Notas para un ballardismo ilustrado
A la mayoría de los lectores de Ballard les resulta difícil esquivar la inquietante sensación de que a su alrededor se multiplican escenarios que parecen sacados de su obra. Y es que algunas de las transformaciones recientes de nuestro paisaje físico e ideológico parecen estar convirtiendo su literatura en una forma de costumbrismo. En su intervención en la jornada de apertura del ciclo sobre Ballard que recuperamos para Minerva, el escritor, periodista y comisario Jordi Costa, jefe de exposiciones del Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB), pasó revista a diferentes manifestaciones de la cultura popular en las que cabe encontrar ecos de su obra: desde libros y películas recientes, hasta acontecimientos como la Gala MET o la muerte de Lady Di, Costa sigue el rastro que han dejado en nuestro presente las ficciones ballardianas. Desgraciadamente, vivimos tiempos demasiado interesantes: cada vez que abrimos el periódico, asistimos a la construcción en tiempo real de un Estado fascista, de una suerte de conglomerado de poder económico y de Estado controlador, de la mano de un Donald Trump que parece trazar su política a golpe de tuit. Al mismo tiempo, vivimos bajo una crisis climática que ya solo las voces más obcecadas…
Jordi Costa
A la mayoría de los lectores de Ballard les resulta difícil esquivar la inquietante sensación de que a su alrededor se multiplican escenarios que parecen sacados de su obra. Y es que algunas de las transformaciones recientes de nuestro paisaje físico e ideológico parecen estar convirtiendo su literatura en una forma de costumbrismo. En su intervención en la jornada de apertura del ciclo sobre Ballard que recuperamos para Minerva, el escritor, periodista y comisario Jordi Costa, jefe de exposiciones del Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB), pasó revista a diferentes manifestaciones de la cultura popular en las que cabe encontrar ecos de su obra: desde libros y películas recientes, hasta acontecimientos como la Gala MET o la muerte de Lady Di, Costa sigue el rastro que han dejado en nuestro presente las ficciones ballardianas.
Desgraciadamente, vivimos tiempos demasiado interesantes: cada vez que abrimos el periódico, asistimos a la construcción en tiempo real de un Estado fascista, de una suerte de conglomerado de poder económico y de Estado controlador, de la mano de un Donald Trump que parece trazar su política a golpe de tuit. Al mismo tiempo, vivimos bajo una crisis climática que ya solo las voces más obcecadas pueden seguir negando. Como diría Greta Thunberg, nos encontramos más allá de la esperanza.
Sobre la generación de Thunberg habla la periodista brasileña Eliane Brum en La Amazonia. Viaje al centro del mundo (Salamandra, 2024), donde asegura que son los jóvenes quienes le han enseñado que, aun colocándonos más allá de la esperanza, hemos de seguir actuando. Esta dinámica, esta forma de acción guarda cierta relación con el movimiento tanto interior como exterior de algunos personajes de Ballard, que no necesariamente avanzan hacia la salvación ni hacia la destrucción, sino hacia una comprensión profunda de lo que significa un apocalipsis irreversible.
Si la esperanza ha caducado y si, como dijo recientemente Elon Musk, para avanzar debemos renunciar a la empatía –una afirmación escalofriante–, quizá nos hallamos en un escenario plenamente ballardiano. A pesar de que sus libros no son fáciles de encontrar y de que apenas se reedita su obra, el espíritu de su literatura aflora una y otra vez tanto en la pura realidad como en diferentes manifestaciones de la cultura popular. Aquí reúno una serie de rastros ballardianos en los que resuena su eco.
1. APPLIED BALLARDIANISM (2018)
Simon Sellars, residente en Melbourne, Australia, es un estudioso de lo ballardiano. Durante años, fue el responsable de ballardian.com, una página brillante y enciclopédica que reunía cualquier suceso que tuviera que ver con el visionario de Shepperton. En 2021, la página cerró y Sellars se centró en su carrera como novelista, estrenándose en esa faceta con Applied Ballardianism, una obra peculiar, estructurada de forma fragmentaria y atomizada, al igual que la gran cumbre del genio de Ballard, La exhibición de atrocidades, su obra más radical. Aunque la novela de Sellars no es tan extrema y sus capítulos son algo más largos que los de La exhibición de atrocidades.
Como muchos de los libros de Ballard, el de Sellars es una autobiografía enmascarada, protagonizada por un supuesto alter ego que atraviesa una profunda crisis vital e intenta encontrar su camino en el mundo académico. Mientras prepara su tesis doctoral, decide reivindicar como ámbito de estudio lo que él llama «ballardianismo aplicado», que consiste en pensar que todo lo que ocurre en la cotidianeidad está conectado con el pensamiento y las ficciones de Ballard. Una vez dentro de esa especulación académica, cae en la cuenta de que en la construcción de las frases de Ballard sucede algo extraño, una estructura en la cual cada frase acaba dando pie a una comparación. Una idea que le hace percibir un ritmo secreto y, tal vez, la posibilidad de abrir una puerta a otra dimensión de la percepción y la realidad.
En el relato de Ballard «Estudio cinco, las estrellas» Sellars encuentra este fragmento: «Me puse de pie y caminé suavemente hacia ella. Miré su extraño rostro, su piel suave y gris, como una novia faraónica en un sueño de basalto». A partir de aquí, comienza a buscar otras frases similares. En un relato publicado en 1970 en la revista New Worlds encuentra esta otra: «Comenzó a acercarse, con el rostro oculto tras la cámara, los pies moviéndose en un paso oblicuo sobre el hormigón como la danza estilizada de una máquina deforme». En Crash, selecciona una descripción de las posiciones en las que queda el cuerpo humano después de un accidente de tráfico: «como el primer coito homosexual dentro de una cápsula Apolo». En otro momento de la novela, el personaje de Vaughan habla de una serie de fotos de accidentes de tráfico y dice: «Colgaban en la galería de su mente como piezas de una exposición en el museo de un matadero». Más tarde, ese mismo personaje imagina la cara de Elizabeth Taylor rompiendo el parabrisas de su coche y el cristal roto escarchando sus rasgos «como una Afrodita nacida de la muerte». Con estos fragmentos –casi diríamos, con estos deshechos –, compone el siguiente texto, absolutamente críptico, extraño; un juego que posee la capacidad de seducción que nos transmitiría una esfinge:
En el museo de un matadero, una Afrodita nacida de la muerte invade el sueño de basalto de una novia faraónica, replicando el primer coito homosexual en una cápsula Apolo: la danza estilizada de una máquina deforme.
Finalmente, el personaje de Sellars fracasa al descubrir que su materia de estudio se resiste a la domesticación, el análisis o la disertación académica, y acaba enloqueciendo.
2. BALLARD RELOADED (2023)
Un ensayo fascinante que también toma domo modelo esa composición absolutamente fragmentaria de La exhibición de atrocidades es Ballard Reloaded, de Beatriz García Guirado y Andreu Navarra. En él, sus autores se atreven a jugar a la ficción ballardiana. Hay un momento sumamente extremo en el que crean una especie de spin-off de la novela Noches de cocaína (1996), donde una comunidad se aboca a la adoración a ídolos que representan a un dios oscuro, que no es otro que Jesús Gil. Al igual que Sellars, los autores de Ballard Reloaded se fijan en las comparaciones y citan estos ejemplos:
«Hubo una bocanada más oscura, como si parte de la obra se hubiera soltado de parte del cuerpo».
«Yo parecía un bailarín obligado a ejecutar un tango haciendo el pino. Subí las escaleras dándome cuenta de lo cansado que estaba, magullado y aporreado como si hubiera pasado la noche con una violenta mujer policía».
«Caminaban al mismo ritmo y entraron en el silencioso auditorio como cobradores de la mafia».
«En el embarcadero había dos yates amarrados juntos, como amantes que hubieran buscado un refugio».
«El enorme abdomen, que no dejaba de crecer, le daba aspecto de embarazada: una mujer de setenta años que aún no se había enterado de que estaba encinta».
Sobre este recurso tan particular de la escritura de Ballard, García Guirado y Navarra escriben lo siguiente:
Es curioso que Ballard utilice con tanta profusión un recurso tan clásico como la comparación. Es verdad que lo hace con una amplitud que pone en crisis la definición misma de comparación, elevándola siempre a nivel de frase microcósmica. Lo que causa más extrañeza es que estas comparaciones tan lujosas no desentonen del tono habitual, más bien frío. El de Ballard no es un estilo de listillo, sino más bien el de un hombre serio, que no cree en nada, pero lo ha leído todo. A veces hasta se pone virgiliano: «A su alrededor los espejos contenían el aliento». Las comparaciones de Ballard son incluso mejores que las de Stephen King, que ya es decir.
3. HIGH-RISE (2015)
Una de las adaptaciones cinematográficas más ambiciosas y rigurosas de un texto de Ballard, el High-Rise (2015) de Ben Wheatley se propone hacer una lectura canónica de Rascacielos (1975), la novela con la que el escritor culminó su trilogía del cemento y el metal. Fue una gran producción dentro de la extraña y meándrica carrera de este cineasta que llamó la atención de la crítica con Down Terrace (2009) y Kill List (2011), antes de lograr su primera obra redonda con la comedia negra Turistas (2012). Para Wheatley, adaptar a Ballard fue una especie de maldición: tras High-Rise se combinaron proyectos de bajo presupuesto de vocación progresivamente ensimismada, un remake bastante vergonzante de Rebeca (2020) para Netflix e incluso un desnortado tanteo con los códigos del blockbuster –Megalodón 2: La fosa (2023)– que parecía autosabotear su vocación de autor.
Algo fascinante en la literatura de Ballard es su capacidad para abrir una historia en clave absolutamente cotidiana para, de repente, introducir un factor de distorsión que coloca al lector en un territorio en el que no logra hacer pie. Leyendo a Ballard te adentras en el entorno de un inconsciente desbordado, de un presente absolutamente visionario. Pasa en La isla de cemento cuando, de pronto, te das cuenta de que estás en un mundo separado, poblado por animales gigantes y figuras mitológicas, en medio de un espacio tan cotidiano como la intersección de una red viaria urbana. Ese islote de cemento, que se encuentra en medio de un circuito de autopistas, se ha convertido en un universo autosuficiente, desgajado de la realidad de la que en otro tiempo formó parte. Lo mismo ocurre en la novela Rascacielos y en High-Rise, donde Wheatley tuvo el atrevimiento de desarticular casi por completo la causalidad narrativa, haciendo que su filme enloqueciera. Es un acto tremendamente arriesgado y también muy valioso. Pero, como demuestran las siguientes películas de Wheatley, el cineasta pagó un alto precio por ello. El escritor, por el contrario, logró sostener una carrera entera en esa cuerda floja.
4. CRASH (1996) Y TITANE (2021)
Crash generó un gran escándalo en su recibimiento en Cannes y tuvo muchos problemas con la censura británica. Por su parte, Ballard fue un defensor acérrimo de esta bellísima adaptación que hizo David Cronenberg de su novela.
Curiosamente, en 2021, veinticinco años después del estreno de Crash, se estrenó también en Cannes, y con desconcierto entre algunos sectorres de la prensa –aunque en este caso se trato de una película que ganó la Palma de Oro y no provocó risas entre el público– Titane, de Julia Ducournau, en la que una mujer no binaria hace el amor con un coche y acaba engendrando a una síntesis poshumana de ser humano y ser mecánico. Una fantasía absolutamente posballardiana.
Si Titane es posciberpunk y posqueer, en Crash ya encontramos un germen queer, pues Ballard fantasea con una historia homoerótica, colocándose a sí mismo como un polimorfo perverso dentro de ese juego de tensiones y poderes que narra la novela. Nanni Moretti, quizás encarnando la voz de un mundo (racional) que estaba quedando atrás, no dudó en mostrar su perplejidad por el hecho de que una película cuya protagonista se quedaba embarazada de un coche le hubiese desbancado del palmarés.
5.CRÍMENES DEL FUTURO (2022), INFINITY POOL (2023) Y LOS SUDARIOS (2024)
David Cronenberg siguió explotando el hilo ballardiano en Crímenes del futuro (2022). Dos años después dirigió Los sudarios (2024), una historia sobre un empresario de pompas fúnebres que enviuda, como el propio Cronenberg, y crea un dispositivo para poder ver los cuerpos descomponerse en sus ataúdes. Antes de verla, yo imaginaba una especie de «Edgar Allan Poe se encuentra con J. G. Ballard», pero lo que encontré fue otro tipo de película, donde Cronenberg introduce momentos «sub-ballardianos», como una escena en la que el personaje del odontólogo le entrega al protagonista los dientes de su mujer muerta y le dice que ha supuesto que le gustaría verlos.
También nos encontramos con esa pátina esforzadamente ballardiana en Infinity Pool (2023), de Brandon Cronenberg –hijo de David Cronenberg–, una película que mantiene en todo momento en su foco de atención la narrativa ballardiana a partir de la nouvelle Furia feroz (1991). En Furia feroz, la narración adopta la forma de un informe forense. Y eso es lo que hace Ballard: en su obra no anticipa el futuro, sino que escribe el registro forense de un futuro que está implícito en nuestro presente o, como dijo el escritor Rodrigo Fresán, «habla del futuro que está derrumbándose en nuestro presente».
En sus últimos años, a Ballard lo llamaban el oráculo de Shepperton y él, qué duda cabe, disfrutaba de ese apelativo. Desde luego, le encantaba lanzar frases aforísticas y premonitorias y, cada vez que daba una entrevista, acuñaba sentencias inmortales que dan ganas de esculpir en piedra.
6. GALAMET
No estoy seguro de si Ballard estaría contento con películas como Infinity Pool o Los sudarios, sin embargo, estoy convencido de que la Gala MET 2024 le habría fascinado: este baño excesivo de banalidad bien podría ser un capítulo de Super-Cannes, novela que escribió poco tiempo después del estreno de Crash. En un determinado momento de la novela, incluye una descripción de la alfombra roja y hace un paralelismo con el juicio de Núremberg, comparando a estrellas y directores con criminales de guerra a la espera de su propia, e inevitable, condena. Ballard se situaba en ese ámbito más allá de la esperanza, donde ya le ha llegado la cuenta atrás al humano como especie, algo que, en el fondo, no tiene mayor importancia.
7. LA MUERTE DE LADY DI
El escritor Bruce Sterling nos recuerda que en la realidad se dan ciertos acontecimientos que enseguida identificamos como ballardianos. Es el caso de la muerte de Lady Di, sobre la que Sterling escribe lo siguiente:
Ballard nunca predice acontecimientos o artefactos, sino que describe sensibilidades futuras, cómo se experimentan y qué significan. Un extraño suceso contemporáneo, como la muerte en accidente de coche de la princesa Diana, acosada por los paparazzi, es perfectamente ballardiano. Ningún diagrama de flujo, ninguna ecuación ni proyección de beneficios podría haberlo predicho, pero quien haya leído a Ballard podrá reconocer rápidamente su eco en ese accidente. He de decir que es lo mejor que el género de la ciencia ficción producirá jamás y más de lo que se le puede pedir.
Cuando, en 2015, el artista Banksy creó Dismaland, su temporal y efímera Disneylandia del Mal Rollo, no se abstuvo de fundir la muerte de Lady Di con el imaginario de la versión disneyana de La Cenicienta. Está claro que vivimos plenamente instalados en esa sensibilidad futura que la escritura de Ballard no dejó de ir esculpiendo a lo largo de toda su trayectoria. No obstante, todo sonaba mejor bajo su gélido y preciso estilo, bajo la elegancia e inquietante sobriedad de su meticulosa formulación verbal, tan alejada del exceso chillón de nuestro presente. Quizás el infierno sea esto: vivir, sin esperanza, en un mundo ballardiano que ya jamás podrá ser redimido por su escritura.

Recreación del cortejo fúnebre del funeral de Lady Di en Londres, 2018. CC-BY-SA-4.0