Heavy metal: bailando sobre la grieta existencial. Entrevista con Hartmut Rosa
El sociólogo alemán Hartmut Rosa no solo es conocido por sus teorías sobre la aceleración o la resonancia, también por su fascinación por el heavy metal. Su último libro, Cantan los ángeles, rugen los monstruos (Ned Ediciones, 2025), está escrito desde el corazón y la pasión hacia un género que permite poca equidistancia: o lo amas o lo aborreces. En esta entrevista con el periodista y coordinador de Humanidades del Círculo Nacho Salcedo, Rosa no solo habla de heavy metal, de sus rituales «religiosos», de los acordes y los riffs o de por qué el género venció a la industria cultural; también quiere que nos tomemos en serio un movimiento que sigue vivo medio siglo después de su aparición, una forma de arte capaz de provocar en sus seguidores una resonancia transformadora y de devolverlos a esas preguntas existenciales primigenias. No soy sociólogo, aunque sí muy metalero. Igual es desconocimiento mío, pero ¿es común encontrar dentro del pensamiento contemporáneo libros del estilo de Cantan los ángeles, rugen los monstruos –en mi opinión, con un alto componente biográfico–, que conjuguen una teoría con una pasión? No es muy común, aunque en Francia existe esta tradición; están Didier Eribon, autor de…
Nacho Salcedo
El sociólogo alemán Hartmut Rosa no solo es conocido por sus teorías sobre la aceleración o la resonancia, también por su fascinación por el heavy metal. Su último libro, Cantan los ángeles, rugen los monstruos (Ned Ediciones, 2025), está escrito desde el corazón y la pasión hacia un género que permite poca equidistancia: o lo amas o lo aborreces. En esta entrevista con el periodista y coordinador de Humanidades del Círculo Nacho Salcedo, Rosa no solo habla de heavy metal, de sus rituales «religiosos», de los acordes y los riffs o de por qué el género venció a la industria cultural; también quiere que nos tomemos en serio un movimiento que sigue vivo medio siglo después de su aparición, una forma de arte capaz de provocar en sus seguidores una resonancia transformadora y de devolverlos a esas preguntas existenciales primigenias.
No soy sociólogo, aunque sí muy metalero. Igual es desconocimiento mío, pero ¿es común encontrar dentro del pensamiento contemporáneo libros del estilo de Cantan los ángeles, rugen los monstruos –en mi opinión, con un alto componente biográfico–, que conjuguen una teoría con una pasión?
No es muy común, aunque en Francia existe esta tradición; están Didier Eribon, autor de un libro fantástico como Regreso a Reims (Catarata, 2017), también Édouard Louis o Annie Ernaux, que combinan determinados relatos biográficos con un análisis sociológico. Pero tienes razón, es muy inusual. Creo que se debe a que tanto la sociología como la psicología o la ciencia política intentan mantener una postura completamente objetiva. Suelen responder a la idea de «aquí presento mis hallazgos, mis resultados, mi investigación, pero no tienen nada que ver conmigo».
En su caso tiene demasiado que ver con usted…
Mis resultados parten de dos corrientes que sigo: la teoría crítica, que se remonta incluso a Karl Marx y luego se desarrolla con Adorno, Marcuse, Erich Fromm, Axel Honneth o Jürgen Habermas, y la fenomenología, que parte de la experiencia. Estoy convencido de que debemos hacer una sociología donde se escuche al autor, donde haya una voz. Considero un error afirmar que los resultados no tienen nada que ver con uno mismo.
Yo no pretendo presentar un conocimiento absoluto, sino una interpretación que dé sentido a mi vida y al mundo en el que vivo. Si otros lo ven de otra manera, genial. De ahí parten los debates, el diálogo y el progreso. En cualquier caso, con ese libro en concreto no pretendía hacer sociología. En un principio, no era ese el planteamiento, pero, a medida que avanzaba, me di cuenta de que se volvía mucho más interesante si lo conectaba con la teoría de la resonancia.
Salvo excepciones, muchos filósofos actuales suelen reflexionar más sobre política que sobre cultura, ¿no?
Sí, pero también hay otros, como Simon Critchley [autor de En qué pensamos cuando pensamos en fútbol, Sexto Piso, 2018] que escriben sobre fútbol.
¿Tal vez este libro sea una especie de deuda que usted tiene con el heavy metal?
Se puede decir que sí. El heavy metal me ha dado tanto que sentía que debía devolvérselo, porque no es inusual, al menos no lo es para mi generación, que la música fuera absolutamente importante. A los catorce o quince años, en pleno crecimiento personal, descubrí el heavy metal. No fue particularmente difícil enamorarse del género. Se podría decir que crecí en una secta religiosa: eran muy estrictos, todo estaba prohibido… Mi rebelión no vino por convicciones políticas, sino a través de la música, en concreto del heavy metal. No solo sentí que era una liberación. Ahora estoy escribiendo un libro sobre la energía social y esta música me dio la energía de la vida. Con ella podía sentir la vida fluyendo a través de mi cuerpo. Un estudio que cito en el libro, en el que participaron 6.000 fans del heavy metal, dice que al 40% les salvó la vida en algún momento, lo que es realmente espectacular. Como sociólogo podría decir: «Vaya chorrada». Pero también está la opción de tomártelo en serio y preguntarte «¿qué ha pasado ahí?» Yo lo interpreto como sentir un gran abrazo que te reconforta. Sin embargo, quizá a otras personas no les guste nada que las abracen así. Esas son las dos reacciones al heavy metal: unos quieren subir el volumen y otros bajarlo del todo.
Es gracioso que se refiera al «abrazo» de forma metafórica, porque cuando estás en un concierto de heavy metal no es raro acabar abrazado a alguien…
A la gente le gusta vivir la intensidad…
Yo descubrí el heavy metal más o menos a la misma edad que usted, pero en otro momento distinto, cuando se escuchaba más grunge. ¿Cree que hubo una mejor época para el heavy metal?
Hubo una especie de época dorada en la que el heavy metal era mainstream. Ocurrió a finales de los ochenta y principios de los noventa, en particular con Metallica, también con Guns N’ Roses y demás. Estas bandas eran protagonistas en la MTV, estaban en todas partes y las escuchaba gente que no era fanática del metal. Una vez pasada esa ola, los fans auténticos han seguido siendo fieles y el género sigue vivo.
Sin embargo, hay un problema: si piensas en la música clásica, te das cuenta de que es sorprendente que músicos como Joseph Haydn, Schubert, etc. se agrupen en un periodo de tiempo tan breve. En la música rock –incluso lo ampliaría más allá del metal–, bandas como Pink Floyd, The Rolling Stones o The Beatles también coincidieron en el tiempo. Habrá otras cosas nuevas, pero la mayoría de grupos actuales de rock son un poco repetitivos. Están, en cierto modo, en esta lógica de lo que ya hubo.
Personalmente, no me importa demasiado que haya modelos repetitivos. Si algo es bueno… Prefiero escuchar grupos nuevos, aunque estén en esta lógica, que caer en la nostalgia. Me da pereza y algo de miedo ese rollo de que otro tiempo fue mejor.
Entonces, olvidas los aspectos problemáticos de ese tiempo, ¿verdad? El libro también trata sobre la resonancia, una experiencia que siempre tiene un momento transgresor. Significa que te encuentras con algo que aún no conoces. Entrar en una relación resonante con la música o con lo que sea también te hace vulnerable, porque te adentras en un proceso que no controlas, que no conoces del todo y que te transformará sin saber cómo. Y el problema con la nostalgia –podría ser cierto también con la música– es que queremos escuchar lo que conocemos, permanecer en una esfera que nos resulta agradable, bonita y que nos consuela y reconforta cuando estamos de bajón. Pero ese momento transgresor ya se ha perdido, porque ya no se trata de ese «algo» distinto que te transforma. La pregunta es si sigue teniendo un elemento transformador. Yo diría que sí.
Entiendo que ese elemento es el awe, esa palabra maravillosa anglosajona que, como dice en su libro, no tiene traducción exacta en español ni en su lengua, el alemán. Su significado se encuentra entre «asombro» y «escalofrío» y describe lo que se siente frente a algo poderoso y sublime que conmueve profundamente.
Casi todos los que fuimos al concierto de H.E.A.T. en Madrid, el pasado 23 de mayo, sentimos el awe, y no solo el público, también los miembros de la banda. En un momento dado, salió el antiguo cantante, Erik Grönwall, a cantar con el actual, Kenny Leckremo. Este último, imagino que superado por diversas circunstancias [Grönwall abandonó la banda para tratarse una leucemia], literalmente se vino abajo y se echó a llorar de la emoción. La energía nos atravesó a todos. El mundo pareció detenerse.
Ese momento, el entre…, eso es exactamente la resonancia. Pero es raro: puedes ir a veinte conciertos y que no pase, hasta que de repente… Una vez tuve una estudiante de doctorado que escribió que hay momentos que son como «cascadas de resonancia». Y eso podría ser cierto: en un momento así recuerdas todo lo que sentiste cuando escuchaste ese solo por primera vez.
Tenemos que pensar que la cultura posee el poder de transformar la sociedad. Tengo claro que en otras épocas seguro que fue transformadora, pero ¿cree que hoy día lo sigue siendo?
Es muy difícil no ser totalmente pesimista al observar el mundo actual. Pero también depende de lo que se entienda por cultura. Tenemos una mirada estrecha que solo entiende la cultura desde los artistas, la música, la literatura, etc. Pero, por supuesto, la cultura también está lo que ocurre en internet; por ejemplo, existe una suerte de subcultura de Instagram. Y esa es una forma de cultura, de comunicarse. Mi próximo libro versará sobre la energía social que se crea de repente, una energía increíble, una especie de energía cultural. Creo que esa energía todavía tiene el poder de transformar el mundo.
Pero ¿no es más difícil pensar en grandes transformaciones?
Actualmente todos entendemos los cambios ocurridos a finales de los ochenta con la caída del Muro de Berlín, pero cuando yo era muy joven estábamos totalmente convencidos –incluidos los padres y profesores– de que la Guerra Fría duraría para siempre. Era imposible pensar, ni siquiera imaginar, que un hecho como aquel llegaría a producirse. Teníamos el bloque soviético y la OTAN, ambos muy sólidos, hasta que, de repente, el muro cayó y no de una forma especialmente violenta. Fue una suerte de cambio cultural, y todo de pronto nos parecía lógico: la unión de las dos Alemanias, etc. Luego, el bloque soviético se deshizo… También pasó con la Primavera Árabe: aunque no transformó el mundo árabe, sí ha abierto una ventana de posibilidad. La gente se dejó arrastrar por esa suerte de resonancia, que produjo olas de resonancia y de energía.
¿Cree que esa chispa marcará el futuro?
Hay un libro interesante de Stephen Greenblatt [Shakespearean Negotiations: The Circulation of Social Energy in Renaissance England, University of California Press, 1988] que habla de la energía social circulante, basándose en cómo las obras de teatro de Shakespeare han tenido un gran poder transformador durante siglos. Cómo cambió la sociedad gracias a que la gente iba al teatro, se conmovía, salía a las calles y debatía sobre lo que había visto. Creo que hoy en día aún es posible.
Vencer la lógica capitalista tampoco es fácil.
En un capítulo de mi libro explico que el heavy metal venció a la industria cultural. Hay gente que me lo rebate, que me dice que no es verdad y que no solo es parte de ella, sino que gracias a ella ganan mucho dinero. Es cierto, pero se debió a que tuvo su propia lógica, persistió en sus formas, generó nuevos espacios de encuentro al margen de la industria y sobrevivió. Los grandes festivales de entonces se acabaron y el heavy resurgió en festivales en pequeñas localidades o en el campo, y mira lo que es hoy el Wacken [se refiere al festival Wacken Open Air, que nació humildemente en 1990 en un pueblo alemán y hoy es el festival de heavy metal más importante del mundo]. Determinadas cosas están fuera del control y surgen sin un plan establecido. Con la música pasa: puedes planear el escenario, pero luego ocurren cosas que no son tan predecibles.
Como ese momento awe inconmensurable que describe en el libro cuando escuchó en un vídeo la canción de Pink Floyd «Comfortably Numb» en directo…
Es que la música es lo más conmovedor que conozco. En ese vídeo me pregunto: ¿ese es el momento que ellos querían generar?, ¿lo hicieron con un fin? Puede, pero creo que no es predecible lo que puede llegar a ocurrir en un concierto.
¿Buscaban «eso» para el público o para ellos?
No lo sé, pero ellos lo experimentaron.
En su libro dice que ese awe puede aparecer por un solo, una nota vocal, un riff… Hace unos meses asistí a un concierto de Iron Maiden. Llevaba mucho tiempo sin verlos y, no sabría explicar por qué, pero en una determinada canción, escuchando a Bruce Dickinson, se me erizó la piel, comencé a llorar como un niño y vi que el amigo con el que había ido estaba igual que yo, fuera de sí mismo. Es increíble cómo, de repente, nada de lo que te rodea te puede hacer daño. Estás dentro de un paréntesis en el tiempo, como cuando sueñas. El ritmo frenético de esta sociedad no te afecta. En ese preciso momento, estás vivo y conectado con el mundo.
Es increíble. Sin embargo, conozco a bastantes personas que no lo entienden en absoluto. De hecho, mi antiguo jefe, un sociólogo ya mayor muy interesado en la cultura, pero en la alta cultura, tipo Adorno, escribió un comentario devastador sobre el heavy metal, del que dijo: «Esto no es arte».
A mí a veces me resulta un poco embarazoso contar que me gusta el heavy metal dentro del mundo de la cultura. Cuando leí su libro me dije, con alivio: «Ya puedo hablar con alguien de esto».
Entiendo que para muchos es solo ruido y que para otros resulte ridículo, con tantos monstruos y letras a veces un poco absurdas.
¿Le preocupaba el nivel de exposición con este libro; es decir, el hecho de que lo enfrentara a su jefe o a otros miembros de la academia? Lo digo porque es un académico que escribe de algo muy personal y lo hace desde el corazón.
Creo que sí tenía un poco de miedo, aunque no demasiado. Pero estoy realmente feliz. Cuando escribí el libro sobre la aceleración [Social Acceleration, 2005], hubo interés por parte de los medios, di muchas entrevistas y demás. Entonces también existía el peligro de que te encasillaran como el tipo que aparece en las pocas páginas que los periódicos dedican a la «cultura», algo que te puede lastrar entre colegas. Aún así, me gustó, incluso mi supervisor de doctorado me recomendó hacerlo. Y luego vino el libro de la resonancia, que también tuvo aceptación. Los sociólogos no son mis mayores fans porque la mía no es una forma objetiva de escribir. Pero cuando recibí el Premio Leibniz, dejé de preocuparme por qué podía decir y qué no. Con Cantan los ángeles, rugen los monstruos siempre hay alguien por redes que se mofa, pero así es el mundo. Prefiero ser auténtico.
¿Por qué la gente tiende a pensar que el heavy metal es cosa de boomers?
Durante bastante tiempo fue una forma de rebelión, yo era joven y mis padres lo odiaban. Creían, literalmente, que estaba entregando mi alma al diablo. El heavy metal era una forma de rebelarse contra los profesores y las autoridades. Ya no lo es. Ahora es verdad que la mayoría somos blancos, boomers y heteros. Fue un tema generacional, como el de la música clásica, se dio en un tiempo muy concreto, pero luego ha resultado ser transgeneracional, ya que, siglos más tarde, se sigue escuchando música clásica. Pienso que el heavy metal ha creado algo que tiene valor más allá de la generación de hombres blancos de clase trabajadora. Se ha convertido en un fenómeno global. Hoy se escucha mucho heavy metal en Japón, México o Brasil, por ejemplo, y el género se ha vuelto más diverso.
Hay una frase del libro muy poética, en la que usted dice: «La música es ese destello de posibilidad para otra forma de ser». En mi opinión, el heavy metal lo es.
Ese es para mí el núcleo de la resonancia: la idea de que una forma diferente de vida, de estar en el mundo, es posible.
Me interesa lo que dice de que el romanticismo está íntimamente ligado al heavy, ¿cómo se puede explicar esto?
Quizá sea un poco peligroso, pues, en el mundo actual, lo «romántico» es poco realista y, de alguna manera, te lleva a la nostalgia. El heavy metal se nutre del fenómeno cultural de la era romántica, sobre todo de su parte más oscura, que se vincula con los monstruos, el diablo, la oscuridad y la noche. Encontré realmente interesante el hecho de que los románticos fueran, en cierta manera, en contra de la Ilustración, del modo de ser naturalista, instrumentalista, utilitario. Es una reacción contra esa burguesía apegada al dinero y a lo práctico. Creo que el heavy metal todavía se nutre de ello, incluso de esa idea de que la música puede salvar el mundo. Para mí, el solo de guitarra es un momento de trascendencia, lo llamo «el acceso». Me encanta la ironía romántica que destilan los grupos heavies; la idea de que dices algo en serio y al mismo tiempo no lo dices en serio. Cuando Ghost, en el tema «He Is», dice: «Él es la fuerza que te hizo ser, la luz sin la cual no puedes ver», ¿a quién se refieren, a Dios o al diablo? Tal vez no creas ni en uno ni en el otro, pero, aún así, sientes la fuerza y ese campo de posibilidades que se abre.
En mi opinión, políticamente, la izquierda se ha movido más por los impulsos del corazón y por esa ironía romántica que la derecha. Sin embargo, no tengo claro que hoy sea así. En el heavy metal sí veo que la mayoría del público es de izquierdas.
En el discurso político, e incluso en el sentimiento político, esa forma de lo que yo llamo ironía romántica, ese decir algo y al mismo tiempo no decirlo, es casi imposible. O estás a favor de una causa o en contra. A nivel teórico, creo que el heavy metal es profundamente apolítico, aunque haya bandas con un claro contenido político como Rage Against the Machine. Pero pienso que el público y los grupos son en su mayoría de izquierdas, aunque también hay una diferencia entre las tendencias europeas y la forma estadounidense de hacer metal.
El heavy metal, con la tecnología que tiene detrás, con los amplificadores, las guitarras eléctricas, el cableado, las PA [sistemas de sonido], etc., puede conectarte de forma artificial con lo más terrenal: la naturaleza, el fuego, el agua, el viento… Incluso, cuando estás en un concierto, llegas a sentir que estás dentro del vientre materno, como en una caja de resonancia.
Eres tú y directamente el sol y el viento y la tierra, incluso el barro de un festival. Es todo tan artificial y electrónico… Es interesante tu pregunta porque, siendo honesto, creo que podría faltar algo en mi teoría, no solo en el libro sobre heavy metal. Para mí, la resonancia es casi una experiencia no mediada, en la que experimentas al otro directamente, aunque igual no es cierto, pues siempre necesitas algo de por medio. Se podría decir que las guitarras, incluso la electricidad, de alguna manera, son las mediadoras de esa experiencia. No sé si somos conscientes de esta mediación.
Retomando la ironía romántica del heavy metal, con esas posibilidades de interpretación y afirmaciones de su libro, como que «Rob Halford es un dios del metal», quizá las autoridades religiosas no estén muy contentas…
No lo creo. He recibido muchos comentarios de sacerdotes y hasta de obispos, porque entienden lo que significa el awe. En ese sentido, diría que yo también soy religioso. Las preguntas últimas sobre la salvación y la condenación están muy presentes en el heavy metal, y hoy en día a las autoridades religiosas les preocupa que a la gente ya no le importen esas preguntas últimas sobre el núcleo de la existencia. La pregunta básica sería: ¿qué hay en el fondo de mi existencia? Para mí, la respuesta es: el universo o el universo silencioso. Es un tipo de pregunta profundamente religiosa que hoy no se hace casi nadie porque la gente está más preocupada por la política o la renta. Hay cosas que a la religión le parecerán blasfemas, pero, en el fondo, el heavy metal imita símbolos e incluso ritos religiosos, y juega con esas ideas. Por eso, no pienso que la Iglesia esté del todo en contra, excepto los más fundamentalistas.
También me gusta la parte del libro en la que usted relaciona la emoción dimensional con los cambios físicos que ocurren en el proceso de escuchar metal: los latidos del corazón y esas cosas. En un concierto tienes todos tus sentidos despiertos y a la expectativa. Yo creo que eso no pasa al ver una película o una obra de teatro. Allí no entran en juego la piel ni el tacto, mientras que en un concierto sí.
Absolutamente de acuerdo. Probablemente, es lo más corporal, participa todo el cuerpo. Es interesante desde el punto de vista de la conciencia o la atención. De alguna manera, nos dejan completamente sordos, en mute con respecto al entorno. La concentración es máxima, todo el mundo está ensimismado y, a la vez, todo lo abierto que se puede estar. En un concierto, además, no eres pasivo, formas parte de ello. La inmersión física es muy fuerte.
En el glosario, dice que, en un principio, la idea era organizar el libro como un álbum conceptual, con diferentes canciones que abrieran cada capítulo. ¿En qué canciones estaba pensando?
Pensaba organizarlo como un disco tipo The Wall, de Pink Floyd, o Streets, de Savatage, con una intro y un outro, sin canciones específicas, pero luego he introducido «He Is», de Ghost, «Heaven and Hell», de Black Sabbath, o «Remember Tomorrow», de Iron Maiden.

Hartmut Rosa en la azotea del Círculo de Bellas Artes. Foto: Alejandro Solo