En busca de la taberna perdida

El sociólogo, politólogo y profesor de la UCM Javier Rueda, autor del ensayo Utopías de barra de bar, ganador de la primera edición del premio Utopías que caben en el BOE que convocan el Círculo y Lengua de Trapo, lleva años estudiando el papel de los bares como dispositivos culturales y espacios de cohesión, sobre todo en la España rural, en los que vehiculan la identidad, el conflicto y la memoria, y también acogen utopías e iniciativas comunitarias. En el Festival de las Ideas, Rueda guio un paseo filosófico en busca de espacios del comer y del beber en compañía, que recorrió el centro de Madrid trazando un mapa efímero de bares legendarios, de los que ya no están y de franquicias o locales donde se practican ritos históricos, hoy más turísticos que otra cosa, como comerse el famoso bocata de calamares.   Una ciudad es diferente según quién la pasea, según quién y cómo la habita. No es lo mismo recorrerla con música de Satie que con temas de Kortatu (les invito a probar ambas opciones), al igual que cambia completamente si nos quitamos los auriculares y nos movemos al ritmo de los ruidos, sonidos y músicas que nos…

Javier Rueda

El sociólogo, politólogo y profesor de la UCM Javier Rueda, autor del ensayo Utopías de barra de bar, ganador de la primera edición del premio Utopías que caben en el BOE que convocan el Círculo y Lengua de Trapo, lleva años estudiando el papel de los bares como dispositivos culturales y espacios de cohesión, sobre todo en la España rural, en los que vehiculan la identidad, el conflicto y la memoria, y también acogen utopías e iniciativas comunitarias. En el Festival de las Ideas, Rueda guio un paseo filosófico en busca de espacios del comer y del beber en compañía, que recorrió el centro de Madrid trazando un mapa efímero de bares legendarios, de los que ya no están y de franquicias o locales donde se practican ritos históricos, hoy más turísticos que otra cosa, como comerse el famoso bocata de calamares.

 

Una ciudad es diferente según quién la pasea, según quién y cómo la habita. No es lo mismo recorrerla con música de Satie que con temas de Kortatu (les invito a probar ambas opciones), al igual que cambia completamente si nos quitamos los auriculares y nos movemos al ritmo de los ruidos, sonidos y músicas que nos regala a diario. Hoy les propongo una forma de habitar muy concreta, la del paseo. Podría engañarles y denominarlo de forma rimbombante «deriva psicogeográfica», de esas que anunciaban Debord y sus situacionistas. Pero este paseo tiene punto de partida, lugar de llegada y no dura las preceptivas veinticuatro horas que el francés recomendaba. Es una propuesta algo más discreta, de andar por casa. Hoy el paseo gira en torno a lo tabernario: me pregunto por los bares de Madrid, por los bares en general y lo que suponen en nuestra vida cotidiana. Por lo que han sido y lo que son ahora. El método ofrece una mezcla de safari sin animales, mapa del tesoro sin gran «equis» al final y paseo guiado con rumbo, pero cuyo objetivo es desorientar un poco al que lo emprenda. Les quiero hablar de bares sin nombre, invitarles a jugar a ser botánicas en este bosque de categorías y experiencias que es la ciudad. Por tanto, aviso a navegantes: este paseo no es una visita turística. Se va a dejar muchos lugares históricos al margen y vamos a rehuir lo bonito, lo que está de moda, lo hecho para sorprendernos. Si quieren dejar de leer o no dar un paso más, no seré yo quien les juzgue.

Vamos a comenzar este paseo con el que espero aprendamos a volver los ojos hacia los lados, hacia arriba, a mirar y a escuchar qué nos cuenta la ciudad, de qué se duele, cuáles son sus heridas y sus parches. ¡No sigan las indicaciones, peguen sus narices a los cristales de cada escaparate, pisen fuerte el adoquín, pero no desfallezcan, que el camino, la Ítaca tabernaria, nos llama!

UN INICIO CUALQUIERA: LA PUERTA DEL CÍRCULO DE BELLAS ARTES
Comencemos el paseo a contrapelo, dándole la espalda a las orgullosas Alcalá y Gran Vía en dirección a la calle de los Madrazo. La primera pregunta obvia que hacer conforme echamos a andar es una que parece fácil. ¿Qué es un bar? Puede ser muchas cosas, desde una seca definición legal a una tautología del tipo un bar es un bar (es un bar es un bar…). Podemos igualmente decir que un bar es un espacio de encuentro que nos acompaña en la rutina, un medio de comunicación, acompañamiento de las solas, urinario semipúblico, picadero con signo neutral, tercer lugar entre la casa y el trabajo que diría Ray Oldenburg… Podemos recuperar una definición de bar que publicó la revista Cortijos y Rascacielos en 1931, como concepto novedoso y cuasi vanguardista:

 

B · A · R

Bar: palabra moderna, que quiere decir cock-tail.

Cock-tail: palabra moderna, que quiere decir bar.

El barman y la «cotelera»

Malabarismos de esencias más o menos alcohólicas:

gama de «marcas»; movimiento rápido.

Desfile de tipos. Alegría de tópicos. Luminosidad

internacional. Esperanto hecho forma.

Sencillez de líneas: bruñido.

Agilidad de atrezzo.

Notas de blanco, dentro, con melodías de negros,

fuera.

Un cartelito: «Guerra al spleen». «Paz a la borrachera».

Yo suelo decir que un bar es un dispositivo cultural, ahí, a medio camino entre el Foucault carcelario y el Williams ordinario. Pero no adelantemos cosas y asomemos las cabezas a los cristales de Casa Suecia, primera esquina que torcemos. ¿Es esto un bar? Puede generarse polémica entre los paseantes, así que miremos más allá, donde está el café Madrazo, que creará menos debate.

Lo primero, si este paseo se aborda un sábado por la tarde, el café estará cerrado como buen local ligado a las rutinas de trabajadoras de la zona (por ejemplo, las del Círculo). Los bares, podemos decir, nos acompañan en el día a día, en las rutinas productivas y reproductivas de nuestras calles. Si está cerrado, no importa: imaginemos un bar de barrio, uno de esos bares-cafetería de batalla y rutina. Crecen taburetes y mesas del suelo, una línea de barra se eleva y corta tanto simbólica como materialmente el espacio, separando trabajo de ocio. Botellas, tazas, olores y sonidos se entremezclan y agolpan bajo una panóptica televisión que, aunque con el volumen inaudible, acompaña con alguna tertuliana de las mañanas. Un bar huele a pausa, a principio o a final de algo.

El Decreto 184/1998 de la Comunidad de Madrid define los bares como «Establecimientos, fijos o desmontables de pública concurrencia, cerrados, cubiertos, semicubiertos o descubiertos donde se sirve al público de manera profesional y permanente, mediante precio, principalmente en la barra o en el mostrador, aunque también puede servirse en mesas, bebidas. Se permite servir tapas, bocadillos, raciones y similares, siempre que su consumo se realice en las mismas condiciones que el de las bebidas y no implique actividad de restauración». ¡Ni Cortázar enseñándonos a usar una escalera! Podría ser una categoría de categorías. En Madrid, de hecho, hay casi veinte licencias diferentes que podrían definir algo parecido a lo que es un bar: bar con cocina, bar sin cocina, cafetería, bar restaurante, bar especial… Les propongo un juego: mientras dan el paseo, apunten todos los nombres diferentes que reciben los establecimientos por los que pasamos: tasca, café, taberna, casa… a ver qué enciclopedia logramos.

Aquí, para no confundir, prefiero llamarlos en general espacios comerciales del comer y beber en compañía. Comerciales, porque una comida en casa no hace bar. En compañía, porque aún en soledad nos acompañará con mayor o menor distancia la camarera o el camarero que trabaje en el establecimiento. Pero sigamos adelante, que el día es corto y largo es el camino, seguido o evocado.

 

DE TRASERA EN TRASERA
Pasamos por Jovellanos y Zorrilla hasta que esta última muere en la Carrera de San Jerónimo, de las bambalinas del Círculo de Bellas Artes a las del Congreso de los Diputados. El Edelweiss, que dejamos a un lado, forma parte de todo el bioma tabernario de diputados y legisladoras de la capital, uno de tantos donde, como cuenta Galdós en La Fontana de Oro, se han urdido y desmontado conspiraciones, golpes, asonadas y revoluciones. Porque lo tabernario, en un país con fama de magra sociedad civil, ya que el asociacionismo fue una y otra vez perseguido por regímenes y tiranos, ha sido también sede de la deliberación y la política, más en algún que otro momento que los propios ministerios. Al final, la democracia es una mesa: la raíz de compartir, comensal, comer, común y comunidad nos lo recuerda con cierta sorna. Grandes eventos políticos ocurrieron en tascas de renombre: la fundación del PSOE en la capital, en Casa Labra, por ejemplo. Y también aparecen siempre en las peores y más depravadas teorías de la conspiración: el bar España, el Pub Arny… ¡La decadencia, la depravación, la quincalla y el maleantismo! ¡Homosexuales y mujeres libres, negros, gitanos y desocupados! Los bares eran (son, a veces aún) también sitios para esconderse de la vigilancia del Estado, de la policía y de las gentes de bien, refugios emocionales ante el higienismo biempensante.

En esa tensión entre un bar ordinario que se adapta a los horarios y otro que sirve para conspiraciones de ministros, románticos y lo más exquisito de los lúmpenes capitalinos asoma un juego clave entre lo visible y lo invisible, entre lo transparente y lo opaco. Lo vemos en los establecimientos que vamos dejando atrás, que en parte se muestran y en parte se esconden al extraño. En este diálogo entre comercio y calle, podemos decir que a veces el negocio privatiza la calle, como ocurre con las terrazas, y a veces la calle irrumpe en el comercio, ampliando nuestra esfera de actuación con una mirada que invade los recovecos interiores. Por esto último les recuerdo de nuevo que es recomendable asomarse siempre a todos los escaparates, como niños pequeños en una mala adaptación de Dickens. Aquí juegan de nuevo las categorías: la taberna es el paradigma de lo oculto, junto al pub anglosajón (que no obstante deriva su nombre de ser la public house del pueblo). La cafetería, de origen estético futurista, hecha de cristal y acero, es la representación de la transparencia y de la velocidad.

ENTRANDO EN LA MADRID QUE QUIERE SER VISTA
Conforme salimos a la Carrera de San Jerónimo, se puede ver como apoteosis de la transparencia un egregio edificio de cristal con un restaurante en su planta baja, donde la ilusión de visibilidad es tal que se vuelve completamente opaca. Asómense al interior; podrán comprobar lo que estos pulidísimos cristales ocultan al común de los mortales. Al fondo, mirando hacia el oeste, asoma ya la Casa de Allende: una horterísima joyita del eclecticismo madrileño con el único mirador de estilo cántabro de la capital y remates de Zuloaga. Estamos ya en esa Madrid pizpireta del xix que se hace para ser vista a la moda europea, con vestigios como la turronería Casa Mira, prima hermana de nuestros protagonistas junto a otros negocios ya desaparecidos como las alojerías, las buñolerías y los grands cafés, o algunos de los maravillosos escaparates propios de la primera mitad del siglo xx, donde la prioridad aún era enseñar el producto y no los interiores. Al llegar a esa placita pequeña pero con monumentalidad, la Plaza de Canalejas, pararemos en el restaurante El Príncipe, que con su porte nos va a servir para hablar de la aparición de estos extraños artefactos burgueses.

¿Qué nos dice el restaurante? Es un espacio del comer y beber en compañía característico del siglo xix que nos trae muchas novedades. Nos trae confort, de ese del que nos dice Richard Sennett en Carne y piedra que es una de las mayores invenciones de la burguesía: comodidad y permanencia, capacidad de pasar un tiempo en el lugar. Nos trae también el ideal del valor de elección a través de un artefacto clave, el menú, que revoluciona lo que ocurre con la fonda y la tasca tradicionales, donde se servía à la lentejas (que o las tomas, o las dejas). Nos trae la estética aplicada a la vida cotidiana: la necesidad de ver y ser vistas, como en las terrazas parisinas que directamente tienen las sillas orientadas hacia las y los viandantes. Y lo más importante: nos trae el higienismo y, con él, la condena de la taberna clásica. Porque hay una historia de lo tabernario que es la de su persecución: constantes intentos por acabar con lo supuestamente vulgar del comer en común e higienizar los espacios de «malas compañías», prácticas y cuerpos considerados sucios o contaminantes para el «buen ciudadano».

Esta parada, aparte de todo esto, nos trae algo un poco más curioso: El Príncipe no es un restaurante, ¡es una parrilla argentina! Pero antes de que las indignaciones patrimonialistas les posean, no se preocupen tanto, ya que esto originalmente no era un restaurante, sino una joyería. Otro aviso a navegantes: ¡en la ciudad de las apariencias, la del pastiche, el espectáculo y el venderse rápido con aires antiguos, esencia y apariencia se enredan mucho! Continuemos el paseo imaginando el pasado, real o no, que deseemos: el de la joyería que fue, el del restaurante burgués que nunca existió, o el de ficticios argentinos orillando en una Madrid inventada en 1878 a traer carne a la brasa.

EL PASTICHE DE LO CASTIZO
Bajando por calle de la Cruz, encontramos en varios negocios innumerables repeticiones de una misma idea: lo castizo, lo original, lo genuino. Los montajes parecen querer convencer al ojo lego, al turista, de que provienen de otro tiempo, recuperando texturas como la madera, el mármol negro Marquina, la rotulación clásica de los precios… Pero algo chirría. Los rotulistas, por ejemplo, personajes miserables que poblaban las novelas pícaras y sicalípticas del fin de siècle madrileño, ahora son nombrados en ausencia artistas del márquetin y la publicidad. De nuevo nos topamos con la complejidad de la estetización: algo que antes era útil, pero obra de artesanos anónimos y precarios, se vuelve estética de lo castizo, esa rancia palabra, y de sus intereses. Porque, claro, si queremos una rotulación contemporánea que llame la atención y cumpla su cometido, podemos darnos la vuelta y apreciarla en todo su esplendor en uno de los vistosos establecimientos de comida étnica que se turnan con estas tascas neocastizas. Quizá esta máquina que todo lo devora que es el capitalismo acabe transformando también los publicitarios de nuestros queridos kebabs en obras de arte retro en unas décadas.

LA BOHEMIA Y SUS ANTINOMIAS
Nos vamos acercando a uno de esos sitios que perviven más por el nombre que por su realidad material: el callejón del Gato, de cuyos espejos decía Valle Inclán, hombre de las tabernas, que salía el esperpento. Lo decía el autor gallego en boca de su Max Estrella:

Los héroes clásicos han ido a pasearse en el callejón del Gato.

Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el

Esperpento. El sentido trágico de la vida española solo puede

darse con una estética sistemáticamente deformada.

España es una deformación grotesca de la civilización europea.

Las imágenes más bellas en un espejo cóncavo son absurdas.

La deformación deja de serlo cuando está sujeta a una

matemática perfecta. Mi estética actual es transformar con

matemática de espejo cóncavo las normas clásicas.

Latino, deformemos la expresión en el mismo espejo que nos

deforma las caras y toda la vida miserable de España.

El Café de la Cruz, el Diamante, La Revuelta, Villa Rosa, Las Bravas… todos estos bares, que diríamos hoy, se agolpaban a finales del xix en esta estrecha calle. Tengo que reconocer que una de las primeras cosas que hice en Madrid al llegar fue buscar los espejos del callejón del Gato, y la imagen me dejó más frío que unas bravas abandonadas a la intemperie. ¿Dónde se sentaría hoy Valle Inclán si levantara la cabeza?, me pregunto ahora. ¿Dónde están los espejos que nos permiten ver el esperpento de una sociedad como la madrileña? Desde luego, no en el cristalino hotel al que antes nos asomábamos, ni en el pastiche wannabe de los castizos y sus casas. Quizá se sentaría en una esquina de la plaza de Jacinto Benavente, que atravesamos de cabo a rabo en dirección a la calle Imperial. Porque, aunque parezca una plaza fea, está viva como pocas del centro, y la habitan gentes por las que Ramón María podría haber profesado ciertas simpatías.

 

BORDEANDO LA PLAZA MAYOR: MUJERES Y CALAMARES
La cotidianeidad tabernaria ha sido, lo estamos viendo, refugio de lo común, archivo de memoria local, pero también un espacio de conflictos, de amortiguaciones de estos e incluso, alguna que otra vez, de resoluciones de los mismos. ¿De todos? Claramente no, ya que ha acompañado a las sociedades en sus cambios históricos. Los bares, en otro tiempo, eran los lugares homosociales masculinos por excelencia. ¡Solo hombres! Al menos, en la clientela: no nos olvidemos de las taberneras, presentes en la historia desde los tiempos de Gilgamesh. No hay que irse tan lejos, no se  preocupen: aquí una cita de La Colmena, de Cela, para leer mientras rodean la plaza Mayor, describiendo a toda una mujer-taberna que nada tiene que envidiar a las mujeres-casa de Louise Bourgeois:

Doña Rosa va y viene por entre las mesas del Café, tropezando a los clientes con su tremendo trasero. Doña Rosa dice con frecuencia «leñe» y «nos ha merengao». Para doña Rosa, el mundo es su Café, y alrededor de su Café, todo lo demás. Hay quien dice que a doña Rosa le brillan los ojillos cuando viene la primavera y las muchachas empiezan a andar de manga corta. Yo creo que todo eso son habladurías: doña Rosa no hubiera soltado jamás un buen amadeo de plata por nada de este mundo. Ni con primavera ni sin ella. A doña Rosa lo que le gusta es arrastrar sus arrobas, sin más ni más, por entre las mesas. Fuma tabaco de noventa, cuando está a solas, y bebe ojén, buenas copas de ojén, desde que se levanta hasta que se acuesta. Después tose y sonríe. Cuando está de buenas, se sienta en la cocina, en una banqueta baja, y lee novelas y folletines, cuanto más sangrientos, mejor: todo alimenta. Entonces le gasta bromas a la gente y les cuenta el crimen de la calle de Bordadores o el del expreso de Andalucía.

Junto a un cambio tan necesario como este, estamos poco a poco viviendo otros que se producen en los espacios del comer y beber en compañía, en sus prácticas tabernarias y sus cotidianidades. De una parte, una buena y necesaria hibridación cultural que entreteje tradiciones con nuevas procedencias, orígenes y sabores. De otra, poco a poco desaparecen el botijo, la caña, la deriva de bar en bar y las sobremesas; dando lugar a reservas, tiempos máximos de consumición y hasta, en otras latitudes todavía, la prohibición de sentarse a comer en un bar en soledad, por estar ocupando un sitio donde podrían gastar cuatro. Sirva de ejemplo, mientras bajamos calle Imperial en dirección a La Latina, un clásico en la gastronomía madrileña, el bocata de calamares, que nace de las desaparecidas casas de comidas, hermanas populares de los burguesísimos restaurantes regentadas normalmente por migrantes andaluzas, gallegas o asturianas que trajeron sabores marinos como este a la capital. Luego se convertirá, sobre todo a partir de los sesenta, en patrimonio de la ciudad con El Brillante o el entorno de la plaza Mayor. Y ahora… pasando junto a las colas eternas de los takeaway de calamares del Madrid Imperial, lo vemos como un souvenir más de este turismo de la experiencia que nos atenaza y nos aliena de lo propio.

 

EL SÉPTIMO CÍRCULO: TABERNA-MUSEO
Llegamos a uno de los hitos de la hostelería capitalina, epítome de tradición y patrimonio y lo más turístico que vamos a ver en este paseo. El restaurante Sobrinos de Botín, en calle Cuchilleros, colecciona récords y reconocimientos: ostenta el récord Guinness de restaurante más antiguo (abierto en 1725), ocupa el número 3 en los «imprescindibles» de Forbes… un pequeño secreto que no lo es tanto: en realidad, este restaurante abrió sobre los años sesenta del siglo xix, lo cual ya es tiempo, pero ha ganado a otros competidores en la insaciable búsqueda arqueológica de una mínima referencia a su senectud.

Quería hacer esta parada para volver a esa idea que sacamos en el Edelweiss de los bares como espacios de conspiración. El filósofo Jürgen Habermas, en Historia y crítica de la opinión pública, cuenta cómo las coffee houses fueron la infraestructura tabernaria para la configuración de la esfera pública burguesa. E. P. Thompson, el historiador de la Escuela de Birmingham, aducía que la conciencia de la clase trabajadora no nació en las fábricas, sino en las tabernas. Los espacios del comer y el beber en compañía han sido históricamente sedes de la deliberación, de la conciencia, refugios emocionales de unas u otras estructuras del sentir. También espacios de aparición, siguiendo a Hannah Arendt, para grupos y colectivos subalternos, desde las primeras mujeres que desafiaron el tabú al colectivo LGTBIQ+. Esto es clave: si se te ve, existes, lo decía Shangay Lily al describir el movimiento LGTBIQ+ como una transición «del retrete al escaparate».

Ahora estamos ante lo que ocurre cuando esos espacios, lejos de sobrevivir, quedan embalsamados, convertidos en museos añorantes para gente que quiere imaginarse en otro tiempo y lugar. Mi pregunta, ante la taberna-patrimonio por antonomasia, es: ¿cuáles son nuestras esferas públicas tabernarias hoy? ¿Dónde las tenemos? ¿Quién nos las reclama? Ante varias preguntas para las cuales no tengo respuesta, continuamos el camino ya con sabor a vuelta.

 

BENJAMIN EN LA LATINA
Vamos entrando en otro bioma, pasando del patrimonio al patrón, a la repetición. Entramos en la zona de influencia de la Latina, donde ya no es tan importante ser genuino como ser elegible entre muchos otros. Quiero aprovechar un ambiente algo más festivo para recuperar a Walter Benjamin, filósofo, paseante, pensador desde calles y galerías, y un trabajo suyo, La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. En ella, el alemán nos habló de cómo las obras de arte, al poder reproducirse técnicamente –en grabados, fotografías, cine– pierden lo que él llamaba su «aura», esa singularidad irrepetible. Algo parecido pasa aquí: cada bar franquiciado es idéntico a otro, intercambiable. No hay aura, no hay singularidad, vuelve el spleen de Madrid… o eso parece. Porque cuidado: ¿quién se sienta en estas terrazas idénticas? ¿qué hace posible que estén llenas a cualquier hora? Aquí el bar no es tanto un templo, un museo, como un lugar de paso, un espacio con barrera de entrada baja, una democratización de esa mesa democrática que decíamos.

Esto, amigas y amigos paseantes, es lo popular, la democratización del consumo en todo su esplendor y el feísmo que lo acompaña… Por eso me pelearé con algunas (y remarco algunas) críticas al franquiciado que parecieran molestarse más porque haya mucha gente que porque el modelo de negocio sea profundamente extractivo, fabril y explotador.

Si en lugar de apuntar solo a la cara accesible de la franquicia nos dirigimos a su forma productiva, se nos abre otro debate bien distinto y más productivo, ya que surgen otras críticas mucho más interesantes, como la que plantea Rancière con la paradoja estética del arte político. Lo que garantiza la accesibilidad y la democracia es la replicabilidad exacta de prácticas y sabores, la reproducibilidad del método científico que destruye lo artesano y la receta. El saber hacer se aliena por completo, y la transmisión de lo culinario desaparece.

 

EMPRENDIENDO LA VUELTA
Vadeando el Millán, donde lenguas expertas cuentan que Maruja Mallo ganó un concurso de blasfemias a Rafael Alberti, emprendemos el viaje de vuelta por calle Duque de Alba. Ahora que nos queda un pequeño trazo algo más largo de camino, quiero lanzar varias preguntas para que vayan pensando conforme caminan. La primera: ¿Qué bar sería nuestro bar ideal? ¿Qué estructura tendría? ¿Sería luminoso, transparente, opaco? ¿Nos daría intimidad, publicidad, encuentro, pose? ¿Qué comidas se servirían? Y muy importante, ¿qué estética tendría, qué atmósfera se respira en él? ¿Quién tendría derecho a aparecer en él? ¿De qué se hablaría?

Así como sugerencia les dejo la poco apetecible descripción que hace Insúa de un bar de Madrid, el Pagoda, en un cuento de 1910:

¿Usted conoce aquello? ¿No? Vamos, ya… Usted solo concurre a las cervecerías de buen tono. Usted no conoce esos bars que nacen, viven lánguida y vergonzosamente, y mueren en un invierno. Tienen el encanto de las cosas rápidas, y se diría que en su atmósfera, casi irrespirable, flotan almas de golfos, de hampones de la literatura y de muchachas cloro-anémicas y prostituidas. Ahora bien: lo que positivamente flota es miseria: humo de tabaco, vaho de cuerpos deseados, pestilencia de alcohol. En estos lugares siniestros sirven la cerveza con agua, la leche es un líquido blancuzco, el café puede usted figurárselo si tiene presente que el de la Puerta del Sol y sus alrededores es intragable.

La segunda: si de ese bar naciese un barrio, si ese pequeño o gran espacio del comer y el beber en compañía secretase su propio espacio, como decía Henri Lefebvre, ¿qué elementos brotarían de él? ¿Quiénes habitarían sus calles? ¿Quiénes no se sentirían a gusto? Dicho de otro modo: ¿qué atmósferas irrespirables podrían emanar de nuestro lugar especial? Les copio ahora la descripción de otro bar, en este caso una taberna, compuesta por Alfonso Sastre para su pieza teatral La taberna fantástica, de 1966:

Encima del dintel, un gato de escayola, erizado. Es una taberna vieja. Detrás del mostrador tres pellejos de vino. Radio. Teléfono. El decorado es complejo: comprende el interior de la taberna, la explanada exterior no urbanizada y el arranque de un vertedero de basura. Fondo de rascacielos y chabolas. Cae un sol de justicia.

Cuando emprendo este paseo, un sábado de mediados de septiembre de 2025, Madrid se abre en canal por decenas de obras y reformas: vemos las tripas, los restos, pero también las tabulas rasas que pretenden dar forma todo el tiempo a eso que llamamos lo urbano: la monumentalidad del peatón-turista, el consumo estetizado… Alguien se atreve a describirme la plaza de Tirso de Molina en dos palabras: flores y marihuana. Es una de esas plazas que nos regaló la desamortización de Mendizábal, solar de un convento que comenzó a llamarse plaza del Progreso antes de tener este, sede histórica de la CNT, de mercadillos anarquistas y comunistas, de panfleteros militantes, de encuentros migrantes… foco de otra Chueca que pudo llegar a ser, ya que en torno a ella se reunían colectivos LGTBIQ+ de los años noventa como la Radical Gai o Lesbianas Sin Duda. La monumentalidad y la patrimonialización artificiosa van llegando lentamente a esta plaza, frontera natural del barrio de Lavapiés que va bajando por estas calles y merecería paseo aparte. Aprovecho para lanzar una pregunta más: esos bares, esos barrios que salían de los bares que imaginábamos, ¿hacia dónde nos orientan? ¿Qué cosas nos permiten hacer? ¿Qué cosas no? Y con «cosas» me refiero a una dimensión muy espacial, ¡casi arquitectónica!

DE CIERRES Y NOSTALGIAS
Vamos acercándonos al final, cortando de Magdalena a Atocha hacia uno de los primeros templos del jazz en directo de la ciudad, el Café Central, en plaza del Ángel, que cierra sus puertas al negarse los dueños del local a renovarles el alquiler. Me ponía yo a pensar en este sitio, que abría sus puertas en 1982, diez años antes de que yo naciera. Y pensaba en mi ciudad natal, Málaga, en los poquísimos sitios que conocía que quedan abiertos, en lo desorientado que me siento cuando vuelvo y paseo por sus calles de parque temático y crucero exprés. Pienso en cómo se nos vuelven
irreconocibles nuestras calles, pienso en la desorientación y en sus complejidades. Pienso también en lo necesario que es el cambio, en que no metamos todo lo que amábamos en formol para convertirlo en un museo gastronómico de chichinabo… Pienso en que, si la ciudad es como un bosque, algo vivo, hay que habitarla y desbrozarla para que no se acumule la maleza.

Pienso, sobre todo, en la nostalgia, que puede ser tanto motor de acción como podredumbre del corazón. Pienso, y me pregunto con curiosidad, por qué me dio tanta pena que cerrara este bar si nunca he puesto un pie en él. Si la única vez que tomé algo en esta plaza fue con mi padre, y nos clavaron sesenta euros por dos rondas de gin-tonics. Esto me lleva a una última batería de preguntas: ¿cómo se haría posible esta visión imaginaria? ¿Qué elementos tenemos en nuestra mano? ¿Qué condiciones sociales, culturales, económicas y materiales aparecen como una barrera entre nosotras y nuestro habitar ideal de lo urbano? ¿Quiénes nos dicen que no hay alternativas?

CODA
Madrid, como decía, se nos abre en canal todo el tiempo. Acabamos el paseo en Santa Ana, donde cohabitan las primeras cervecerías que llegaron a la ciudad, entorno de pila de estaño, bohemia y cerveza, con la saturación inhóspita de las terrazas que nos quitan paso a paso cada vez más metros cuadrados de espacio público. Y no es que yo no sea habitante terracil, lo debo confesar, pero sí que es cierto que imponen una lógica centrípeta, hacia adentro, de la sociabilidad tabernaria, privatizándola al más puro estilo del restaurant burgués: el camarero deviene siervo y la mesa salón de la casa noble.

En el Mayo del 68, uno de esos lugares comunes de la historia de las revoluciones urbanas románticas, se cantaba aquello de que bajo los adoquines encontraríamos la playa. Nuestras playas, nuestros espejos deformes, nuestros bares… ¿Dónde están? ¿Qué hay bajo las terrazas de Santa Ana? ¿Una lucha agónica por el espacio público? ¿Una plaza perfectamente diseñada? ¿Un museo de las terrazas, las cervecerías y los paseos filosóficos? Quedan mil y un detalles que señalar, pero va siendo hora de cerrar en falso este paseo por Madrid, y podemos hacerlo junto a la estatua de Federico García Lorca, para decir junto a él que, donde dijo Raymond Williams que la cultura es algo ordinario, yo digo que la taberna es algo ordinario. O bueno, que la cultura es algo tabernario. Lo ordinario tiene una triple acepción: lo cotidiano, lo vulgar y lo que ordena, lo que nos ordena. Por eso se ha rechazado tantísimo a lo largo del tiempo y por eso yo lo reivindico como la única manera de imaginar futuros posibles para nuestras ciudades y, cómo no, para nuestros bares.

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