“ESCRIBIR ES REPARAR” UN ENCUENTRO CON TATIANA TÎBULEAC
La escritora moldava Tatiana Tîbuleac es una de las voces más conmovedoras de la literatura europea contemporánea. Autora de novelas como El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes y El jardín de vidrio, publicadas en castellano por Impedimenta, ha emocionado a miles de lectores con una prosa lírica y desgarradora que indaga en las heridas del pasado, los vínculos familiares y la identidad marcada por las tensiones históricas y culturales. La periodista y escritora Silvia Nanclares charló con ella tras asistir a la conversación que Tîbuleac mantuvo con la poeta Elena Medel para celebrar, junto a una legión de lectores devotos, la edición conmemorativa de su primera novela, que va ya por la 21ª edición. «Aquella mañana en la que la odiaba más que nunca, mi madre cumplió treinta y nueve años. Era bajita y gorda, tonta y fea. Era la madre más inútil que haya existido jamás». Imposible olvidar el impacto causado por el comienzo de la primera novela de Tatiana Tîbuleac [El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes], una autora moldava desconocida en aquel 2019 en que la editorial Impedimenta la editó en castellano bajo la impecable mano traductora de Marian Ochoa…
La escritora moldava Tatiana Tîbuleac es una de las voces más conmovedoras de la literatura europea contemporánea. Autora de novelas como El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes y El jardín de vidrio, publicadas en castellano por Impedimenta, ha emocionado a miles de lectores con una prosa lírica y desgarradora que indaga en las heridas del pasado, los vínculos familiares y la identidad marcada por las tensiones históricas y culturales. La periodista y escritora Silvia Nanclares charló con ella tras asistir a la conversación que Tîbuleac mantuvo con la poeta Elena Medel para celebrar, junto a una legión de lectores devotos, la edición conmemorativa de su primera novela, que va ya por la 21ª edición.
«Aquella mañana en la que la odiaba más que nunca, mi madre cumplió treinta y nueve años. Era bajita y gorda, tonta y fea. Era la madre más inútil que haya existido jamás». Imposible olvidar el impacto causado por el comienzo de la primera novela de Tatiana Tîbuleac [El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes], una autora moldava desconocida en aquel 2019 en que la editorial Impedimenta la editó en castellano bajo la impecable mano traductora de Marian Ochoa de Eribe (Premio Nacional de Traducción 2025 por Theodoros, de Mircea Cartarescu). Tras más de veinte reimpresiones, Impedimenta lanza ahora una edición conmemorativa que, además de pasta dura y una cuidada cubierta, contiene un sugerente prefacio de la autora, que arranca con toda una declaración de intenciones: «Siempre supe que iba a escribir».
Hija de un periodista y una correctora contrarios al régimen soviético, Tatiana Tîbuleac nació en 1978 en Chisinau, Moldavia, país clave hoy día dentro de la reconfiguración de la identidad europea, situado entre el Este y el Oeste, entre la memoria del pasado soviético y el proceso de adhesión a la Unión Europea. Ella misma creció y estudió entre dos regímenes políticos y dos alfabetos (el moldavo, escrito en cirílico, volvió a llamarse rumano y a escribirse en alfabeto latino tras la Perestroika). Con una trayectoria consolidada como periodista de investigación –«en Moldavia soy algo así como famosa», reconoce–, en 2010 migró a Francia, donde al tener hijos tuvo que reinventarse a la luz de su nueva identidad como madre migrante. En sus novelas, como en su vida, la identidad no es una raíz permanente, sino un diálogo entre desplazamientos y lenguas: «En mi casa hay una balda para los libros que solo puede leer mamá, aquellos que están escritos en rumano», confiesa. Así, instalada en Francia y con la distancia necesaria de la sociedad y la cultura de su país, sin ninguna pretensión de publicar y removida por lo que su reciente maternidad le había enseñado acerca de las relaciones materno y paterno filiales, escribió enfebrecida aquel comienzo inolvidable: «Aquella mañana en la que la odiaba más que nunca, mi madre cumplió treinta y nueve años. Era bajita y gorda, tonta y fea. Era la madre más inútil que haya existido jamás». Con él desencadenaría un fervor lector que iba a cruzar fronteras y generaciones: «Imagino que es porque todo el mundo tiene una madre y vínculos familiares», comenta modestamente, cuando se le pregunta por la desbordante acogida de su debut. Una historia en la que Aleksy, adolescente polaco que vive en Londres, pasa un último verano con su madre viajando por la vieja Europa. Una madre a la que rechaza y odia. El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes se convirtió en uno de los fenómenos literarios recientes a escala europea. Su segunda novela, El jardín de vidrio (2021), también editada en castellano por Impedimenta y traducida por Ochoa de Eribe, además de los vínculos familiares, aborda la violencia y el desconcierto social moldavo tras la caída de la URSS. Con ella volvió a emocionar a miles de lectores, con su prosa lírica y desgarradora que indaga en las heridas de un pasado marcado por las tensiones históricas y culturales, sellos ya reconocibles de su obra. Pero aunque hablen de dolor, muchos lectores han encontrado una suerte de consuelo en sus libros, ya que sus historias dejan siempre un lugar para la esperanza, entretejida entre sus también reconocibles duras tramas.
Unos cuantos de esos lectores y lectoras devotos abarrotaron la Sala Ramón Gómez de la Serna el pasado 23 de octubre para encontrarse con ella, celebrar esta nueva edición de su primera novela y disfrutar de la charla «Vínculos, memoria e identidad», acto con el que el Círculo, como Casa Europa, insiste en su vocación por abrir espacios de encuentro con las voces más relevantes de la cultura europea contemporánea. El diálogo, por cierto, está ya disponible en la mediateca del Círculo para su disfrute. La media de edad del público asistente –no pasaba de los treinta– sorprende hasta a la propia autora. Mucha gente se queda en las escaleras del edificio haciendo cola por si acaso, tras el personal de seguridad, al más puro concierto de una rockstar literaria. «Solo tengo suposiciones, la mejor forma de saberlo sería preguntárselo a los propios lectores. Como escritora, me siento muy agradecida por la acogida del libro», responde Tîbuleac, sonriendo al preguntarle por su éxito, durante la breve entrevista que pudimos hacerle al día siguiente de su encuentro público. «Quizá sea porque los españoles y los moldavos somos parecidos: en la manera de sentir, de vivir. Y porque es una historia universal: una madre, un hijo, el amor y el perdón. Por eso conecta tan rápido con otras culturas. El verano es uno de esos libros que no necesitan demasiado al autor para ser entendidos. Y sí, me sigue asombrando ver cuántas mujeres y jóvenes lo leen con tanta pasión». Tatiana Tîbuleac achaca también su éxito en castellano al trabajo «incansable» de Impedimenta y, sobre todo, «al de mi querida traductora», ha dicho, aún incrédula ante tanta cercanía. «Esto solo me pasa en América Latina y España». ¿Quizá exista una suerte de match entre el alma latina-mediterránea y el alma eslava? Ella insiste en esa similitud a la hora de afrontar la vida «intensamente». Tal vez, países como los nuestros –con democracias recientes, cambios muy profundos y rápidos, o economías cíclicamente en crisis– nos reconozcamos en nuestros relatos. El hecho es que en sus novelas hay una fricción violenta, lírica y tierna entre lo universal y lo doméstico, además de una necesidad muy reconocible de revisitar un pasado doloroso para reconstruirlo con una rota belleza.
En un momento en que Europa se pregunta también por la posibilidad –angustiosa– de repetir su propio pasado, y se interroga de nuevo por su identidad y su relevancia histórica, la obra de Tatiana Tîbuleac, una de las más luminosas del Este europeo, nos recuerda que la palabra literaria puede abrir ese espacio de reflexión urgente ante las amenazas de este acelerado momento histórico. En ese territorio movedizo entre la evocación y la reconstrucción, es desde donde la escritora moldava ha levantado una de las voces más singulares y reconocibles de la literatura europea.

UN ARRANQUE ENDIABLADO
«Aquella mañana en la que la odiaba más que nunca, mi madre cumplió treinta y nueve años. Era bajita y gorda, tonta y fea. Era la madre más inútil que haya existido jamás». Imposible olvidar el impacto de aquel comienzo, ¿verdad? Así arranca también su introducción la poeta y editora Elena Medel, quien, acompañada por la traductora Elena Borrás, dinamizó la conversación y quien tampoco puede dejar de preguntar por ese arranque endiablado, rabioso. «Sé que este comienzo resulta muy chocante. Ninguna madre quiere que sus hijos piensen así sobre ellas, aunque también creo que todos los hijos han pensado eso de sus madres al menos una vez en su vida. Pero pienso que hablar o escribir sobre esto posibilita empezar una conversación sobre temas de los que no se habla muchas veces, sobre todo en familias disfuncionales», se justifica la autora cuando se le pregunta por la voz de Aleksy, el protagonista, y lo que tal vez pueda representar. Fue su propia conmoción ante la existencia de la maternidad lo que la llevó a sumirse en el proceso de escritura: «Fue un momento de comprensión: ver en mí los gestos que no soportaba en mis padres. Escribir fue mi forma de aceptar eso». La libertad con la que escribió aquel comienzo –reconoce que hoy, ya como escritora consagrada, no sería capaz de escribir desde ese mismo lugar desprejuiciado– dio lugar a El verano –la autora se referirá así al libro, por su título en castellano, durante toda la charla–, una novela de la que se declara ella misma seguidora, de tal modo ha superado sus expectativas y de tal modo le sorprenden diariamente las impresiones e interpretaciones que recibe de los diversos lectores. «Lo escribí para mi hijo porque, cuando me convertí en madre, el concepto de maternidad me golpeó de tal forma que pensaba que no iba a ser capaz de ser una buena madre, pero también lo escribí para mi padre, para decirle ciertas cosas que no pude decirle de otra forma. Me ayudó a hacer las paces con mi padre y a dejar huella en mi hijo». Reconoce que muchísimas personas se acercan constantemente desde su publicación, hace ya una década, para contarle sus historias de reconciliación o reparación con sus propios padres y madres: «Hay algo misterioso. Hay libros que siguen respirando sin ti, y este es uno de ellos».
Fue el crítico cultural Andreas Huyssen quien predijo, a principios de siglo, que la memoria sería una de las claves para entender nuestra contemporaneidad. La memoria, el trauma y los vínculos se han convertido en temas centrales para pensar y entender nuestro presente y, sobre todo, la producción cultural en lo que llevamos de milenio. Obras como las de Tatiana Tîbuleac lo corroboran: «La memoria es un tema que me interesa cada vez más y al que vuelvo recurrentemente. Me interesa volver al pasado para poder repararlo, porque la memoria es una especie de medicamento, una habitación donde hacer las paces, pero, sobre todo, es un lugar para hacer justicia», explica al ser preguntada por la génesis de su segunda novela, El jardín de vidrio, donde realizó –ya con una conciencia de estar desarrollando una novela, con un cierto conocimiento del oficio y, sobre todo, con una responsabilidad del impacto que podría causar la que sería su segunda novela– una reconstrucción del pasado reciente de Moldavia bajo el régimen soviético encarnado en el correlato de su protagonista, Lastochka, una huérfana acogida por una vieja matriarca que la explota laboralmente y le da a la vez un hogar, escenificando así, agria y bellamente, el tópico de la ambivalencia materna a través de un estilo arrollador. La cuestión de la maternidad atraviesa toda su obra, como tema y espejo, abordando el trauma y la ternura desde una poética de la fisura: madres y huérfanos que riman con países en ruinas, vínculos conflictuados y lenguas heridas, y que contribuyen a ampliar el imaginario de lo maternal sin caer en la idealización.
LA HERIDA Y LA PALABRA
La obra de Tatiana Tîbuleac se fundamenta en la herida y la palabra, en la hipótesis de que la lengua, las lenguas, pueden cauterizar las heridas sociales e históricas. O al menos airearlas. La conversación con Medel giró en torno a los principales pilares de la narrativa de Tîbuleac: las tensiones entre los universos íntimos y simbólicos, la maternidad como incidente desencadenante y/o pretexto de tramas de alto significado cultural, la lengua y su creación en torno a conflictivas pero fértiles fronteras. El público preguntó al final con fruición y la charla terminó con otra interminable fila para capturar su firma en los gastados y los nuevos ejemplares.
En nuestra conversación posterior fue inevitable empezar también por el principio. Por El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, donde se aborda el conflicto infinito del amor filial, pero también el perdón, el sacrificio, implícitos siempre en estos vínculos, una historia dura y a la vez luminosa: «Coincidió con mi propio camino hacia la maternidad. Ser madre me hizo repensar mi relación con mis padres y con el paso del tiempo. Ese espejo es poderoso. Llega un punto en que comprendes que eres adulta y que algunas puertas ya no se volverán a abrir».
Pero pronto nuestra charla deriva hacia otra cuestión particular de la recepción de la obra de Tîbuleac en España, quizá en concomitancia con el exceso y el esperpento ibérico, notas que también laten, pese a la dureza o quizá justamente gracias a ella, en la literatura de la autora moldava: el humor, un elemento inesperado en una literatura que transita la enfermedad y la pérdida: «Me ha sorprendido mucho que aquí os fijéis tanto en el humor, porque en otros países las conversaciones suelen girar en torno al dolor o la violencia. Pero sí, el humor es una forma de escapar. En mi tierra decimos que es muy sano saber reírse de uno mismo, no de los demás. En tiempos oscuros, el humor, los cuentos y las risas cotidianas son lo único que puede mantenerte viva».
Esa mezcla de ternura y brutalidad, de sarcasmo y herida, hacen de su obra un territorio único. Pues la dureza, e incluso la violencia, también son una constante en su obra. Aunque para ella sea «la vida misma». Desde sus inicios como periodista, Tîbuleac volvió su mirada hacia los márgenes: migrantes, huérfanos, personajes desplazados, como lo son también Aleksy y Lastochka, protagonistas de sus dos primeras novelas, personajes ambos «que aman mal pero aman mucho». Quizá su propia condición de migrante haya influido en esa mirada, después desplazada hacia la literatura: «Sí, totalmente. Fui periodista muchos años y cubrí temas que después aparecieron en mis libros: orfandad, abuso, exclusión. Y luego emigré. Dejé Moldavia hace más de quince años y tuve que adaptarme a otro país y a una lengua que no hablaba. Cuando nacieron mis hijos, de pronto me descubrí como madre de dos niños no migrantes. Escribir se convirtió en mi manera de seguir conectada con mi país y de responder a mis propias preguntas de identidad. En El jardín de vidrio volví a mis raíces, a las preguntas sobre el idioma, la memoria, el pasado. Sigo siendo periodista en el corazón: escribir es, ante todo, escuchar a los demás».
El jardín de vidrio, su segunda novela, narra los años convulsos posteriores a la caída de la URSS, cuando las antiguas repúblicas soviéticas trataban de reconstruir una identidad escindida. Inevitable de nuevo hacer espejo entre las precarias memorias democráticas de nuestros dos países: «En Moldavia la memoria colectiva apenas empieza a construirse. Vivimos mucho tiempo bajo el régimen soviético y después bajogobiernos comunistas; es difícil hablar de los crímenes del comunismo cuando aún hay comunistas en el poder. Mis abuelos, que sufrieron deportaciones y hambre, no hablaban de ello para proteger a sus hijos; mis padres tampoco lo hicieron, por miedo a perjudicarnos; y así las historias fueron quedando silenciadas. Pero sin memoria no hay aprendizaje. Hoy algo está cambiando: hay jóvenes que quieren saber, escritores que quieren contar, cineastas que quieren filmar el pasado. Y eso me parece saludable».
En sus dos novelas traducidas al castellano, los hijos abandonados y las madres puestas en cuestión parecen reflejar la historia reciente de las repúblicas exsoviéticas. Muchos lectores han visto en esos vínculos una alegoría de la relación entre las antiguas repúblicas y la URSS: «Es una lectura válida –admite– aunque no fue intencionada. En países como Bulgaria o Eslovenia, donde se vivió esa historia, la metáfora es evidente. En otros lugares se lee más como una historia sobre la orfandad y la búsqueda del amor. Pero sí, hay un paralelismo entre esa niña que crece y un país que aprende a valerse solo. Ambos se emancipan». En su literatura, la maternidad tiene una dimensión simbólica. En El jardín de vidrio, exploró de nuevo esa posibilidad alegórica de la madre patria como madrastra, de la maternidad más allá de lo biológico, que le brindaba la historia de orfandad de Lastochka. «Sí, en El jardín de vidrio hablo de la adopción. Creo que la maternidad debería incluir muchas realidades. Hay mujeres que no quieren tener hijos, otras que no pueden y muchas familias que se crean de otras maneras. Con tantas guerras y desplazamientos, los niños también son criados por comunidades o familias extendidas. Me interesa esa maternidad diversa, que no depende solo de la biología, sino del amor y del cuidado».
Quizá crea que la escritura puede servir para ajustar cuentas con uno mismo o con la historia familiar: «Para mí, sí. Escribir es reparar. Volver a un lugar o a una persona, tratar de entender, hacer justicia con las palabras. En El jardín de vidrio, una de mis protagonistas dice que toda historia, por breve o triste que sea, debe procurar hacer justicia. Esa frase me representa. No puedo reparar el mundo, pero sí algunas heridas que me importan, incluso las mías».
En su obra, la frontera no es solo geográfica: es también lingüística, emocional, incluso corporal. Tîbuleac escribe en un lugar al borde de distintos mundos, intersección de siglos y proyectos culturales, políticos y económicos. Su lenguaje, también, es, por tanto, frontera y refugio, donde el rumano y su cosmovisión son determinantes en su prosa, tan singular y reconocible: «El rumano es mi idioma. Incluso cuando lo llamaban moldavo, seguía siendo rumano. En mi escritura hay una fuerte influencia eslava, porque descubrí la literatura universal a través del ruso, pero el rumano es el idioma de mis recuerdos, de los olores y los sentimientos. Las lenguas te dan lo que tú puedes aceptar, y la mía me da verdad». La autora reivindica de nuevo la figura de su traductora al español, Marian Ochoa de Eribe: «Tengo la suerte de contar con alguien que ama mi lengua. Los lectores me dicen que el libro parece escrito en español, y eso es un milagro».
La conversación se vuelve más grave cuando aparece la palabra «libertad». La literatura europea actual parece debatirse entre la introspección y el compromiso, escenario de discursos capaces de expresarse sin absolutismos. Y si algo se puede decir de su obra es que no es demagógica, lo cual es un alarde de compromiso creativo en un tiempo donde todo producto cultural parece estar obligado a tomar posición. En tiempos de guerra, polarización y discursos autoritarios, Tatiana Tîbuleac defiende que «la literatura debe seguir siendo un espacio de libertad radical. Si no, deja de ser literatura. Los escritores solo tenemos una obligación: la honestidad. Cuando la escritura se somete a una agenda, se convierte en propaganda. Y la propaganda no cura. Yo solo puedo escribir desde la verdad. Si algún día siento que debo cumplir una agenda ajena, dejaré de escribir».
COSER LO QUE YA NO SE PUEDE SALVAR
En su nuevo libro, Cuando estés feliz, golpea primero, que saldrá en septiembre de 2026 también en Impedimenta, la autora vuelve al territorio de la memoria pero desde un lugar más íntimo: su padre, periodista a contrapelo durante la época soviética. «No es su historia exacta, pero sí la de su generación. Mi padre amaba la literatura incluso más que a su familia, creo. Este libro es también una forma de entender de dónde vengo y de qué estaba hecho su tiempo. Y no me interesa separar qué parte es real y cuál inventada. Lo importante es lo que cuenta la voz que narra. Estoy deseando que llegue a mis lectores españoles», dice, con una característica mezcla de serenidad y pudor que caracteriza su forma de hablar. Su voz, templada, deja una sensación de consuelo raro: la de quien no promete esperanza, pero sí sentido.
Hay autoras que escriben como si bordaran sobre una herida. Tatiana Tîbuleac es una de ellas. En su prosa –tensa, precisa, fragmentada, brutalmente poética–, la memoria no se ofrece solo como refugio, sino como un territorio minado donde cada palabra desentierra una verdad íntima y colectiva. Leerla es cruzar una misma varias fronteras: entre lenguas, entre madres e hijos, padres e hijas, entre el silencio y la posibilidad de decir. Su escritura viene de un frío específico –el de la doble pertenencia histórica de Moldavia, de la nostalgia del ruso, del rumor de una Europa que aún recuerda sus muros y la clausura de muchas posibilidades–, pero lo que entrega al lector es el calor de la literatura en estado puro. Tatiana Tîbuleac escribe para coser lo que ya no se puede salvar: la infancia, la culpa, los vínculos fracturados, las identidades perdidas. Porque en su obra, como en la memoria misma, la herida no desaparece: se nombra para ser representada, interrogada, puesta en crisis, renombrada. Y al hacerlo, se transforma, con el anhelo de convertirse en algo no solo artísticamente significativo, sino también socialmente reparador. Hagan la prueba, abran uno de sus libros y déjense llevar desde el principio: «Aquella mañana en la que la odiaba más que nunca, mi madre cumplió treinta y nueve años. Era bajita y gorda, tonta y fea. Era la madre más inútil que haya existido jamás».