Cecilia 2. Evangelina en primera persona
Cecilia 2. La historia del disco que no pudo ser es uno de los últimos ensayos de Cara B, la colección de Lengua de Trapo y Círculo de Bellas Artes dedicada a discos esenciales de la música en español, como El estado de las cosas de Kortatu, Honestidad brutal de Calamaro o el Omega de Morente. Su autor, el periodista y escritor Eduardo Bravo, analiza los vericuetos de la creación de este segundo –e injustamente valorado– elepé de la cantautora madrileña, un disco conceptual que rozaba lo subversivo y rompía la imagen amable e inofensiva que la industria quería dar de ella. En 1948, después de algunas pruebas, varios prototipos y una guerra mundial –que se dice pronto–, la compañía Columbia presentó el Long Play, elepé según la RAE, y popularmente conocido por sus siglas: LP. Este nuevo formato de reproducción sonora tenía notables ventajas respecto a su predecesor, los discos de pasta de 78 revoluciones por minuto. Por ejemplo, la mayor resistencia del material en el que estaban fabricados, el polivinilo, o el aumento de su capacidad, hasta 20 minutos por cara, frente a los escasos tres minutos de antes. Una mejora obtenida a cambio de aumentar el diámetro…
Eduardo Bravo
Cecilia 2. La historia del disco que no pudo ser es uno de los últimos ensayos de Cara B, la colección de Lengua de Trapo y Círculo de Bellas Artes dedicada a discos esenciales de la música en español, como El estado de las cosas de Kortatu, Honestidad brutal de Calamaro o el Omega de Morente. Su autor, el periodista y escritor Eduardo Bravo, analiza los vericuetos de la creación de este segundo –e injustamente valorado– elepé de la cantautora madrileña, un disco conceptual que rozaba lo subversivo y rompía la imagen amable e inofensiva que la industria quería dar de ella.
En 1948, después de algunas pruebas, varios prototipos y una guerra mundial –que se dice pronto–, la compañía Columbia presentó el Long Play, elepé según la RAE, y popularmente conocido por sus siglas: LP. Este nuevo formato de reproducción sonora tenía notables ventajas respecto a su predecesor, los discos de pasta de 78 revoluciones por minuto. Por ejemplo, la mayor resistencia del material en el que estaban fabricados, el polivinilo, o el aumento de su capacidad, hasta 20 minutos por cara, frente a los escasos tres minutos de antes. Una mejora obtenida a cambio de aumentar el diámetro del disco de 10 a 12 pulgadas y perder un poco de rango dinámico por el descenso de la velocidad de giro a 33 1/3 rpm.
Junto con el nuevo soporte, Columbia presentó las primeras referencias de su catálogo. Un centenar de grabaciones, la mayor parte de ellas de música clásica, porque, aunque a finales de la década de 1940 la idea de juventud como esa etapa separada de la infancia y el mundo adulto era ya una realidad –lo cuenta Jon Savage en Teenage (2018)–, el sector de la población que podría permitirse el nuevo invento era todavía aquel más afín a la cultura erudita.
Aunque es cierto que durante algunos años el LP convivió con discos de 78 rpm –a partir de entonces ya fabricados en plástico–, el hecho de que todas las marcas adoptasen ese nuevo formato como el estándar de la reproducción sonora hizo que el catálogo de títulos no dejase de crecer. De hecho, junto con la grabación de nuevo repertorio, se reeditaron en elepé antiguas grabaciones de los años veinte y treinta del siglo xx, por lo que, cuando a finales de 2022, Manu Guedán y Jorge Lago me propusieron escribir un libro para la colección Cara B de Lengua de Trapo, la cantidad de títulos entre los que se podía elegir era considerable. ¿Decenas de millones? ¿Cientos de millones? Posiblemente.
Si bien esas cifras puedan parecer descabelladas, no lo son tanto. Sin ir más lejos, la página web de coleccionismo discográfico Discogs incluye entre sus referencias más de diez millones de LP que poseen cierto interés para los aficionados por su calidad, su rareza o su escasez. Añádanse a esos millones aquellos otros títulos que quedan por descubrir y esos nuevos trabajos que, por mucho que vuelva el vinilo, se publiquen en ese formato o cambien los gustos y criterios de los aficionados en el futuro, jamás tendrán el honor de entrar en ese Olimpo de los discos deseados por –con todo el respeto a sus autores– prescindibles y que, todo sea dicho, no son pocos. Había un disco de Cecilia que no resultaba tan dúctil ni maleable como los otros. Un trabajo con canciones difícilmente apropiables por la regresía y el involucionismo. Vainica Doble –con esas fantasías que son su primer LP, Heliotropo o Contracorriente–. Incluso barajé discos de Obús y Barón Rojo. Los primeros porque fueron producidos por el mismísimo Tino Casal; los segundos, porque fueron de los pocos grupos en grabar en Londres una versión de su Volumen brutal cantado en inglés, algo que, en esa época, solo estaba al alcance de artistas como Julio Iglesias o Raphael. Sin embargo, todas y cada una de esas propuestas tenían sus pegas. En el caso de Dioptría, la reciente muerte de Riba hacía que el proyecto careciera de sentido. Además, Jaime Gonzalo ya estaba trabajando en un estupendo libro al respecto, Psicóptico! Pau Riba & Dioptría, publicado recientemente por Liburuak. Por lo que respecta a Vainica Doble, siempre pensé, y lo reitero aquí, que Blanca Lacasa, autora de Las hijas horribles (2023) y El accidente (2025), lo haría mejor que nadie, por lo que la sensatez aconsejaba dar un paso al costado. En lo que se refiere a Barón Rojo, la relación entre sus componentes es tan mala que no querrían aparecer juntos ni siquiera en un libro. Sisa, Solera y el resto de las propuestas se descartaron porque, con muy buen criterio, Guedán y Lago me hicieron ver que no estaría mal que el libro tuviera alguna opción de venderse. Un detalle que, indudablemente, reducía las opciones a una figura tan popular como Cecilia. De hecho, lo aconsejable hubiera sido que, de los tres discos oficiales de la artista, se eligiera Un ramito de violetas (CBS, 1975). Afortunadamente –hablo por mí–, no fue necesario.
¿POR QUÉ CECILIA?
Aunque una de las condiciones de Cara B es que los LP elegidos sean de autores españoles, lo que disminuía bastante el número de candidatos –que en España nunca hemos sido muy de apostar por la industria musical–, la variedad seguía siendo generosa. Al menos lo suficiente como para preguntarse: ¿por qué Cecilia? ¿Y por qué Cecilia 2 (CBS, 1978), además? En honor a la verdad, Cecilia no fue la primera opción. Hubo otros candidatos. Por ejemplo, Sisa –del que se podían elegir los soberbios Orgia, Qualsevol nit pot sortir el sol, Galeta Galàctica o incluso su disco con Música Dispersa–, Pau Riba –con esa obra maestra inapelable que es Dioptria o Jo, la donya i el gripau–, también trabajos claves del Sonido Torrelaguna de Rafael Trabuchelli –como Génesis de José y Manuel, Solera de Solera o Señora azul de Cánovas, Adolfo, Rodrigo y Guzmán– y, por supuesto, Vainica Doble –con esas fantasías que son su primer LP, Heliotropo o Contracorriente–. Incluso barajé discos de Obús y Barón Rojo. Los primeros porque fueron producidos por el mismísimo Tino Casal; los segundos, porque fueron de los pocos grupos en grabar en Londres una versión de su Volumen brutal cantado en inglés, algo que, en esa época, solo estaba al alcance de artistas como Julio Iglesias o Raphael.
Sin embargo, todas y cada una de esas propuestas tenían sus pegas. En el caso de Dioptría, la reciente muerte de Riba hacía que el proyecto careciera de sentido. Además, Jaime Gonzalo ya estaba trabajando en un estupendo libro al respecto, Psicóptico! Pau Riba & Dioptría, publicado recientemente por Liburuak. Por lo que respecta a Vainica Doble, siempre pensé, y lo reitero aquí, que Blanca Lacasa, autora de Las hijas horribles (2023) y El accidente (2025), lo haría mejor que nadie, por lo que la sensatez aconsejaba dar un paso al costado. En lo que se refiere a Barón Rojo, la relación entre sus componentes es tan mala que no querrían aparecer juntos ni siquiera en un libro. Sisa, Solera y el resto de las propuestas se descartaron porque, con muy buen criterio, Guedán y Lago me hicieron ver que no estaría mal que el libro tuviera alguna opción de venderse. Un detalle que, indudablemente, reducía las opciones a una figura tan popular como Cecilia. De hecho, lo aconsejable hubiera sido que, de los tres discos oficiales de la artista, se eligiera Un ramito de violetas (CBS, 1975). Afortunadamente –hablo por mí–, no fue necesario.
PEQUEÑOS DETALLES
Desde que recuerdo, la figura de Cecilia siempre me ha cautivado. Por su carisma, su estilo, su personalidad, sus canciones, su seguridad, su cosmopolitismo, su inseguridad, su inteligencia, su cultura, su timidez y su belleza. Una impresión solo comparable a la que me provocarían posteriormente Carmen Santonja y Gloria van Aerssen. Tres mujeres de talento mayúsculo que parecían haber caído en la Tierra por error, procedentes de otra galaxia, y que, como le sucedía a Iván Zulueta, no acababan de encajar en el panorama cultural español, tan poco dado a la originalidad y la heterodoxia.
Además, a medida que pasaba el tiempo, Cecilia se iba cruzando en mi camino en forma de pequeños detalles que iban enriqueciendo esa imagen que me había hecho de ella. Por ejemplo, un single promocional de Fui, en cuya portada aparecía una dedicatoria y su firma –«Con afecto, Cecilia»–, escrita con una letra redonda, acogedora y que debió de repetir infinitas veces porque, con el tiempo, he ido encontrando más ejemplares autografiados del mismo disco, tal vez porque CBS le pidió que los firmara para repartirlos entre la prensa y los fans. También encontré dos discos de diez pulgadas del sello Folkways en edición americana –uno de canciones vaqueras de Cisco Huston, de 1958, y otro de temas infantiles para cantar en los fuegos de campamento [The Wagoners Sing Folk Songs for Camp, 1955]–, en cuyo reverso aparece la fecha de adquisición y su nombre –no Cecilia, sino el verdadero:
Evangelina Sobredo–, con esa misma letra mullida y sin aristas. Sin embargo, ese encantamiento se solapaba con una cierta incomodidad provocada por lo que, a mi entender, era una sobreexplotación de la figura de la artista. Un malestar que había comenzado con esos proyectos excesivamente enfocados a lo comercial, como su participación en el festival de la OTI, la almibarada y davidhamiltonesca portada del single Amor de medianoche (CBS, 1975) o los videoclips realizados por RTVE en el Parque de Atracciones o en el antiguo scalextric de Atocha, en los que la artista no parece estar demasiado cómoda. Una sensación a la que tampoco contribuían los inevitables reportajes, repletos de tópicos, que se publicaban o emitían con motivo de la efeméride de su muerte.
Además, abordar una y otra vez la figura de Cecilia desde la nostalgia me generaba la idea de que, por un extraño efecto doriangreyesco, la artista, fallecida con apenas veintisiete años, había ido envejeciendo a medida que lo hacía su público. A diferencia de otras estrellas de la música popular como Janis Joplin o Mama Cass, cuya prematura muerte las convirtió en eternas jóvenes, Cecilia había dejado de ser una chica joven para convertirse en una mujer de mediana edad que fue perdiendo por el camino su rebeldía, su acidez, su ironía, su humor, su crítica a la dictadura y a la oligarquía española de la época, al tiempo que adquiría atributos más afines al convencionalismo burgués. Tanto es así que, a punto de cumplirse cinco décadas de su muerte, canciones como «Dama, dama», «Fui», «Señor y dueño» o «Fauna» parecían haber quedado, permítaseme la broma, en nada de nada.
En todo caso, eso era una minucia comparada con la suerte que corrieron temas como «Mi querida España», cuyo desgaste y vaciamiento de sentido habían llegado al extremo de que organizaciones de ultraderecha afines al franquismo la eligieran para amenizar sus actos públicos.
No obstante, había un disco de Cecilia que no resultaba tan dúctil ni maleable como los otros. Un trabajo con canciones difícilmente apropiables por la regresía y el involucionismo. Un LP cuyas canciones provocan cierta desazón a aquellos que se habían creado una imagen de Cecilia amable e inofensiva. Un trabajo que Sony, compañía que había adquirido el catálogo de CBS, había ignorado hasta el punto de no tenerlo disponible en formato físico ni haberlo subido a las principales plataformas de música en streaming. En definitiva, un disco, Cecilia 2, en el que la artista se parecía más esa cantautora venida de no sé sabe dónde, y cuya intrahistoria, por ignorada, bien merecía dedicarle un libro.
EMBARAZADA Y SOLTERA
Después del inesperado éxito de su primer disco, CBS no quiso dejar que el mercado se enfriase e, inmediatamente, le encargó a la artista un segundo trabajo para el que contó con menos tiempo, pero más libertad. Como explica Luis Gómez Escolar –conocedor del funcionamiento de la industria musical por haber trabajado en ella durante décadas como compositor, intérprete, letrista y adaptador–, en el primer LP de un artista se incluyen aquellos temas que la compañía considera más comerciales; en el segundo, los que quedaron descartados del primero, porque con las entrevistas de promoción, las actuaciones y las giras, el músico primerizo difícilmente encuentra tiempo para componer material nuevo. Aunque Cecilia no fue una excepción a esa regla, es difícil afirmar que el repertorio de su segundo disco estuviera formado por descartes. En realidad, se trataba de una colección de composiciones muy interesantes que, además, formaban un todo coherente que daban lugar a un disco conceptual al estilo del Freak Out! (1966) de The Mothers of Invention, el Face to Face (1966) de The Kinks, el Their Satanic Majesties Request de The Rolling Stones o, por supuesto, el Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band de The Beatles, ambos de 1967.
Prueba de ello es que, en este segundo LP, Cecilia ya no habla de esa sociedad española en la que ha aterrizado –procedente de Estados Unidos, Londres, Jordania o el espacio exterior– y a la que analizaba con esa mezcla de curiosidad por lo que no acaba de entender y rechazo por lo que no le acaba de gustar. En su segundo trabajo, Cecilia no habla de los demás, sino de ella misma, como demuestra que todas y cada una de las canciones estén compuestas en primera persona: «No me pertenece el paisaje», «Me quedaré soltera», «Me mataría mañana», «Verme a mí misma», «Vivo a costa de un millón de muertos», «Cuando yo era pequeña», «Mi ciudad la hicieron de cristal y cemento», «Yo me iré de aquí» o «Quiero ser equilibrista». Un punto de vista a través del cual Evangelina aborda temas que le preocupan y que, si bien hoy en día pueden resultar cotidianos y anodinos, en su momento resultaban de una clarividencia inusual en el panorama cultural español generalista. Por ejemplo, la ecología, la Guerra Civil, el suicidio, la emancipación femenina, el deseo sexual de las mujeres y el cuestionamiento de instituciones como el matrimonio o la familia.
Un material, en definitiva, que rozaba lo subversivo y que, sorprendentemente, consiguió pasar la censura gracias a esa sensibilidad e inteligencia en las letras que caracteriza el trabajo de la cantautora. Incluso «Un millón de muertos» –cuyo título tuvo que cambiarse por «Un millón de sueños» y a la que se calificó de «no radiable»–, logró ser incluida en el LP que se interpretó casi por completo en un programa especial de Televisión Española [A su aire, 25 de abril de 1974], cuando en España solo había dos cadenas y algunos músicos, como Joan Manuel Serrat, estaban vetados en ambas.
Hija de un diplomático franquista, Cecilia era consciente de que un enfrentamiento frontal contra la dictadura como el que estaban haciendo otros cantantes podía ser relevante, notorio, pero con muy poco recorrido, desde el momento en que los recursos del régimen para acallar a un artista eran, sin exagerar, infinitos. Por eso, Evangelina siempre prefirió envolver el mensaje de sus canciones de lirismo, poesía e inocencia. Una decisión aparentemente conformista que, sin embargo, garantizaba que llegasen al gran público. No obstante, en Cecilia 2 la artista se olvidó de esa estrategia, se dejó llevar por el entusiasmo y no midió las consecuencias.
Haciendo uso de esa mayor libertad que le ofrecía CBS, decidió que el disco se titulase Me quedaré soltera y eligió para hacer la fotografía de portada a la persona que mejor podría materializar gráficamente esa idea: su amigo Pablo Pérez Mínguez. Responsable de la modernización visual del país a través de publicaciones como la revista Nueva lente y el espacio Photocentro, Pérez Mínguez realizó una sesión de fotos de la que salió una imagen que no deja espacio a la interpretación: Cecilia embarazada. De pie, con un gato, en un bucólico dormitorio en tonos crema, en el que destaca una cama con dosel, sí, pero embarazada. Embarazada. En 1973. Embarazada y soltera. Ni que decir tiene que la propuesta no gustó en CBS, que se negó a publicar esa portada y exigió cambiar el título del disco.
VIEJAS Y NUEVAS SENSIBILIDADES
Después de decidir junto a Lago y Guedán que el LP objeto del libro sería Cecilia 2, aún quedaba un asunto por resolver. Desde la muerte de la artista, hace ahora casi medio siglo, la familia de Cecilia ha puesto un especial empeño en preservar su legado, evitando que su obra se deprecie por un mal uso en, por ejemplo, campañas publicitarias, películas o actos políticos. Para ello, ha tenido que recurrir a sus recuerdos y vivencias para intentar interpretar, por analogía, cuál podría haber sido la opinión de la cantante en esos asuntos, cosa que, como es comprensible, no ha sido sencilla.
Por tanto, y aunque Cecilia es un personaje público que puede ser abordado libremente en un trabajo periodístico, documental o una obra de ficción –siempre que no se vulneren sus derechos morales o de autor, que no era el caso–, parecía correcto informar a aquellos que, a día de hoy, gestionan esos derechos. A través de la Sociedad General de Autores pude contactar con Teresa Sobredo, hermana de la cantante, que acostumbra a ser canal de comunicación con el resto de familiares. Informados del proyecto y sin nada que objetar, seguí adelante, para lo cual resultaron muy útiles los comentarios y contactos aportados por la propia Teresa.
No obstante, a pesar de la trascendencia de Cecilia en la música española, no hay demasiada información sobre ella. En la actualidad, ni siquiera está disponible Equilibrista (2011), la única biografía de la artista escrita por José Madrid y la información sobre un disco considerado menor, como Cecilia 2, que fue un fracaso de ventas, que incomodó a la compañía y desencantó a la artista, era muy escasa.
A falta de documentos históricos, hubo que recurrir a los recuerdos de los que participaron en su creación, como Pepe Nieto, y a los testimonios de aquellas personas que, desde diferentes disciplinas, han abordado la figura de la artista y su época. Nombres como los de Jesús Caramés, el propio José Madrid, Fernando Márquez o Ana Fernández Cebrián que, para mi sorpresa, también compartían esa visión de una Cecilia contemporánea, comprometida con los movimientos sociales de la época, interesada en las corrientes artísticas del momento y cuyas composiciones no eran piezas de museo que debían ser admiradas desde el respeto reverencial, sino que podían ser reactualizadas con una nueva sensibilidad. De hecho, eso es justamente lo que había hecho Lídia Pujol en Conversando con Cecilia (2021), un disco que a algunos de los defensores de esa Cecilia petrificada les pareció poco menos que una irreverencia, pero que transmite como pocos el mensaje de la cantautora y ese espíritu trovadoresco del que la artista catalana es continuadora.
La reflexión e interiorización que Lídia Pujol ha hecho de la obra de Cecilia resulta tan certera que ha aportado nuevas lecturas que devuelven el brillo a canciones desgastadas por el uso como «Un ramito de violetas», cuya historia de amor romántico –atravesada por el miedo, el abuso y la violencia– resulta un tanto anacrónica en una sociedad concienciada con el maltrato de género. «Es mucho más complejo que eso. Fíjate cuando dice «mira a su marido y luego se calla». Hasta donde puede, ella también le está engañando», me explicaba Pujol, ampliando así el sentido de un tema que, lo reconozco, me incomodaba.
De hecho, ha sido ese deseo de superar el lugar común y devolver a la obra de Cecilia su contemporaneidad y vigencia lo que me llevó a escribir Cecilia 2. La historia del disco que no pudo ser. Espero, si no haberlo conseguido, al menos haber abierto un camino que pueda ser transitado por otros autores con más conocimientos, talento y tiempo, aunque, como apuntaba una de las críticas publicada en una conocida plataforma de venta online, siempre quedan flecos sueltos: «Amo a Cecilia y su obra hasta límites enfermizos, pero no voy a pagar dieciséis euros por un libro de noventa páginas».