlo un crimen de guerra comparable al genocidio nazi1.
La fascinación por el brillo de la bomba nuclear de El imperio del Sol no es de terror, es de admiración y esperanza. En La bondad de las mujeres lo describe así: «La luz perlada que quedó suspendida sobre Lunghua [el campo de concentración] me recordaría para siempre el milagro salvador de Hiroshima y Nagasaki»2.
Ballard era un firme partidario del libre mercado. Apoyó decididamente a Margaret Thatcher y a Ronald Reagan, a los que veía como líderes vigorosos capaces de sacar a sus respectivos países de una decadencia social que, en los años setenta, parecía irreversible. Creía que el liberalismo económico conseguía fomentar un equilibrio complejo entre paz social y libertad individual salvaje por razones profundas, ancladas en la psicología humana y que desempeñaron un papel importante en su escritura, como veremos a continuación. Es cierto, por otro lado, que al final de su vida dio un cierto giro político. Le parecía que el hiperconsumismo de la globalización era una especie de degradación de las fuerzas positivas del libre mercado que estaba acabando con su energía transformadora, al tiempo que convertía Estados Unidos en una teocracia. En Bienvenidos a Metro-Centre, su última novela, que aborda las líneas de continuidad entre consumismo y fascismo, escribe: «Los barrios residenciales de la periferia sueñan con la violencia. Dormidos dentro de sus amodorrados chalés, protegidos por benévolos centros comerciales, esperan con paciencia las pesadillas que los despertarán a un mundo más apasionado»3. Es difícil saber en qué medida se trata de un giro crítico o más bien de una deriva nostálgica relacionada con la añoranza de su juventud y la vitalidad cultural de los años sesenta, como se sugiere en La bondad de las mujeres:
El sueño de los sesenta yacía muerto en su mirada y probablemente en la mía también, así como las esperanzas de un milenario mundo de paz y armonía, esperanzas que curiosamente habían sido propulsadas por las cruentas conmociones de la era postkeynesiana y por un millón de sobredosis4.
Porque, desde luego, al final de su vida, Ballard no se hizo progresista en ningún sentido convencional y siguió atacando con fervor y regularidad las posiciones pacifistas, ecologistas y feministas.
El liberalismo de Ballard está muy relacionado con su deuda artística, ampliamente reconocida en sus escritos autobiográficos, con la obra de Freud, a cuya lectura atribuye un terremoto estético personal y el inicio de sus aspiraciones literarias. Lo que a Ballard le interesaba del psicoanálisis no era su dimensión clínica, sino la idea de que la comprensión ilustrada de la naturaleza humana es un completo malentendido. Ballard estaba convencido de que la causa de las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial residía en que las personas que las habían cometido realmente las habían disfrutado. «Creo que la imaginación liberal no puede entender el substrato de posibilidad psicopática que existe bajo la superficie de la mente racional cotidiana», explicaba en una entrevista5. Es una idea poderosa e incómoda, que contrasta con la tesis de Arendt, ampliamente difundida y tan conciliadora, de la banalidad del mal. Para Ballard, los crímenes de guerra, las masacres, las torturas no fueron cometidos por individuos idiotizados moralmente por una inercia burocrática anónima, sino que tuvieron un alto grado de aquiescencia y, sí, goce perverso.
A Ballard le interesa ese Freud que plantea la idea desafiante de que la normalidad no es un sustrato que nos viene regalado por la naturaleza humana, sino un horizonte al que, en todo caso, podemos aspirar, individual y colectivamente. La normalidad no es el principio, sino un posible final. Ballard, como el propio Freud, pensaba que el liberalismo económico es el único modelo
de sociedad que apunta colectivamente en esa dirección. Porque es capaz de ofrecer medios para satisfacer un fondo insuperable de pulsiones humanas feroces y, al mismo tiempo, contenerlas dentro de unos límites compatibles con la civilización. En un artículo iluminador, Duncan Bell retrata a Ballard como un partidario del «liberalismo del miedo».
[Para Ballard] el liberalismo económico impulsa la competencia y la creatividad expandiendo el abanico de opciones disponibles y canalizando la agresividad humana de una manera productiva. Sublima los instintos destructivos. […] Esta orientación explica tanto su apoyo al liberalismo económico, expresado en su admiración del capitalismo americano y la agenda económica de Thatcher, como su recepción entusiasta de la transformación cultural de los sesenta6.
De alguna forma, Ballard reproduce invertida la tesis de Cristopher Lasch, Pasolini y otros críticos de izquierdas del sesentayochismo: todos ellos entendían que la contracultura de los sesenta y setenta había sido, en buena medida, un efecto secundario del consumismo. Pero la evaluación de Ballard de esa convergencia era inequívocamente positiva. No le veía ningún problema. Creía que esa retroalimentación entre mercado, libertad individual y creatividad social era la mejor prueba de que el liberalismo era un modelo económico óptimo.
Además del psicoanálisis, Ballard a menudo señaló que su principal influencia artística había sido el surrealismo, especialmente la pintura. Creía que el tipo de ciencia ficción y especulación fantástica que le interesaba –aquella más centrada en los cambios subjetivos– era su heredera directa. La fascinación por el surrealismo –muy evidente en sus obras más experimentales– le llevó, en los años setenta, a desarrollar una segunda tesis, que tuvo una gran influencia en su obra. Ballard creía que la ciencia ficción se había convertido en la estética finisecular dominante. La razón era que el consumo y la tecnología habrían hecho que la subjetividad profunda que exploraban los surrealistas se materializara en una especie de exoesqueleto onírico. La tecnología –la arquitectura en Rascacielos o en Noches de cocaína, los automóviles y las autopistas en Crash o La isla de cemento– media las relaciones interpersonales y modela el comportamiento.La ficción salvaje ha saltado del subconsciente hasta los estantes del supermercado y al propio entorno construido. Lo que necesita ser elaborado estéticamente no es la ficción, que está por todas partes de forma inmediata, sino la realidad:
Vivimos en un mundo dominado por ficciones de todo tipo: la comercialización masiva, la publicidad, la política conducida como una rama de la publicidad, la traducción instantánea de la ciencia y la tecnología a imágenes populares, la creciente difuminación y mezcla de identidades en el ámbito de los bienes de consumo, la supresión de cualquier respuesta imaginativa libre u original a la experiencia por parte de la pantalla de televisión. Vivimos dentro de una novela enorme. Para el escritor, en particular, es cada vez menos necesario inventar el contenido ficticio de su novela. La ficción ya está ahí. La tarea del escritor es inventar la realidad7.
Es una posición muy cercana a la tesis de Jean Baudrillard de «La precesión de los simulacros», un influyente ensayo de 1978 en el que se decía:
La era de la simulación se abre, pues, con la liquidación de todos los referentes. No se trata ya de imitación ni de reiteración, incluso ni de parodia, sino de una suplantación de lo real por los signos de lo real, es decir, de una operación de disuasión de todo proceso real por su doble operativo, máquina de índole reproductiva, programática, impecable, que ofrece todos los signos de lo real8.
Baudrillard y Ballard se admiraban mutuamente por buenos motivos. Pero, en el caso del segundo, la idea de la exuberancia simbólica de la sociedad consumista de finales del siglo xx apunta a una tercera fuente de inspiración literaria –además del psicoanálisis y el surrealismo– menos explícita pero igualmente importante.
Ballard hace una lectura muy peculiar del papel de las organizaciones burocráticas entendidas, correctamente, como tecnologías sociales que alteran drásticamente nuestras relaciones compartidas. Y creo que eso tiene un peso grande y muy original en su obra. En cierta ocasión, un periódico le pidió que elaborara una lista de los diez libros más importantes para él. Uno de los títulos que Ballard eligió eran las páginas amarillas. Así, explicaba su lista:
Siempre he sido un lector voraz de lo que he dado en llamar literaturas invisibles –revistas científicas, manuales técnicos, folletos de compañías farmacéuticas, documentos internos elaborados por un grupo de expertos, informes de puestos para compañías de relaciones públicas–, parte de ese universo de material publicado al que buena parte de la gente culta tiene poco acceso, pero que proporciona el abono más potente para la imaginación9.
Ballard pertenece a la generación que asistió a la aparición del corporativismo de posguerra: una coalición de empresas gigantes y nuevas agencias del Gobierno que impulsaron conjuntamente formas de vida altamente estandarizadas. La lectura crítica clásica de esta transformación –por ejemplo, la de Adorno– la considera como un cambio en el sistema capitalista que obliga a entenderlo ya no solo como un modo de producción o un modelo económico, sino más bien como un entramado de socialización que moldea la experiencia de la historicidad en su conjunto. El capitalismo monopolista tendría que ver con un modo de constituir la vida social y también la propia subjetividad de los individuos. Las prácticas capitalistas alienantes, en coalición con la intervención estatal, habrían impulsado finalmente una continuación del autoritarismo en el terreno de las democracias formales occidentales.
Ballard se dio cuenta del enorme cambio social que supuso el corporativismo, pero no lo vivió con la melancolía crítica de la Escuela de Frankfurt. No porque tuviera una visión más optimista de las grandes organizaciones burocráticas, estatales o privadas, sino porque creía que en ellas podía rastrear, igual o más que en el campo de batalla o en las catástrofes distópicas, el tipo de subjetividad salvaje que le interesaba y que ninguna ortopedia social podría eliminar. Creo que fue Limonov, otro derechista sobreinterpretado, el que escribió que imaginamos la Unión Soviética como un infierno de orden y planificación cuando realmente era un absoluto caos. Ninguna institución puede contener ese agujero negro de brutalidad que está a punto de estallar en cualquier
experiencia humana. La ilusión de orden y pasividad de la burocracia es, en realidad, una olla a presión y un rico caladero para el tipo de pulsión nihilista que buscaba Ballard. Por eso, en toda su obra está casi completamente ausente cualquier cuestionamiento de las estructuras políticas heredadas. Hay una tesis de Walter Benjamin que retrata muy bien no solo la ciencia ficción sino mucha mala literatura. Benjamin comparaba los textos de Paul Scheerbart con los de Julio Verne y decía:
Algunas de sus novelas, vistas desde lejos, se parecen a las de Julio Verne, pero, a diferencia de las de este (en las cuales siempre pequeños rentistas ingleses o franceses viajan por el espacio en sus extravagantes vehículos), Scheerbart se interesa por la cuestión de en qué criaturas completamente nuevas, dignas sin duda alguna de estudio y de amor, han convertido nuestros telescopios, nuestros aviones y nuestros cohetes a los seres humanos anteriores10.
Con Ballard pasa exactamente lo contrario. Los protagonistas de sus novelas experimentan cambios subjetivos sísmicos, pero toda la estructura institucional que hay a su alrededor queda incólume.
Mucha gente, incluyendo al propio Ballard, ha destacado la influencia que tuvo en su literatura su paso de niño por un campo de concentración japonés. En cambio, se señala pocas veces que, realmente, la experiencia del campo es bastante ambigua. En el sentido de que a menudo Ballard la retrata como una vivencia feliz, positiva. Y no solo para él, que era un niño, sino también para los adultos:
Yo vagaba por el campo y asistía a partidas de bridge y póquer, curioso por ver cómo la gente se adaptaba a la reclusión. Muchos ingleses de Shanghái habían estado ebrios durante años, y pasaban el día de la oficina al almuerzo, a la cena y al club aturdidos por martinis secos. Por primera vez sobrios, perdieron peso y empezaron a leer, reavivaron viejos intereses y organizaron sociedades de teatro y conferencias por las noches. En retrospectiva, me doy cuenta de que la reclusión ayudó a la gente a descubrir facetas desconocidas de sí mismos. Conservaron sus emociones y llevaron un cuidadoso inventario de esperanzas y sentimientos. […]. En 1992, casi cincuenta años después, regresé por primera vez al campo de Lunghua. […]. De pie, entre las literas, supe que allí era donde me había sentido más feliz, en casa, a pesar de ser un prisionero que vivía bajo la amenaza de una muerte temprana. Pero para sobrevivir a la guerra, sobre todo como civil, uno tiene que aceptar las reglas que esta impone e incluso, como hice yo, aprender a quererla11.
El momento de auténtico terror se produce cuando, al final de la guerra, los japoneses huyen del campo de concentración abandonando a los prisioneros a su suerte, sin alimentos ni armas, en un territorio plagado de desertores y bandidos: cuando desaparecen las barreras de la institución total, una maquinaria de terror organizada, que les separaba de la barbarie desnuda e incomprensible.
La intuición desasosegante de que existen fuerzas creativas capaces de convivir con estructuras de orden manifiestamente autoritarias, incluso instituciones totales, desempeña un papel importante en la obra de Ballard. Si él hubiera tenido la oportunidad de reescribir La guerra de las galaxias –una película que despreciaba profundamente– el guion se centraría en las orgías nocturnas que las tropas imperiales celebrarían en la lavandería de La Estrella de la Muerte, en las competiciones suicidas de los pilotos drogados de cazas TIE, en la indolencia generalizada de los mandos militares ante una avería de la Estrella, que flotaría a la deriva hacia un agujero negro mientras una vegetación misteriosa coloniza la nave momificando a sus tripulantes…
Ballard no es, ni de lejos, el primer autor que nos obliga a apreciar la complejidad y la sutileza de la estética reaccionaria. Pero en un mundo inundado de criptobros que piensan que brutalismo es una escuela de MMA y con las neuronas justas para gritar «Sieg Heil» mientras se preparan un batido de creatina en su canal de YouTube, tal vez Ballard sea uno de los pocos interlocutores conservadores de los que disponemos para entender el presente: un liberal de derechas insoportable para el mainstream que hizo un esfuerzo denodado por comprender literariamente las convulsiones de esa sociedad en la que se sentía cómodo sin ocultarlas, minimizarlas o negar su amenaza.
1 J. G. Ballard, Guía del usuario para el nuevo milenio, Barcelona, Minotauro, 2002, p. 317.
2 J. G. Ballard, La bondad de las mujeres, Barcelona, Emecé, 1997, p. 67.
3 J. G. Ballard, Bienvenidos a Metro-Centre, Barcelona, Timun, 2008, p. 7.
4 J. G. Ballard, La bondad de las mujeres, p. 284.
5 «J. G. Ballard and V. Vale», en V. Vale (ed.), J. G. Ballard. Conversations, San Francisco, RE/Search, 2005, p. 100.
6 D. Bell, «J. G. Ballard’s Surrealist Liberalism», Political Theory, 2021, vol, 49, n.º 6, p. 945.
7 J. G. Ballard, «Introducción» a Crash, Barcelona, Minotauro, 2025, p. 11.
8 J. Baudrillard, «La precesión de los simulacros», en Cultura y simulacro, Barcelona, Kairós, 1978, p. 12.
9 J. G. Ballard, Guía del usuario para el nuevo milenio, p. 204.
10 W. Benjamin, «Experiencia y pobreza», en Escritos políticos, Madrid, Abada, p. 86.
11 J. G. Ballard, Guía del usuario para el nuevo milenio, p. 315.