La guerra civil global
En esta conversación con la periodista Pepa Fernández Vallés, el escritor indio Panjak Mishra, colaborador habitual en medios como The New York Times, The New Yorker o The Guardian y autor de unas pocas novelas y una prolífica obra ensayística, habla de qué le llevó a escribir su último ensayo, El mundo después de Gaza (Galaxia Gutenberg, 2024), y de su exploración del pasado, desde la Segunda Guerra Mundial hasta hoy, para explicarse y explicar a sus lectores el estado actual del mundo y sus posibles derivas hacia una guerra global. PEPA FERNÁNDEZ VALLÉS Su libro El mundo después de Gaza ha levantado ampollas. Es un tema incómodo para muchos. De hecho, surgió de una conferencia que usted no pudo dar, ¿verdad? PANKAJ MISHRA El libro comenzó como una conferencia que debía impartir en el Barbican Centre de Londres, en un acto organizado por la London Review of Books. Días antes, me informaron de que se cancelaba porque suscitaba ciertos temores lo que yo pudiera decir. Esto ocurrió a inicios de 2024, es decir, poco tiempo después del inicio de la ofensiva israelí sobre Gaza. La gente ya se autocensuraba y censuraba a los demás. Me puse a escribir…
Conversación entre Pankaj Mishrra y Pepa Fernández Vallés
En esta conversación con la periodista Pepa Fernández Vallés, el escritor indio Panjak Mishra, colaborador habitual en medios como The New York Times, The New Yorker o The Guardian y autor de unas pocas novelas y una prolífica obra ensayística, habla de qué le llevó a escribir su último ensayo, El mundo después de Gaza (Galaxia Gutenberg, 2024), y de su exploración del pasado, desde la Segunda Guerra Mundial hasta hoy, para explicarse y explicar a sus lectores el estado actual del mundo y sus posibles derivas hacia una guerra global.
PEPA FERNÁNDEZ VALLÉS
Su libro El mundo después de Gaza ha levantado ampollas. Es un tema incómodo para muchos. De hecho, surgió de una conferencia que usted no pudo dar, ¿verdad?
PANKAJ MISHRA
El libro comenzó como una conferencia que debía impartir en el Barbican Centre de Londres, en un acto organizado por la London Review of Books. Días antes, me informaron de que se cancelaba porque suscitaba ciertos temores lo que yo pudiera decir. Esto ocurrió a inicios de 2024, es decir, poco tiempo después del inicio de la ofensiva israelí sobre Gaza. La gente ya se autocensuraba y censuraba a los demás. Me puse a escribir con cierta urgencia, con la idea de que, al menos algunos de nosotros, debíamos hacer el esfuerzo de dar sentido a lo que estaba pasando y difundirlo entre un público más amplio, ya que la prensa dominante de Inglaterra y Estados Unidos, al igual que sus instituciones, no iban a permitir que la verdad saliera a la luz.
El mundo después de Gaza lo escribí durante ese tiempo en el que muchos de nosotros sentíamos que nos estábamos volviendo locos contemplando la masacre a diario, viendo las imágenes de Gaza y siendo consciente de que nuestros líderes políticos no solo no estaban haciendo nada al respecto, sino que, de hecho, reprimían brutalmente a aquellos que expresaran la más mínima disidencia u oposición. Este libro se distingue de cualquier otro que haya escrito en el pasado, porque nace de una compulsión interna y del deseo de no volverme loco a través de la escritura, de la creación de significado.
PEPA FERNÁNDEZ VALLÉS
Aunque el libro se titula El mundo después de Gaza, buena parte de sus páginas están dedicadas a explorar el pasado, a contar cómo es posible que hayamos llegado hasta este lugar inconcebible, hasta el intento de aniquilación de la Franja, a la impunidad con la que actúa Israel. Usted dice que en las últimas décadas han sucedido muchas cosas en el mundo: catástrofes naturales, crisis financieras, una pandemia, terremotos políticos, guerras, etc., pero que nada es comparable a lo de Gaza. ¿Por qué?

Foto: Gema Gómez Yáñez
PANKAJ MISHRA
Por varias razones. Una es que, después de la Segunda Guerra Mundial, el mundo se construyó sobre ciertas garantías de las potencias ganadoras –Estados Unidos, Reino Unido y Francia–, que apostaron por la creación de instituciones, organizaciones, normas y reglas para no repetir los monstruosos crímenes que tuvieron lugar en la primera mitad del siglo xx. Estas potencias aliadas crearon el orden moral de después de la guerra. Sin embargo, pienso que nos movemos en una escala de atrocidad diferente cuando esos mismos países participan, permiten, arman y apoyan un genocidio al mismo tiempo que reprimen y destruyen incluso sus instituciones más prestigiosas, como las universidades de Harvard o de Columbia, todo para suprimir la crítica a Israel.
Hay personas que me dicen constantemente: ¿por qué no estás interesado en Sudán?, ¿por qué no escribes un libro sobre Myanmar o cualquier otro lugar donde suceden atrocidades horribles mientras nosotros estamos hablando? La respuesta más clara a esta pregunta es que los líderes políticos de las democracias occidentales, los periódicos y revistas más prestigiosos de estos países no están apoyando esas atrocidades en Sudán y Myanmar. Lo que está ocurriendo en Gaza no tiene precedentes. Otra razón que lo convierte en una situación singular es que ningún exterminio masivo del pasado ha sido tan ampliamente televisado como este. En ningún otro momento de la historia humana hemos estado expuestos a atrocidades tan extremas a diario. Pienso que los psicólogos y sociólogos tendrán que medir en el futuro el enorme daño que se ha hecho a nuestras mentes con esta exposición diaria a imágenes de madres llorando la pérdida de sus hijos, cadáveres de niños destrozados. Nunca hemos vivido algo similar, nunca hasta ahora hemos sido testigos de la atrocidad continua que podemos ver a través del móvil.
PEPA FERNÁNDEZ VALLÉS
¿Esto es lo que Karl Jaspers calificaba de «culpa metafísica»? Esa aflicción que experimentan quienes son conscientes de su impotencia ante una barbarie inconcebible en su entorno. ¿Estamos
ahí?
PANKAJ MISHRA
Yo creo que sí. Y lo estamos, además, de una forma mucho más radical. Si recordamos barbaries previas, como el Holocausto, la realidad es que entonces no sabíamos lo que ocurría en el mundo, ni siquiera pasados los años. Entonces, nos enterábamos de lo que sucedía a través del periódico o de la radio, pero no formábamos parte de esta comunidad internacional, en la que se recibe información de manera instantánea y donde es imposible escapar del sentimiento de responsabilidad, es imposible no verse implicado en las distintas masacres que se perpetran a lo largo y ancho del mundo.
Las tecnologías digitales hacen que lo de Gaza sea un episodio único dentro de la historia. Todos nosotros estamos implicados, al menos nos sentimos implicados. Esta es la razón por la que la gente en España, que se encuentra a miles de kilómetros de Oriente Medio, proteste contra lo que está pasando en Palestina. Porque existe ese sentimiento de implicación, de culpa metafísica, como definió Karl Jaspers. ¿Qué sucede cuando sabes que el Gobierno y buena parte de la población de tu país lo justifican? La culpa es aún más profunda y devastadora. Y eso es lo que, literalmente, millones, si no miles de millones de personas sienten desde hace dos años. Esta cuestión tampoco tiene precedentes en la historia humana: el sentido de pertenencia a una comunidad internacional y, a la vez, el sentimiento de total impotencia para cambiar su funcionamiento.
PEPA FERNÁNDEZ VALLÉS
Ha mencionado la palabra «Holocausto», la Shoah, que se repite en numerosas ocasiones en su libro. Podemos decir que el Holocausto estableció el rasero del mal que es capaz de cometer el ser
humano y, sobre todo, demostró cómo se pueden pervertir o adormecer las conciencias de millones de personas. ¿Es, precisamente, debido a su mala conciencia por lo que las clases dominantes de Occidente han intentado evitar toda crítica a Israel?
PANKAJ MISHRA
Al principio, existió un fuerte sentimiento de culpa ante la idea de que una minoría judía había sido destruida no solo por Alemania, sino por otros colaboradores. La mayoría de los grandes países europeos colaboraron con Alemania para llevar a cabo la solución final. Y aquellos que alcanzaron posiciones de poder en esos países después de la guerra sintieron que tenían una obligación con el Estado de Israel. Es importante recordar también que Estados Unidos y Reino Unido no quisieron aceptar a los refugiados judíos ni antes ni después del Holocausto. Cuento todo esto en mi libro porque quiero enfatizar que el fracaso de la conciencia no es algo específico de esta época. Ha pasado una y otra vez, y necesitamos entender por qué. Debemos explorar por qué ante actos masivos de exterminio nos convertimos, si no en cómplices, en espectadores indiferentes ante tales atrocidades. Ya sucedió durante el Holocausto y después, cuando se supo lo que pasaba en Alemania. Los países se desentendieron del asunto y luego se intentó descargar la culpa apoyando el Estado de Israel, dándole armas.
Sin embargo, después de 1960, durante la Guerra Fría, sucedió algo más: Israel se fue convirtiendo en un aliado de las potencias occidentales, situándose a su lado en su confrontación con el comunismo y los poderes árabe-soviéticos de la zona. Israel se volvió una especie de puesto militar avanzado de los países occidentales, sobre todo de Estados Unidos, y la relación adquirió un cariz totalmente diferente. Poderosas corporaciones estadounidenses invirtieron tanto en Israel como en mantener a la clase política, tanto en el lado demócrata como en el republicano, comprometida con la protección y defensa de Israel, pasara lo que pasara. Esto nos ha llevado a una situación monstruosa. Los dirigentes de Estados Unidos, ya sean demócratas o republicanos, con tal de intimidar a las personas que protestan contra Israel, son capaces de destruir sus propias instituciones y atentar contra el principio de la libertad de expresión. El poder de estos lobbies corporativos sionistas ha llegado a un punto en el que Estados Unidos está yendo contra sí mismo por proteger a ese pequeño país de Oriente Medio.
PEPA FERNÁNDEZ VALLÉS
La memoria colectiva nunca es inocente. En su libro, hay una frase maravillosa que dice: «Los hombres poderosos siempre han hecho que sus masacres parecieran necesarias y correctas». La masacre y la captura de rehenes el 7 de octubre de 2023 en Israel por parte de Hamás, un acto abominable, fue la mecha que prendió la hoguera en la que ahora arde Oriente Próximo. ¿Es posible que Hamás no previera el alcance de un acto tan abominable?
PANKAJ MISHRA
Creo que la pregunta que deberíamos hacernos es otra: ¿es posible que el propio Israel no se diera cuenta de la devastación que asolaba a todo el planeta al ver lo sucedido aquel 7 de octubre? Las noticias de familias quemadas vivas y de las atrocidades cometidas contra los israelíes ese día conmocionaron al mundo. Podríamos encontrarnos en un escenario muy distinto si los israelíes hubieran esperado a que se conocieran esas historias y la gente pudiera recapacitar sobre lo ocurrido, en lugar de responder de manera vengativa e inmediata. No se trata tanto de que Hamás y los militantes palestinos no lo hubieran calculado. Tampoco sabemos qué pensaban. Podemos especular al respecto, pero lo cierto es que Israel no calculó que podría haber evitado convertirse en el país paria que es hoy, completamente aislado. Podríamos estar en una situación bien distinta si Israel hubiera respondido de otra manera a lo que ocurrió el 7 de octubre.
PEPA FERNÁNDEZ VALLÉS
Sin duda, habría sido muy diferente. Me gustaría preguntarle acerca de otra de las grandes incógnitas de nuestro tiempo: ¿cómo es posible el auge de tantos populismos en países de larga tradición democrática? En su libro, usted dice que ha perdido la confianza en su generación, que ya no tiene arreglo. Pero sí confía en los jóvenes, y es curioso, porque muchos de ellos apoyan a líderes populistas. ¿Cómo podemos explicarnos esto?
PANKAJ MISHRA
Definitivamente, existe una división generacional en este aspecto. Mi generación creció en un momento relativamente complaciente. En India, un Estado democrático, teníamos garantizadas muchas libertades, imperfectas, pero mejores que las de muchos otros lugares. Nosotros no teníamos que luchar por conquistar esas libertades. No teníamos ni idea de lo que era una dictadura. En Europa Occidental, después de 1945, creció una generación sin interés por implicarse en la lucha política, que vivió el mejor de los tiempos. Tony Judt, de quien soy muy fan, la llamó «la generación de mierda». Personas pertenecientes a esta generación han ocupado posiciones de poder e influencia durante mucho tiempo y hoy son quienes ocultan pruebas de lo que están haciendo los israelíes en Palestina. Por eso digo que es muy difícil que cambien. Es a los jóvenes que están creciendo en estos tiempos tan convulsos a quienes les motiva lo que ven: un mundo que está desmoronándose. Han presenciado un golpe tras otro, desde la guerra contra el terrorismo, los ataques del 11-S, la crisis financiera, el Brexit, la elección de Trump, Gaza y ahora el auge de la extrema derecha en las llamadas democracias avanzadas.
Para estos jóvenes, el momento actual es aterrador. El futuro está bloqueado, solo se puede esperar que las cosas empeoren. Lo contrario –esperar que vayan a mejor– era, en mi opinión, algo propio del pasado. Ahora ese futuro ya no existe, lo que genera una gran crisis en la juventud. Esto también tiene que ver con una experiencia política distinta. Cuando vengo a España veo que la gente mayor está más concienciada acerca de los peligros del autoritarismo y el fascismo, porque ha vivido los casi cuarenta años de dictadura franquista. Una vez más, la falta de experiencia individual, el no haber conocido la España de aquella época, hace que los jóvenes se encuentren mucho más indefensos ante las fantasías y promesas de la extrema derecha. En países como Gran Bretaña, la situación es muy diferente: allí son los jóvenes quienes están más comprometidos políticamente.
PEPA FERNÁNDEZ VALLÉS
Qué terrible que no haya futuro por el que luchar. Quizás podríamos luchar por la paz, porque la palabra «guerra», que para mi generación era tabú, ahora está constantemente en boca de todos. Europa está ampliando sus presupuestos de defensa, se prepara para la guerra. ¿No sería más lógico que ese 5% que se va a destinar a defensa se dedicara a desarrollar políticas que lleven a la paz?
PANKAJ MISHRA
No puedo estar más de acuerdo contigo. Pero nos encontramos en una situación en la que el presidente de Estados Unidos es un hombre que chantajea e intimida abiertamente a otros líderes para que compren armas estadounidenses. Y ¿qué están haciendo ahora mismo los líderes europeos? Acudir a Trump y a las cumbres de la OTAN para prometerle esas enormes sumas de dinero que se gastarán comprando armas estadounidenses, beneficiando a la industria armamentística americana y, por supuesto, al propio Trump directa e indirectamente. Como justificación, nos dicen que Putin va a atacar España o Polonia. La realidad es que, a día de hoy, a Putin le está costando seguir luchando contra Ucrania. Sin embargo, nos dicen que debemos prepararnos para aumentar nuestro presupuesto en defensa. Esto solo beneficia a la industria armamentística.
Si nos fijamos en las carreras profesionales de los políticos estadounidenses que están impulsando este aumento en gasto militar, vemos que la mayoría forman parte del consejo de administración de las principales fábricas armamentísticas del país. Estamos asistiendo a una situación escandalosa, mientras los líderes europeos se someten a este déspota de Washington D.C. y asienten a todo lo que él les dice que hagan. De hecho, estoy agradecido de estar aquí, porque su Gobierno no está de acuerdo con mantener esa cobardía y está cuestionando por qué es necesario destinar tantos miles de millones de euros a ese proyecto.
PEPA FERNÁNDEZ VALLÉS
Como dice usted en su ensayo La edad de la ira (Galaxia Gutenberg, 2017), tenemos todo el derecho del mundo a estar enfadados. Pero la ira es una emoción muy destructiva. Suele conducir a tomar decisiones precipitadas o equivocadas, ¿no es así?
PANKAJ MISHRA
La ira es una emoción que puede abrirnos a sentir compasión por los más débiles y también solidaridad con aquellos que se ven impotentes ante su situación. En ese sentido, la ira es esencial. Si no te indigna la injusticia, es evidente que algo no va bien, que tu conciencia se ha adormecido. El problema es cuando esa ira se canaliza hacia personas a las que se acusa de, supuestamente, empobrecer tu país o aprovecharse del estado de bienestar. Eso es lo que hacen los movimientos de extrema derecha en países como Reino Unido: primero señalan a inmigrantes y solicitantes de asilo para acabar señalando a personas nacidas en el extranjero que viven allí desde hace cinco o seis décadas. Este tipo de ira se vio en la marcha de extrema derecha que tuvo lugar en Londres [se refiere a la marcha del pasado 13 de septiembre de 2025, convocada por el activista de ultraderecha Tommy Robinson], un acontecimiento realmente impactante para muchas personas que llevan viviendo en Reino Unido sesenta o setenta años.
Estamos en un momento en el que, frente a la ira por la desigualdad y la deficiencia de los servicios públicos, algunos políticos se limitan a señalar a personas de piel oscura, a las que acusan de ser las responsables de que los nacidos en Reino Unido no consigan trabajo o de que no reciban la atención sanitaria adecuada. Sin embargo, son esas mismas personas de piel oscura quienes trabajan en los hospitales y en los centros de salud. Y no hay ningún político en el centroizquierda dispuesto a levantarse y apuntar un hecho básico: sin esas personas a las que quieren expulsar del país, el sistema de salud del Reino Unido se derrumbaría. El problema no es la ira ni la rabia, sino hacia dónde se canalizan.
PEPA FERNÁNDEZ VALLÉS
Usted utiliza el concepto «guerra civil global». ¿Cree que acabaremos irremediablemente en una guerra racial?
PANKAJ MISHRA
Espero que no. Sin embargo, veo lo que está ocurriendo en Estados Unidos y en algunos países de Europa con el supremacismo blanco. Piensan que se ha de asegurar la superioridad de la raza blanca en todos los aspectos de la vida. De ahí que ni siquiera exista un museo dedicado a la esclavitud porque, como dijo Donald Trump, toda esclavitud es mala. Vivimos un cambio extraordinario en lo que respecta a los sentimientos políticos. Recientemente, tras el asesinato del influencer de extrema derecha Charlie Kirk, en Estados Unidos y Europa se forzó a la gente a rendir homenaje a un hombre que afirmaba que las mujeres negras no tienen la capacidad intelectual suficiente como para procesar determinadas cuestiones. Ese hombre hizo una serie de declaraciones profundamente impactantes y preocupantes. Sin embargo, líderes europeos, como Orban o Meloni, lo homenajearon.
Asistimos a una legitimación del supremacismo blanco en Occidente, lo cual es una muestra del pánico de la minoría blanca estadounidense, que se siente desconcertada ante el auge de China como potencia económica líder en tecnologías sostenibles y, cada vez más, en inteligencia artificial. Este miedo les ha obligado a recurrir a esta clase de discursos que alertan sobre el peligro que supone la gente de piel oscura o amarilla, de quienes se dice que están a punto de apoderarse del mundo y que, si los blancos no se unen, acabarán siendo sus esclavos. Este es el nivel del discurso actual. Supongo que el siguiente nivel es la guerra. Estados Unidos continúa considerando una posibilidad remota la guerra contra China. De ahí que yo piense que puede suceder.
También estamos asistiendo a una nueva configuración de Oriente Medio, donde los Estados árabes valoran unirse y abandonar la idea de mantener buenas relaciones con Israel. Arabia Saudí, un país muy cercano a Israel, acaba de firmar un acuerdo de seguridad con Paquistán, el único país musulmán con armas nucleares. Creo que las cosas están cambiando en todo el mundo de forma drástica. No debemos bajar la guardia ante lo que está sucediendo. Puede que, si estamos alerta vigilantes y si escribimos e informamos con honestidad sobre estas cuestiones, podamos hacer algo al respecto. Al menos, quizá evitemos que se cumpla esa terrible perspectiva de guerra racial mundial.
PEPA FERNÁNDEZ VALLÉS
Usted menciona la responsabilidad de los medios, a los que critica abiertamente. ¿En qué se basa para decir que los principales medios de comunicación occidentales no están a la altura de lo que está pasando en Gaza?
PANKAJ MISHRA
La respuesta corta es que los periodistas se han acercado mucho al poder. No solo al poder político, sino también al corporativo y financiero.
PEPA FERNÁNDEZ VALLÉS
Y los que no lo hacen acaban siendo barridos por ese mismo poder, como hemos visto en Estados Unidos tras la vuelta de Trump.
PANKAJ MISHRA
Pienso que existe una especie de fascinación por el poder y la riqueza. Aunque esto no corrompa a los periodistas a nivel personal, sí distorsiona su juicio. La globalización de los años noventa y la promesa de que todo el mundo sería rico también contagió, en cierta medida, a aquellas personas cuyo trabajo consistía en informar sobre el mundo y mantenerse al margen de las tentaciones del poder y la riqueza. Los grandes escritores del pasado a los que hoy admiramos siempre se esforzaron por mantenerse alejados de los poderosos. Solo así podrían preservar su independencia. Creo que hoy esa conciencia básica se ha perdido. Hay otras razones, como la entrada de las grandes corporaciones en periódicos como The New York Times. Lo quieran o no, eso les acerca a los poderes financieros y políticos, así como a una cierta forma de pensar el mundo. Sin duda, en gran parte de Europa y en Estados Unidos, los medios de comunicación tradicionales están atravesando una grave crisis.