Ballard y la escritura del desastre

J. G. Ballard es un escritor adorado por sus seguidores e incomprendido por el mainstream, que lo conoce más por las adaptaciones que ha hecho el cine de novelas suyas como El imperio del sol o Crash que por la lectura de sus libros. Laura Fernández, autora, entre otros libros, de la novela La señora Potter no es exactamente Santa Claus (Literatura Random House, 2021), Beatriz García Guirado, coautora del ensayo Ballard Reoloaded (H&O Editores, 2024) son, al igual que el director de las jornadas y moderador de este coloquio, el también escritor Alberto Santamaría, ballardianas fervientes. Aquí explican cómo construye Ballard sus personajes, qué hay detrás de la plasticidad de su prosa, por qué usa un lenguaje tan depurado y preciso, por qué nunca se consideró un escritor de ciencia ficción y qué hace de él un autor profético e incatalogable.   ALBERTO SANTAMARÍA En la narrativa ballardiana no se puede hablar de etapas, sino de planos de intensidad. El primero sería el contexto de los desastres climáticos que desarrolla en los sesenta y retoma en los ochenta con novelas como Hola, América (1981). Le sigue el plano de los desastres bélicos, con el conjunto de relatos Playa terminal…

Coloquio entre Alberto Santamaría, Laura Fernández y Beatriz García Guirado

J. G. Ballard es un escritor adorado por sus seguidores e incomprendido por el mainstream, que lo conoce más por las adaptaciones que ha hecho el cine de novelas suyas como El imperio del sol o Crash que por la lectura de sus libros. Laura Fernández, autora, entre otros libros, de la novela La señora Potter no es exactamente Santa Claus (Literatura Random House, 2021), Beatriz García Guirado, coautora del ensayo Ballard Reoloaded (H&O Editores, 2024) son, al igual que el director de las jornadas y moderador de este coloquio, el también escritor Alberto Santamaría, ballardianas fervientes. Aquí explican cómo construye Ballard sus personajes, qué hay detrás de la plasticidad de su prosa, por qué usa un lenguaje tan depurado y preciso, por qué nunca se consideró un escritor de ciencia ficción y qué hace de él un autor profético e incatalogable.

 

ALBERTO SANTAMARÍA

En la narrativa ballardiana no se puede hablar de etapas, sino de planos de intensidad. El primero sería el contexto de los desastres climáticos que desarrolla en los sesenta y retoma en los ochenta con novelas como Hola, América (1981). Le sigue el plano de los desastres bélicos, con el conjunto de relatos Playa terminal (1964), la novela El imperio del sol (1984) y el cuento «Fiebre de guerra» (1989), y el plano de los desastres psicológicos, con La exhibición de atrocidades (1970), Crash y La isla de cemento, ambas de 1973, o Rascacielos (1975). El cuarto y último plano es el de los desastres generados por el capitalismo avanzado, que ya aparecían en un relato como «El hombre subliminal» (1963) y que continúan con Furia feroz (1988), Noches de cocaína (1996), Super-Cannes (2000) o Bienvenidos a Metro-Centre (2006), su última novela.

Estos elementos fluyen en su narrativa y son esenciales para comprender, sobre todo, su representación del desastre en conexión con la ciencia ficción, género que en Ballard es siempre muy variable y que cuestionó desde principios de los sesenta: «Casi todos los relatos transcurrían en un futuro lejano, en el marco de naves espaciales o planetas extraterrestres. Aquellas historias sobre planetas, en las que la mayoría de los personajes llevaban trajes militares, no tardaron en aburrirme. Como precursoras de Star Trek describieron un universo colonizado por Estados Unidos y convertido en un infierno de alegría y optimismo, un barrio residencial estadounidense de los cincuenta lleno de buenas intenciones y vendedoras de Avon vestidas con trajes espaciales», dijo sobre esa ciencia ficción de viajes en el tiempo, naves espaciales y alienígenas.

En la obra de Ballard está siempre presente esa inmanencia del desastre, de algo que está a punto de suceder. Por eso le gustaba tanto la pintura metafísica de Giorgio DeChirico, donde también parece que va a ocurrir algo horrible o inquietante. Esto está relacionado con su experiencia en el campo de concentración de Longhua, en Shanghái, y también con el tema de la infancia y la guerra, que lo vincula de algún modo con Kurt Vonnegut en Matadero Cinco o con Los pichiciegos de Rodolfo Fogwill.

¿Cómo cuestiona Ballard los límites de la ciencia ficción? ¿Cómo representa las tensiones interiores del desastre en sus novelas? ¿Cuáles son sus estructuras narrativas?

 

LAURA FERNÁNDEZ

Además de esos planos del desastre, lo que encontramos en la obra de Ballard es morbo y una idea del espacio interior deslumbrante, pues es capaz de entrar en el inconsciente de sus personajes, lleno de pulsiones amorales. De ahí que resulte incómodo leerlo y, a la vez, fascinante, por la plasticidad de sus frases.

Lo primero que leí de Ballard fue Crash, después de haber visto la película. La lectura del libro es una experiencia completamente distinta: se trata de una novela enorme que nos descubre el mundo interior de James, su protagonista. Ballard juega continuamente con el yo, como haría luego Bret Easton Ellis, siempre confundiéndose con él. Al igual que Ballard, al que de niño le encantaban los aviones –en el campo de concentración el mayor espectáculo era verlos pasar–, el protagonista de Crash es un piloto. Su avión se estrella en el Támesis a su paso por Shepperton, donde vivía Ballard, un pueblo perfecto, como el Wisteria Lane de Mujeres desesperadas. Todos los vecinos observan al piloto que ha caído con su avión al río como a la variable que entra en la constante y la rompe. A partir de ahí, empieza un juego de espejos que recuerda a Altar (2025), la novela de Catherine Lacey, también protagonizada por un personaje mesiánico que rompe la realidad con su llegada.

Cuando, tras estrellarse, James siente que no puede salir físicamente del pueblo y oye a sus vecinos decir que ha pasado diez minutos bajo el agua y cree que ha muerto. Pero Ballard le da la vuelta a la realidad y, en un momento determinado, son los habitantes del pueblo quienes le dicen que los muertos son ellos, que él sigue vivo y está intentando despertarlos. Eso nos sitúa en una clave de conciencia interior constante, en la que Ballard trabaja con la idea del sueño y del animal: su protagonista se transforma en distintos animales, con todo lo que eso implica, sobre todo a nivel sexual. No hay que olvidar que Ballard es hipersexual en toda su obra. Se genera así una sensación de locura, de momento enfermizo, que es lo que hace difícil la novela.

Un escritor se forma en la infancia y la adolescencia, y aquello que lo va a obsesionar está ya presente antes de los catorce años. En Ballard, su obsesión son los aviones. En sus novelas clave siempre hay personajes relacionados con la aviación y, en general, con el control de las máquinas. Soy de la creencia de que el escritor nace, pero también se hace; es decir, se nace con cierta predisposición a la escritura que luego se desarrolla en función de si es una necesidad o no. Ballard es un ejemplo de cómo la vida le lleva a desarrollar esa predisposición innata. Nace en Shanghái como hijo único de una familia inglesa, condición que le lleva a crear sus propios juegos y a considerar la realidad como algo poco fiable, ya que no hay nadie que le devuelva otra visión distinta a la suya. Su padre trabaja para una fábrica textil inglesa y la familia vive en una mansión rodeada de pobreza, donde trabajan un montón de criados. De repente, la llegada de la Segunda Guerra Mundial hace estallar esa burbuja protegida. En un primer momento, cuando Japón ocupa China, su vida sigue igual, pero todo cambia con el ataque a Pearl Harbour. Entonces empieza la guerra en Shanghái y la familia Ballard acaba en un campo de concentración. Allí vive en sus propias carnes aquello que veía en las calles de la ciudad: el hambre, el miedo y la pobreza. Una escena de El imperio del sol que narra este momento en el que todo cambia explica, en mi opinión, toda la literatura de Ballard: el niño protagonista está jugando con un avión que lanza al aire y cae en una trinchera japonesa. Va vestido de Simbad el Marino, porque está en una fiesta de disfraces. Ballard nos muestra con esa imagen la frivolidad máxima ante la muerte, la catástrofe, el accidente que provoca que la vida cambie en un instante.

Es destacable en su obra la diferencia entre el mundo aparente y el real y entre lo que vemos de una persona y su realidad interior. Crash es una indagación del yo interior atravesado por pulsiones, sobre todo sexuales, pero de una sexualidad magnética que no solo tiene que ver con el accidente, la sangre y los coches, sino también con la necesidad de meterse dentro de otro ser humano. En mi opinión, esta necesidad surge de la desprotección que sintió de niño y de la carnalidad que tuvo que vivir en el campo de concentración, donde se produjo su despertar sexual y conoció todo lo relacionado con la amoralidad.

A diferencia de otros autores que han pasado por campos de concentración, Ballard no ha tratado el tema desde un punto de vista político. Tampoco lo ha contado como Vonnegut, que luchó en la
Segunda Guerra Mundial y escribió Matadero cinco como testimonio del absurdo de la guerra. En el caso de Ballard, siente fascinación y un enorme respeto hacia los soldados japoneses por la forma en la que se enfrentaron a los aliados. En mi opinión, toda su obra es un intento de entender por qué, desde niño, se veía como alguien extremadamente complejo e individualizado, fuera de cualquier sistema. Tampoco se consideraba inglés, pues había nacido en Shanghái, y se sentía orgulloso de los soldados japoneses aunque perteneciesen al bando enemigo.

En una ocasión, estando en Inglaterra, conocí casualmente a la directora de la Lewis Carroll Society, que había sido una de las últimas novias de Ballard, y me contó algo que él no incluye en Milagros de vida: Una autobiografía (2008) y que muestra otra de sus obsesiones: su deseo de que todo permaneciera. Según esta mujer, años después de la muerte de su esposa y de que sus hijos se fueran de casa, Ballard fue incapaz de mover nada de sitio; por ejemplo, encima de la chimenea conservaba un limón completamente momificado.

Sobre la experimentación en la estructura narrativa, Ballard formó parte de la nueva ola de ciencia ficción inglesa de los años sesenta cuya intención era llegar adonde aún no se había llegado. En Ballard Reloaded, Beatriz García Guirado y Andreu Navarra dicen que él «buscaba alcanzar un espacio de experimentación radical en el que poder fingir que no todo está inventado». Creo que realmente era así: Ballard llegó a un lugar intersticial desde el que entrar en el cerebro humano de una manera que no se había hecho hasta entonces.

 

BEATRIZ GARCÍA GUIRADO

Ballard decía que el gran motor de su obra, que buscaba libro tras libro, era la disolución del yo como receta de la felicidad. Hablamos de una persona que es extremadamente nihilista en su obra
de ficción, sobre todo tras la muerte de Mary, su mujer. Dentro de su etapa de catástrofes –El mundo sumergido (1962), La sequía (1964), El mundo de cristal (1966) –, está Huracán cósmico (1962), de la que se avergonzaba porque la escribió en unas pocas semanas, aunque es la obra en la que descubre cómo deberían ser sus personajes y hacia dónde deberían ir: a abrazar el caos. Es verdad que no es una gran novela, pero tiene su enjundia y también el personaje femenino más interesante de toda su obra. Todos los personajes ballardianos son arquetípicos, pero los femeninos lo son extremadamente: femmes fatales, chicas jóvenes que acompañan siempre al científico, cheerleaders del tipo listo, siempre borrosas, al igual que sus personajes masculinos.

En Huracán cósmico aparece de la nada un viento que lo destroza todo y la gente empieza a huir. También huye el protagonista, un científico. El personaje femenino al que me refiero es su exmujer, una esnob que se dedica a ir de fiesta en fiesta hasta que llega el huracán. Ella entiende que no habrá salida y se lanza al ojo del huracán, decide abrazar el caos. Este personaje femenino definirá al resto de personajes ballardianos.

Huracán cósmico es la única obra de Ballard apocalíptica, porque el huracán lo devasta todo. En el resto de sus obras sus personajes son personas que se pasean por la devastación y, poco a poco, se adaptan a ella. Pero, a partir de esta novela, surgen personajes arquetípicos, borrosos, de nombres intercambiables y a los que no les pone cara –algo que sacó del surrealismo–. Estos personajes encarnan situaciones que ayudan a explicar sus ideas, porque Ballard era un escritor de ideas. No era, sin embargo, un escritor de clima ficción, en el sentido de que en sus obras no hay héroes ni épica, y en sus distopías nadie reconstruye nada después del desastre.

Gran conocedor de la obra de Jung y Freud, Ballard es un autor simbólico y postsurrealista y, como buen postsurrealista, estaba obsesionado con el tiempo. David Pringle, uno de los mayores expertos en su obra, dice que podríamos ordenar su literatura en función de una cierta alquimia, y sugiere una división de sus obras con la que el propio Ballard estaba de acuerdo. Todas sus novelas de agua, como El mundo sumergido o La sequía, son el pasado. Aunque las sitúe en un futuro, a través de la construcción de un paisaje cambiado, está ahondando en un viaje a un tiempo profundo. Otro elemento es el cristal, que simboliza la eternidad. En El mundo de cristal (1966) los personajes, también la fauna y la flora, quedan petrificados, lo que a él le permite jugar con los tiempos. El cemento, que corresponde a su etapa hiperrealista, con Rascacielos, La isla de hormigón (1974) y Super-Cannes, nos habla del presente, donde ya no hay, como en sus novelas de agua, un paisaje alterado por un cambio climático que afecta al cerebro de las personas, sino que es la tecnología la que obra cambios en ellas. Se trata, en ambos casos, de transformaciones de ida y vuelta, porque la tecnología o el paisaje cambian los cerebros de la gente, que empieza a proyectar en el paisaje, llenándolo con sus propios fantasmas. Por último, la arena, símbolo del futuro, que aparece en obras como Hola, América, donde en un Manhattan futurista los edificios están cubiertos de arena. Ballard era muy consciente de cómo su experiencia en el campo de concentración había marcado toda su obra. Al analizar los traumas que hay en sus historias, él decía que El mundo sumergido era una unión de la lluviosa Londres, donde vivió muchos años y en la que se sentía un alienígena porque nunca se consideró a sí mismo un autor británico, y Shanghái en época de inundaciones.

En cuanto a sus personajes, parece que tengan un vacío y una devastación interior que los impulsa a ir buscando lugares peligrosos. Es el caso de «La playa terminal», uno de sus relatos freudianos que da título a una antología brutal. Cuenta la historia de un tipo que va voluntariamente al atolón de las islas Marshall en el que se hicieron pruebas termonucleares durante la Guerra Fría, tras la muerte de su mujer y su hijo en un accidente de tráfico. El personaje se encuentra en ese lugar devastado por las pruebas termonucleares, donde se está muriendo, y cree ver a su mujer y a su hijo proyectándose en diferentes lugares. Mientras va buscándolos entre bloques de hormigón que dibujan laberintos, se encuentra a un oficial japonés muerto y habla con su cadáver. El fandom dirá que esto no es ciencia ficción, y su contrario, el mainstream, se preguntará qué es esto. Los escritores, ballardianos o no, que juegan con el género de la ciencia ficción se enfrentan a ese mismo problema al que se enfrentó Ballard en su época al poner en práctica sus ideas surrealistas.

Ballard es un escritor de ciencia ficción atípico porque jamás fue un lector del género. De crío leyó a los clásicos y, cuando llegó a la universidad, se pasó a Joyce y empezó a escribir como él hasta que dejó de hacerlo. De hecho, dijo que si hubiera seguido escribiendo como Joyce nunca hubiera llegado a ser escritor. No fue hasta más tarde, al alistarse en la aviación, cuando comenzó a leer ciencia ficción y conoció el surrealismo. En este movimiento encontró imágenes visuales y una inspiración para poner palabras a lo inexplicable –el dolor, la devastación, el absurdo–, que es lo que hicieron los surrealistas. Recordemos que el surrealismo nació después de la Primera Guerra Mundial como forma de ver qué es lo que hay dentro de nosotros para que seamos capaces de celebrar la muerte institucionalizada; los surrealistas querían entender nuestra pulsión de muerte. De hecho, una cuestión muy polémica en Ballard, por sus ecos reaccionarios, es su creencia de que en todos nosotros existía un gran deseo de muerte.

Ballard cuenta sus historias como si escribiese con un escalpelo. Siendo estudiante de medicina y lector de lo que él llamaba «literatura invisible», es decir, textos científicos, se decantó por un estilo clásico porque pensaba que si narraba algo muy duro con un lenguaje florido o intenso la historia perdería intensidad. De ahí que optara por exponer sus ideas radicales con un lenguaje neutro y científico, como el escalpelo que usaba en la mesa de disección de la universidad. Con una gran frialdad, narra historias durísimas sobre gente que va buscando perversiones cada vez mayores. A sus personajes les excitan sexualmente las prótesis o chocar con sus coches, y él lo narra con ese estilo gélido, que es al mismo tiempo clásico.

 

LAURA FERNÁNDEZ

Y muy plástico. Con Crash tuve la sensación de estar leyendo algo hecho de goma, por ese uso del estilo científico. Al mismo tiempo, lo que narra es muy voluptuoso y todo acaba encajando como un guante.

 

BEATRIZ GARCÍA GUIRADO

Ballard quería ser pintor y le ocurrió algo parecido a lo que le sucedió a David Lynch, que llegó al cine buscando el movimiento que le faltaba a sus cuadros, con quien tiene muchos paralelismos. Los dos son hijos del surrealismo, donde encontraron una forma de escarbar en sus propios símbolos. En el caso de Ballard, estos son piscinas, pájaros, playas habitadas por gaviotas y reptiles o los aviones que utiliza en sus historias para escapar del tiempo.

La plasticidad de la que habla Laura la encontró en las playas y en la representación del tiempo derramado de Dalí. En El mundo sumergido habla en diferentes ocasiones de cómo se derrama el tiempo, y utiliza muchas otras metáforas para tratar la ausencia, tema que exploró en relatos como «Noticias del sol», donde la Tierra deja de rotar, el mundo se queda detenido en diferentes franjas horarias y la gente empieza a dormir muchas más horas; sus sueños se van desparramando, entran en tiempos de ausencia cada vez más largos hasta que ya no hay vida porque todo es sueño… Ese argumento me hace pensar en que los lugares ballardianos, más que en Reino Unido, se encuentran en Estados Unidos. A Ballard le obsesionaban sitios como el desierto de Nevada, y no hay ciudad más ballardiana que Los Ángeles, donde se da la disolución del sueño americano, la gente sueña por encima de sus posibilidades y los enfermos de fentanilo duermen por las esquinas, esperando que el tiempo acabe… Todo ello tiene que ver con el juego con el tiempo que propone Ballard, con las ausencias y con los personajes que intentan detenerlo. Según una hipótesis personal, a la que he llegado después de publicar Ballard Reloaded, todo lo anterior a El imperio del sol es una toma de impulso para poder narrar en esa novela su propia vida de forma lineal hacia atrás, aunque sea una biografía ficticia. Ballard dijo que se pasó media vida intentando olvidar lo que le pasó en el campo de concentración y la otra media intentando explicarlo.

 

LAURA FERNÁNDEZ

Yo creo que él intenta ordenar las cosas y ordenarse. Ballard juega a colocar espejos dentro de su propia vida y a situarse en un punto distinto en cada historia que escribe. Su escritura no es un flujo de conciencia, sino un espacio interior, un yo del que entra a formar parte y que explora al máximo. Ese yo se multiplica en sus novelas. En mi opinión, se trata siempre de él mismo, viéndose desde fuera y desde dentro, observando sus pulsiones, explorando situaciones concretas sobre las que no debía de tener nada claro.

Leer a Ballard es entrar en otro cerebro, en otro universo mental con otros símbolos. En sus historias, la realidad de todos los días no solo está torcida, sino que ha quedado destrozada; ha sobrepasado el fin, se encuentra después de este. Siempre está ahí ese «después de»: después de todo, ¿qué queda y cómo se ordena? Esa realidad que te parece reconocible pero que no lo es, como ocurre en los sueños, genera en el lector inquietud y le hace tomar conciencia de su propio vacío a la vez que le lleva a entrar en su propio yo de una manera distinta. Esto, unido al nivel de intimidad de sus narraciones –habla de cosas que, si alguna vez hemos pensado, no nos hemos permitido hacer–, crea una gran incomodidad. Me fascina pensar en cómo escribía, qué clase de experiencia catártica le suponía acabar una novela como Compañía de Sueños Ilimitada, cuando ni él mismo sabía bien qué estaba haciendo, ni cómo ni hacia dónde quería ir. Ballard es un creador apasionante, un pionero. No había existido nada igual antes que él.

 

ALBERTO SANTAMARÍA

Muchos de los problemas de recepción que ha tenido la obra de Ballard tienen que ver con la dificultad a la hora de catalogarla. Le ocurrió a Fredric Jameson, gran fan suyo, pero que nunca pudo encajarlo en la teoría de la posmodernidad, porque Ballard era un modernista no moderno y un posmoderno no posmodernista.

Respecto a su simbología, son importantes los nombres. En Compañía de Sueños Ilimitada, el protagonista se llama Blake, porque en esta novela hay una deuda con el matrimonio cielo-infierno, que en el poema de William Blake se unen a través del cuerpo. En los sesenta y los setenta, Ballard está fascinado con la antipsiquiatría, sobre todo con R. D. Laing, que es el nombre del personaje de Rascacielos: Robert Laing. Otro nombre simbólico es Van Eyck, como se llama el piloto que va esculpiendo nubes con su planeador en uno de los relatos de Vermilion Sands (1971).

También es interesante el concepto de «tiempo arqueopsíquico», la idea de juntar todos los tiempos en uno. Se cuenta una anécdota del día del nacimiento de su primera hija, cuando la cogió en brazos y dijo aquello de «Es tan vieja como el universo». Para Ballard, somos como un árbol: si nos cortaran, nos podrían encontrar los anillos. Como habéis dicho, el tiempo está muy presente en toda su obra. En un relato crea una máquina metafórica para viajar en el tiempo a través de metáforas. Está en el fondo de una piscina, donde proyectan cuadros surrealistas e imágenes pornográficas. Quien las ve viaja a través de ellas en el tiempo. En cuanto al concepto de distopía, en una entrevista dijo que no le gustaba, porque dividir la historia entre utopía y distopía era como tener un trastorno obsesivo-compulsivo con ella, ya que la utopía de alguien puede ser la distopía de otro.

 

BEATRIZ GARCÍA GUIRADO

Le encantaba la psicogeografía. Junto a Ian Sinclair, hacía viajes psicogeográficos por Shepperton y otros lugares, si es que Sinclair conseguía sacarlo de Shepperton.

También es interesante cómo Ballard reconvierte a esos personajes borrosos que tratan de adaptarse a las catástrofes. En algunas de sus novelas, se pregunta cuál es el tipo humano más adaptable en el siglo xx y llega a la conclusión de que es el psicópata integrado, que es lo que son todos los personajes de su etapa de cemento: en Noches de cocaína, un tipo se dedica a sembrar el caos en un complejo turístico de la Costa del Sol; en Super Cannes, la gente pija que vive en un complejo de ultralujo está muy triste y estresada y el personaje del psiquiatra les receta que cometan asesinatos en masa y violaciones para sacar sus traumas a flote y curarse; en Hola, América, Charles Manson, personaje que obsesionaba a Ballard, es el presidente de un Estados Unidos devastado y vive en la ballardiana ciudad de Las Vegas… En ese sentido, Ballard me parece profético. Vivimos en un mundo ballardiano, en el que nuestros delegados de clase son los bullies.

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