«Adquirir un carácter moral es esencial para que la vida en común funcione». Entrevista con Victoria Camps

Victoria Camps es una figura indispensable del pensamiento español contemporáneo, al que ha contribuido fomentando la cultura ética y cívica a través de su labor docente, política y ensayística. Catedrática emérita de filosofía moral y política de la Universitat Autònoma de Barcelona, exsenadora, consejera permanente de Estado, presidenta de la Fundación Víctor Grifols i Lucas, es autora de numerosos ensayos, como El gobierno de las emociones, que le valió el Premio Nacional de Ensayo en 2011, o el recientemente publicado La sociedad de la desconfianza. A propósito de su paso por el Festival de las Ideas, donde participó en la conversación «Cómo habitar los laberintos de la ética», la entrevistó para Minerva la también filósofa, ensayista y catedrática de la UCM Nuria Sánchez Madrid, autora, entre otros libros, de La música callada. El pensamiento social en la Edad de Plata española (1868-1936) (Círculo de Bellas Artes, 2023).   Eres una de las voces más autorizadas del pensamiento español contemporáneo, tras una trayectoria dilatada y caracterizada por el fomento de la cultura ética y cívica de nuestra sociedad, ¿cuál es tu percepción de la situación actual del ensayo filosófico en castellano y catalán? ¿Consideras que es una dimensión reconocida actualmente en…

Nuria Sánchez Madrid

Victoria Camps es una figura indispensable del pensamiento español contemporáneo, al que ha contribuido fomentando la cultura ética y cívica a través de su labor docente, política y ensayística. Catedrática emérita de filosofía moral y política de la Universitat Autònoma de Barcelona, exsenadora, consejera permanente de Estado, presidenta de la Fundación Víctor Grifols i Lucas, es autora de numerosos ensayos, como El gobierno de las emociones, que le valió el Premio Nacional de Ensayo en 2011, o el recientemente publicado La sociedad de la desconfianza. A propósito de su paso por el Festival de las Ideas, donde participó en la conversación «Cómo habitar los laberintos de la ética», la entrevistó para Minerva la también filósofa, ensayista y catedrática de la UCM Nuria Sánchez Madrid, autora, entre otros libros, de La música callada. El pensamiento social en la Edad de Plata española (1868-1936) (Círculo de Bellas Artes, 2023).

 

Eres una de las voces más autorizadas del pensamiento español contemporáneo, tras una trayectoria dilatada y caracterizada por el fomento de la cultura ética y cívica de nuestra sociedad, ¿cuál es tu percepción de la situación actual del ensayo filosófico en castellano y catalán? ¿Consideras que es una dimensión reconocida actualmente en el ámbito académico o más bien un obstáculo para insertarse con éxito en este?

El ensayo filosófico nunca ha tenido muy buena acogida entre los filósofos. Ortega que, junto a Montaigne, pueden considerarse maestros del género, nunca han sido estudiados al mismo nivel que los grandes del pensamiento filosófico, que, por otra parte, en España nunca los ha habido. Incluso hoy, cuando el ensayo filosófico está más generalizado y penetra más en ámbitos intelectuales no filosóficos, la universidad no valora al ensayista al modo que lo hace con, por ejemplo, un historiador o erudito de la filosofía. Las publicaciones académicas canónicas se rigen por una normativa cada vez más estricta y especializada –revistas indexadas, en inglés mejor que en castellano, número de citas del investigador en otras revistas, etc.–, una normativa que tiene como modelo las que rigen para las disciplinas científicas más que las que serían apropiadas para las humanidades. En un ensayo el estilo es importante, escribir bien y claro, con elegancia; no solo cuenta desarrollar una investigación. Es más, la palabra «investigación» en filosofía no me parece muy acertada; connota una acumulación de datos, de teorías, de autores y de notas que no son propios de un ensayo, que invita a una lectura más fluida. He dicho alguna vez que, si hoy tuviera que acreditarme como catedrática, con mi currículum no pasaría la prueba. Ni la mayoría de mis libros ni muchos de mis artículos cumplen con los requisitos que hoy valoran la Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación (ANECA) o la Agencia Estatal de Investigación (AEI).

 

Desde Virtudes públicas (Espasa Calpe, 1990) a La sociedad de la desconfianza (Arpa, 2025), la población española ha atravesado muchos cambios. ¿Cuáles serían los principales a tu entender? ¿Consideras que el extendido malestar hacia los relatos polarizados sobre nuestra identidad nacional se debe a una reexión insuciente acerca de las creencias y los proyectos que han atravesado su historia, a una falta evidente de «memoria histórica»?

Lo que quise poner de manifiesto en Virtudes públicas, que se publicó en 1990, era la nula importancia que se le concede a la formación ética en las sociedades secularizadas. Por ejemplo, en España, el sistema educativo dejó de ser religioso con la Transición y pasó a ser laico, pero nadie se hizo cargo de eso que los griegos llamaron la formación del carácter, de un ethos o una manera de ser guiada no por una doctrina religiosa, rígida en las costumbres que esta imponía y con mandamientos demasiado concretos y escorados al comportamiento sexual. Renunciar a ese dogmatismo implicó dejar la formación moral en manos de nadie. Dicho de otra forma, se dio por supuesto que, cambiando de régimen y reformando las instituciones políticas, la democracia se impondría no solo como un procedimiento para elegir representantes políticos, sino como la conformación de una ciudadanía consciente y responsable de sus deberes cívicos. Pero, aunque la democracia se instaure, las personas no cambian de un día para otro ni se transforman las costumbres. Lo vemos también en la evolución del feminismo: la igualdad jurídica que se ha ido estableciendo y que ha acabado en parte con la discriminación de la mujer no impide que sobrevivan e incluso aumenten los comportamientos machistas. Entiendo por ausencia de virtudes la falta de compromiso cívico con una manera de actuar que obliga a todos y exige ciertas responsabilidades, algunas evidentes e impuestas por la ley, como el pago de impuestos, otras menos explícitas, pero no menos necesarias. Adquirir un carácter moral, unos hábitos cívicos que expresen el compromiso del individuo con la sociedad, es esencial para que las instituciones y la vida en común funcionen. Esa misma idea está presente en mi último libro, La sociedad de la desconfianza, donde achaco esa manera de ser poco partícipe y poco comprometida con lo común al individualismo y a una noción de libertad egoísta que la economía de consumo fomenta sin escrúpulos. La autolimitación implícita en el deber moral no existe; solo existe la limitación que impone la ley.

 

El ensayo de divulgación ética en lengua castellana y catalana de hace treinta o cuarenta años alcanzó una repercusión notable para una sociedad como la nuestra sin demasiada tradición filosófica. ¿Consideras que los desarrollos del área de ética en la actualidad tienen como objetivo central contribuir a la pedagogía civil de nuestra sociedad? ¿Cuál es tu percepción del campo abierto por las éticas aplicadas? ¿No echas de menos en ellas un planteamiento más consciente de la tradición conceptual de la ética y la filosofía política?

Contamos con la tradición de Ortega y Unamuno, que es ensayística y que, efectivamente, es la que mejor contribuye a hacer pedagogía y a divulgar la filosofía, especialmente si estamos hablando de la filosofía práctica, es decir, moral y política. Es cierto que esa área de la filosofía tuvo una repercusión notable hace unos decenios e incluso creo que contribuyó, gracias a profesores como José Luis Aranguren y Javier Muguerza, a que el pensamiento filosófico se divulgara a través de los medios de comunicación y llamara la atención de un público no estrictamente académico. Recientemente, las éticas aplicadas están haciendo una buena labor, reflexionan sobre la ética de las distintas profesiones y aportan conceptos y argumentos para evaluar las buenas y malas prácticas. Otra cosa es que ese primer paso vaya más allá de la elaboración de unos códigos de conducta que suelen guardarse en un cajón y quedan en papel mojado. Para que los códigos influyan en las prácticas, además de discutirlos y consensuarlos, hay que hacer un seguimiento e ir evaluando si realmente contribuyen a transformar las conductas desviadas. Ese segundo paso apenas se practica. De todas las éticas aplicadas, la bioética, que se aplica a las distintas profesiones sanitarias, especialmente la medicina y la enfermería, ha sido la más receptiva al tipo de análisis que propicia la ética aplicada y está siendo la más desarrollada. Los profesionales de la sanidad son muy conscientes de que una mala práctica puede tener consecuencias dañinas y muy adversas para el paciente, conciencia que no comparten otras profesiones como el periodismo o la empresa, donde el daño, que también es posible, es más intangible. Por no hablar de las redes sociales, en las que cada vez es más difícil discernir la información correcta y necesaria de la que es pura basura.

Foto: Gema Gómez Yáñez

¿Cómo evaluarías la transformación de temáticas y discursos éticos que ha supuesto la adopción de una perspectiva feminista en el ámbito académico y el de la divulgación ensayística? ¿Qué dirías a las voces que consideran que el feminismo ha ido demasiado lejos?

No es que haya ido demasiado lejos, sino que, a mi juicio, se ha desviado de la que debe seguir siendo la preocupación fundamental del feminismo que es la emancipación de la mujer. Las luchas internas actuales que dividen al feminismo se centran en cuestiones como el rechazo del binarismo, lo queer, la transexualidad, la construcción social no del género (como dijo Simone de Beauvoir), sino de algo tan biológico como el sexo, etc. Comparto la opinión de Amelia Valcárcel de que estas cuestiones son importantes, pero no son exclusivas del feminismo. ¿Por qué el feminismo hoy se concentra casi exclusivamente en ellas? Algo tienen que ver lo que empezó llamándose en Estados Unidos cultural studies, que se desarrollan en las universidades y que no abordan temas como la pervivencia de la mentalidad machista, a pesar de los cambios del último siglo, ni las desigualdades materiales, económicas, que todavía existen. Esa deriva es un ejemplo más de algo que he señalado en varias ocasiones y que concierne sobre todo a la parálisis que está sufriendo la izquierda que presume de ser progresista: la cuestión identitaria o el reconocimiento de las diferencias se ha convertido en la prioridad, por delante de la corrección de las desigualdades socioeconómicas, que resurgen bajo formas nuevas y que no parecen ser la principal preocupación de la izquierda.

 

A la luz de lo que afirmas sobre los debates feministas actuales, señalas que la atención a desigualdades materiales ha quedado relegada por el foco dirigido a cuestiones identitarias. ¿Cuáles son las autorías y las temáticas que consideras pueden dar un nuevo impulso, en ese sentido, a una línea de pensamiento, como es la feminista, indiscernible de la formación de un ethos cívico progresista?

El pensamiento feminista está impulsando hoy muchos estudios y trabajos, tanto en el campo de la filosofía como en el de la sociología o las ciencias políticas, que son los que más conozco y que se apartan de la obsesión por lo queer y la transexualidad. Las temáticas son variadas. Por ejemplo, una de las más desarrolladas hoy, en el ámbito de la filosofía moral y política y, en concreto, de la bioética, es la del valor del cuidado, donde hay nombres muy interesantes, desde el de Carole Gilligan, que fue la primera que habló del tema, hasta recientemente el de Joan Tronto, quien, en su libro Caring Democracy, extiende el tema del cuidado, más allá del ámbito sanitario, a una manera de entender la democracia. En España, una de las investigadoras que más ha aportado al tema desde la perspectiva socioeconómica es María Ángeles Durán, que tiene trabajos importantes que son una referencia en la cuestión de la aportación de la mujer a la economía nacional. A un nivel más teórico, Amelia Valcárcel ha escrito textos imprescindibles sobre la igualdad, Alicia Puleo sobre el ecofeminismo o Margarita León, desde una perspectiva más política, sobre el desarrollo y los nuevos retos del estado de bienestar. Todo lo que menciono aporta ideas a favor de lo que llamas un ethos cívico progresista que siempre tiene que estar centrado en las desigualdades y el tipo de igualdad a la que aspiramos.

 

El actual auge de relatos neoautoritarios y neofascistas en el continente europeo y en USA constituye un reto para la reflexión ética. Como autora de El gobierno de las emociones (Herder, 2011), ¿qué análisis realizarías de la actualidad del resentimiento? ¿Consideras que hay elementos en esa emoción susceptibles de redireccionarse hacia la construcción de una sociedad menos patógena que la que vivimos?

Sin duda, el resentimiento es una de las causas de los extremismos y lo que llamas relatos neoautoritarios. Otra forma de explicar el surgimiento y la adhesión creciente a posiciones extremas, creo, es entenderlo como una consecuencia del individualismo al que me refería antes. En una sociedad secular, sin ideologías ni doctrinas que cohesionen a la población, con sociedades heterogéneas y muy mezcladas, el individuo se siente desamparado y busca el cobijo de una autoridad que le hable claro de soluciones y de culpables. Obviamente, las personas que experimentan ese desamparo son las que se sienten marginadas de la sociedad por el imperio de las elites económicas, políticas o intelectuales o por el discurso inclusivo a favor, por ejemplo, de acoger a la inmigración. Michael Sandel atribuye el triunfo de Trump a una sociedad meritocrática que desprecia a quienes no acceden a las mejores universidades. La consigna de Trump –Make America Great Again– promete el cambio que los que se sienten arrinconados creen que necesitan. Y es verdad, esa reacción contra las élites viene provocada por el resentimiento que, como explicó Nietzsche, es el que corroe a la persona que necesita negar al otro, al que pisa fuerte y tiene poder y voz, para afirmarse a sí misma porque siente que nadie se ocupa de sus problemas.

 

En 2016 publicaste con el politólogo Joan Botella y el economista Francesc Trillas, miembros como tú del colectivo Federalistas d’Esquerres, el libro ¿Qué es el federalismo? (Catarata, 2016). ¿Qué lectura haces de la debilidad de la tradición federal en España, a pesar de las virtudes que pensadores como Pi i Margall e historiadores como Pere Bosch i Gimpera encontraron en ella por su capacidad para resolver problemas atávicos de la realidad hispana?

La tradición federal en España aún tiene mala prensa por el fracaso del primer intento federalista. Por eso, los constituyentes que redactaron la Constitución de 1978 prefirieron no utilizar la palabra «federal» y crearon ese objeto no identificado que es el Estado de las Autonomías, que en realidad no está tan lejos de lo que merece el nombre de Estado federal, aunque cada Estado federal sea distinto y dependa del contexto y los fines que provocaron su constitución. Creo que, si las relaciones entre Cataluña y España se suavizan, como de hecho está ocurriendo tras el fracaso del procés, y se consigue pactar un nuevo modelo de financiación con la cooperación de todas las autonomías, si conseguimos, además, convertir el Senado en una cámara real de representación territorial, nuestra organización territorial será homologable a cualquiera de los Estados federales más reconocidos. No es fácil, no solo porque esos cambios no son menores y necesitan unos consensos que hoy son muy improbables, dado el estado de confrontación total y permanente que ofrece el Parlamento, sino porque falta la lealtad y la cooperación imprescindibles para que una federación funcione. Una federación tiene que querer y procurar la unión de los territorios que la forman tanto como el reconocimiento de las diferencias que hay entre ellos. Nos falta, otra vez, ese ethos, esa manera de ser que es condición necesaria del federalismo.

 

Vivimos en un momento en que el sector público (educación, sanidad, cultura) no solo atraviesa una crisis de gestión, sino también de credibilidad social y gubernamental. Una solapada ideología centrada en la idolatría de la eterna juventud, del estatus económico y del consumo acelerado y en el presentismo se ha asentado entre nosotros, naturalizando conductas claramente sociópatas. ¿Consideras que sería oportuno recurrir a la «imaginación moral», título de uno de tus ensayos de los años noventa, para fortalecer formas de vida que socaven el ímpetu con que semejantes patrañas se han apoderado del deseo colectivo y sus pautas aspiracionales? ¿Cómo favorecer esa imaginación?

Lo que creo que falta por encima de cualquier otra cosa es la convicción de que para combatir todas esas ideas que se naturalizan y dan lugar a conductas sociópatas hay que contrarrestar la fuerza y la influencia que la economía de consumo tiene sobre jóvenes y no tan jóvenes. Cuanto más crece el PIB de un país, más valor se da al poder adquisitivo, a la acumulación de riqueza y al éxito económico; gracias a las posibilidades que ofrecen muchas tecnologías novedosas, las necesidades crecen y no se acepta que la vida tiene unos ritmos inevitables ni que para convivir hay que saber autolimitarse. No solo para convivir, sino para vivir una vida de personas ilustradas que aspiran a aquello que dijo Horacio y repitió Kant: sapere aude, personas que se atrevan a pensar por sí mismas. Puesto que la economía no dejará de crecer, a no ser que caigamos en nuevas crisis que tampoco nos van a beneficiar, solo es posible contrarrestar las consecuencias del crecimiento y poder económico regulando algunas cosas, empezando por lo que contribuya a redistribuir mejor la riqueza y queriendo vivir de otra manera. Es una cuestión de voluntad, pero no únicamente política, como suele decirse, sino de todos y, en especial, de los que más tienen. ¿Cómo se construye esa voluntad de cambio, cómo conseguir la autolimitación de ciertos comportamientos sin que tenga que haber siempre una ley que coaccione y oprima? Ahí es donde la imaginación hace mucha falta.

 

¿Qué balance harías de la función epistémica, cívica y de equidad social de la universidad pública española a la luz de tu dilatada experiencia? ¿Qué mensaje trasladarías, también en tu calidad de miembro del Consejo de Estado, a la administración autonómica madrileña para defender el necesario compromiso institucional con la garantía de las condiciones materiales de la universidad pública, subrayando asimismo la evidente pluralidad ideológica presente en nuestras estructuras académicas, que tantas veces se obvia en beneficio de una cómoda caricatura?

En general, España valora sus universidades públicas por encima de las privadas. Estas, salvo algunas escuelas de negocios que tienen mucho prestigio, no suelen ser la primera opción de ningún estudiante. El problema es que la demanda universitaria va creciendo y lo hace al margen del tipo de formación que la sociedad necesita y que la ciudadanía demanda. Creo que nunca hemos tenido una buena planificación universitaria, ni a nivel autonómico ni nacional. Las nuevas universidades privadas que proliferan sobre todo en algunas comunidades autónomas son chiringuitos que no ofrecen los grados realmente deficitarios, que son los más caros, con lo cual no satisfacen realmente la demanda. En cualquier caso, además de exigir una regulación y hacer que se cumpla, habría que ponderar mejor cuáles son las necesidades que tenemos de formación universitaria, tanto para ir creando las universidades que son necesarias como para considerar hasta qué punto la formación profesional, hasta ahora muy desprestigiada, se adapta más y mejor a las necesidades de acceso a la formación superior.

 

En la línea de tu apuesta por el valor de la universidad pública española, ¿qué reflexión te merecen las recientes noticias sobre la profunda crisis económica que atraviesa la Universidad Complutense de Madrid debido a su infrafinanciación? ¿Qué argumentos emplearías para persuadir a la Comunidad de Madrid de que esta universidad, como el resto del tejido universitario público madrileño, es un motor imprescindible de cohesión y conciencia cívica y no una fábrica de ideología, como tanto se afirma en estos tiempos?

Hace tiempo que dejé la universidad y lo que ocurre ahora lo conozco más de oídas y de leerlo en los periódicos que por vías más directas. Lo preocupante en la Comunidad de Madrid es la poca atención que merecen las universidades públicas, que contrasta con el fervor por crear universidades privadas de ínfima categoría. Hace escasos días leía los resultados de un informe sobre la adjudicación de becas a estudiantes con pocos recursos económicos que señalaba que los estudiantes con notas bajas pierden sus becas en las universidades públicas y no pueden echar mano de la alternativa de que disponen los estudiantes con más recursos que siguen estudiando en centros privados. Son esas discriminaciones las que deberían merecer atención. La crisis económica de las universidades públicas, en especial de algunas comunidades, es un efecto de esa ola privatizadora que promueven los gobiernos de derechas y que hace que se tambalee el estado de bienestar.

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