El sonido imaginado. Entrevista con Simon Reynolds
Pepe Tesoro
El filósofo y crítico cultural Pepe Tesoro, autor de Los mismos malvados de siempre: Una teoría de las teorías de la conspiración (Círculo de Bellas Artes, 2024), entrevista al legendario periodista y crítico musical Simon Reynolds. El autor de títulos como Retromanía, Energy Flash, Post-punk: romper todo y empezar de nuevo y el reciente Futuromanía, que en España publica Caja Negra, visitó Madrid como invitado de la segunda edición del Festival de las Ideas, donde conversó con C. Tangana. En esta entrevista habla del presente de la industria musical, desde los peligros de las nuevas tecnologías a la difícil relación de los artistas con la política.
El título de tu último libro, Futuromanía (Caja Negra, 2024) hace referencia a una de tus obras más influyentes, Retromanía, que se ha convertido en un referente fundamental en el debate contemporáneo en torno a la nostalgia, especialmente en la industria musical. Al final del libro, te preguntas si la nostalgia seguirá teniendo el mismo arraigo en la cultura popular o si finalmente su relevancia se extinguirá. Quince años después de la publicación de Retromanía, ¿cómo responderías a esa pregunta?
No estoy seguro de que «nostalgia» sea la palabra adecuada, porque creo que la nostalgia es parte de la condición humana: todos sucumbiremos a ella. Yo mismo soy muy nostálgico. Lo retro no es nostalgia como tal, porque normalmente se basa en algo que la persona no ha vivido, como imágenes y restos descontextualizados. En ocasiones, lo retro se asocia con una especie de nostalgia, pues da a entender que cierto periodo que no viviste era especial y te da ganas de haberlo vivido. Sin embargo, la nostalgia real es algo más emocional y tiene que ver con la experiencia vivida.
Contestando a tu pregunta, creo que la cultura retro sigue muy presente. Desde que escribí Retromanía, han surgido cosas como la gira holográfica, en la que se reconstruye a estrellas del pop ya fallecidas y, a veces, que siguen vivas, como ABBA: como no querían salir de gira, hicieron una versión holográfica de ellos mismos [ABBA Voyage, 2022]. Otro ejemplo es el regreso de Oasis, uno de los eventos más relevantes de este año. Cuando estuve en México, de lo que quería hablar conmigo la gente era de eso. El grupo ha estado tocando por todo el mundo, y se ha llegado a pagar mil dólares por una entrada. Para mí, ya en los noventa, Oasis pertenecía al pasado; tenían ese gesto de volver a los sesenta, de presentarse como los nuevos Beatles. Ahora lo que encontramos es una nostalgia de la nostalgia. También existe un revival del shoegaze que me recuerda a los noventa. Parece que la historia se sigue reciclando, y lo retro no se centra en una sola década, es como si todas las épocas estuvieran en juego a la vez. Creo que la inteligencia artificial es otra de las fuerzas relacionadas con la cultura retro, porque se alimenta del pasado, que procesa sin intencionalidad humana. Mientras que un ser humano tiene cosas sobre las que escribir canciones, experiencias en las que inspirarse, la inteligencia artificial es solo un proceso. Hace poco se hizo popular el caso de Velvet Sundown, una banda generada por inteligencia artificial. Son una especie de grupo indie, con un aire noventero. Su música es una suerte de pastiche muy reconfortante y agradable de cosas que ya te gustan. Es como cuando el algoritmo, al reproducir música en streaming, te redirige hacia cosas que coinciden con tus gustos. A menudo, son copias muy poco inspiradas, pero al menos hay humanos involucrados. La música generada por inteligencia artificial es el siguiente paso de ese mismo proceso.
Pienso que hoy sigue habiendo mucha cultura retro. Se ve en la industria cinematográfica, con los remakes y las franquicias, aunque también es cierto que muchos artistas tratan de hacer cosas nuevas. Ambos, lo retro y lo nuevo, están ocurriendo al mismo tiempo; es el estado normal de la música. En los años ochenta surgieron numerosos tipos de música nuevos, como el rap y la música electrónica, pero también hubo un gran revival del soul. Casi siempre hay gente que intenta hacer cosas nuevas con la última tecnología o que impulsa la música más allá, y luego está la tentación de volver atrás, porque el pasado está lleno de ideas valiosas que se pueden tomar prestadas y reelaborar.
Hablando de la música electrónica, en Futuromanía escribes sobre cómo, en sus orígenes, estaba muy relacionada con ciertas ideas de futuro o de progreso, aunque fuera un futuro distópico. Mi sensación es que hay una vuelta a la electrónica y una nueva generación está tomando el relevo, pero ese toque futurista, que en algunos casos apuntaba a un futuro lleno de ansiedades o miedos, no está presente en la música electrónica actual. En la cultura rave de los noventa, el siglo XXI aparecía como un horizonte de posibilidad. ¿Cómo ves el estado de la música electrónica en la actualidad, en comparación con aquel primer momento?
Creo que tienes razón, la idea del futuro ya no es igual de poderosa. El escritor de ciencia ficción William Gibson ha dicho recientemente que en el siglo pasado se hablaba mucho del siglo XXI, pero que hoy no hablamos del XXII. Pienso que no tenemos ni siquiera una idea muy clara de cómo será el año 2050. Y, si la tenemos, es una imagen catastrófica, un escenario de colapso climático y crisis de refugiados. En algunos aspectos, sorprende el hecho de que ciertas cosas sigan igual. Hace poco vi los Emmy y pensé que estas ceremonias de entrega de premios son idénticas a las de hace casi cien años: los hombres se visten de traje y las mujeres suben al escenario con vestidos deslumbrantes y lloran. El ritual, a la hora de recibir el premio, siempre es el mismo, probablemente seguirá siendo igual dentro de cien años. Parece que muchos aspectos de la cultura son estáticos, mientras que, al mismo tiempo, suceden cosas que parecen sacadas de la ciencia ficción, como la inteligencia artificial o la tecnología de deep fake. También ocurren cosas increíbles en los campos de la medicina y la cirugía. Están sucediendo cosas asombrosas, algunas buenas y otras muchas malas. Pero, en cierto modo, la cultura cotidiana parece haberse congelado. Muchas de las batallas que estamos librando pensábamos que se resolverían hace treinta o cuarenta años, como el consumo de drogas o la sexualidad. Vivimos una época muy confusa, es difícil decir si avanzamos o retrocedemos.
También parece cierto que, de igual forma que la tecnología transformó profundamente la producción musical y la música en el siglo pasado, ahora da la impresión de que lo que se está transformado es la forma en que escuchamos música y nos relacionamos con ella. Pensando en los festivales o en las giras, que se están convirtiendo en algo gigantesco, parece que la industria musical está alcanzando unas dimensiones que nunca hubiéramos imaginado. En Futuromanía hablas del enorme impacto que tuvo el espectáculo del dúo Daft Punk en Coachella, en 2006, de cómo cambió la idea misma de lo que se pensaba que podía ser un espectáculo de ese tipo. Sin embargo, al verlo hoy, parece un festival de segunda categoría. Quería conocer tu opinión acerca de cómo los jóvenes se relacionan con la música a través de nuevas tecnologías como las redes sociales o los servicios de streaming. ¿Cuáles crees que son los mayores retos a los que se enfrentan en este entorno digital no solo los artistas, sino también los consumidores y los críticos culturales? En tu caso personal, ¿cómo haces para encontrar música nueva y tratar de evitar los peligros del algoritmo?
He dejado de preocuparme por eso. Antes intentaba estar al día de todo, pero hoy siento que pasan demasiadas cosas. Principalmente, escribo libros, doy clases y hago otros trabajos periodísticos, pero no reseño discos con periodicidad. Me he permitido dejar de sentir esa presión por estar al día. Me sigue interesando echar un vistazo a las cosas de las que habla la gente, pero suelo descubrir algo nuevo uno o dos años después de su lanzamiento. Hay mucho que escuchar, también del pasado, incluido del pasado reciente. A veces recuerdo un disco que me gustaba mucho hace diez o doce años y, al escucharlo de nuevo, lo entiendo de verdad. Me siento un poco desenfocado, pero no en el mal sentido, porque no dejo que el algoritmo me guíe en absoluto. La forma en que descubro nueva música es leyendo artículos periodísticos, aunque probablemente no tantos como debería. También me informa la gente. De hecho, aprendo mucho de mis hijos. Al pequeño le gusta la música indie, ese tipo de figuras folk a las que podríamos llamar «nuevos cantautores». Gracias a él, descubrí a Big Thief, Feeble Little Horse o el nuevo shoegaze. Y el mayor, Kieran, es crítico musical y siempre me está enviando cosas, muchas de las cuales no entiendo en absoluto, pero siempre me interesa lo que a él le entusiasma. Hace poco descubrí el género amapiano, donde encontré una estructura rítmica diferente, pero uno de los problemas de descubrir música en internet, sobre todo si se trata de música dance, es que hasta que no la escuchas en un gran sistema de sonido y ves cómo la baila la gente no tiene mucho sentido. En vídeos de YouTube grabados en discotecas, puedes ver el ambiente y la forma concreta en la que baila la gente, pero no es lo mismo que vivirlo. Por ejemplo, el amapiano o la bruxaria brasileña tienen mucho que ver con cómo se viven. Vivir la música en directo te ayuda a distinguir quién es realmente bueno y quién no.
Me interesaría conocer tu opinión sobre la relación entre música y política. Vivimos un momento de cierta agitación social, sin embargo, la conexión entre la política y la música popular, en comparación con otros momentos históricos, parece haberse roto. El rock and roll en los sesenta o el punk en los setenta son dos ejemplos de conexión entre música y política. Ahora existe alguna excepción, como la canción de Macklemore en apoyo al movimiento estudiantil en Estados Unidos en contra del genocidio de Gaza. Precisamente, en torno a la cuestión de Palestina, hemos visto varias polémicas sobre el compromiso de los artistas. ¿Crees que la música es menos política hoy en día?
Sí, pero tiendo a pensar que el papel político de los artistas tiene menos que ver con su música y más con su faceta como figuras públicas. En ocasiones, las actividades públicas y las declaraciones de los artistas pueden ser muy diferentes del contenido de su música. La rapera Cardi B, por ejemplo, estuvo muy involucrada en las elecciones estadounidenses, donde apoyó tanto a Joe Biden como a Kamala Harris. Ella se sitúa más bien en el ala progresista de los demócratas, pero participó muy activamente en las elecciones y se opuso frontalmente a Trump. Sin embargo, hace una música muy parecida a la de muchos otros raperos, en la que ensalza el éxito individual y el dinero. Al igual que la mayoría del rap, la energía que transmite su música es muy competitiva y tiene mucho que ver con el ego y, en realidad, con la desigualdad. En Gran Bretaña, en 2017, hubo un movimiento llamado Grime for Corbyn que agrupaba a artistas de grime que veían en Corbyn la esperanza para que los jóvenes tuvieran un mundo más amable, más justo y más igualitario. Se hacían eco de sus opiniones sobre Palestina, de su histórica lucha contra el régimen del Apartheid en los ochenta, y lo consideraban un político honesto, en el que veían integridad, coherencia y buenos valores. Entre ellos, se encontraba Stormzy, que era, y sigue siendo, el nombre más importante del grime, una figura pública enorme, muy influyente. Pero, si te fijas en las letras de sus canciones, y de las del grime en general, son similares a las de Cardi B: tienen un discurso muy competitivo, muy poco amable, no hablan precisamente de la financiación del servicio sanitario ni de la necesidad de democratizar el lugar de trabajo, cuestiones que defiende Jeremy Corbyn. De hecho, muchas de esas letras reivindican todo lo contrario, muy al estilo americano, competitivo, en la línea de lo que ellos llaman «pensamiento positivo», esa ideología que dice que si sueñas con suficiente intensidad alcanzarás tus ambiciones. Cardi B y el grime son ejemplos de cómo el contenido la música no es realmente tan influyente. De la misma manera, no creo que una canción con letra progresista persuada a la gente. Me pregunto si se ha dado algún caso en el que eso haya sucedido.
Pienso que las opiniones políticas de las personas están determinadas por su entorno, sus condiciones laborales, su educación y su nivel de información. No creo que la letra de una canción pueda persuadir a alguien. Ocurre lo mismo con los actores que son de izquierdas: pueden recaudar fondos para apoyar a candidatos políticos y hacer declaraciones públicas, pero en su trabajo no hay un contenido político. Muchos actores de izquierdas interpretan a gánsteres y criminales, y luego, en su condición de figuras públicas, dicen cosas a favor de Palestina o apoyan a Zohran Mamdani en Nueva York o a Jeremy Corbyn en Gran Bretaña. En mi opinión, ese es el papel principal de los músicos: cuando cuentan con un público que los sigue, están en condiciones de hacer declaraciones políticas. Ahora bien, no está nada claro que sea algo que realmente funcione. Todo Hollywood, y casi toda la industria musical, apoyó a Kamala Harris. A Donald Trump le apoyaron muy pocos músicos, pero ganó de todos modos. A veces, incluso se podría decir que es contraproducente el apoyo a los políticos por parte de los artistas, ya que puede provocar que la gente piense que los cantantes y los actores se extralimitan en sus funciones, que deberían centrarse en cantar sus temas o hacer sus películas y no dedicarse a dar lecciones ni expresar sus opiniones políticas. En mi opinión, aunque pueda ser contraproducente, deberían hacerlo.
Por ejemplo, es cierto que el movimiento Grime Loves Corbyn tuvo una influencia real en las elecciones de 2017: el voto joven se disparó, el Partido Laborista obtuvo unos resultados inesperadamente buenos y consiguió escaños en lugares donde llevaban mucho tiempo sin ganar o donde nunca habían ganado hasta entonces; en algunos casos, en ciudades universitarias con mucha población joven. Las elecciones de 2017 fueron uno de los acontecimientos más extraordinarios que he visto nunca: un partido de izquierdas real que conectó con los jóvenes y estuvo a punto de triunfar en las urnas. Ese año, en el Festival de Glastonbury, se escucharon cánticos espontáneos como el famoso «Oh!, Jeremy Corbyn». Fue muy extraño: una figura aparentemente poco atractiva, con un gusto musical muy anticuado, que no es moderno ni viste bien como Obama, se convirtió en una figura de culto entre los jóvenes. De todas maneras, no creo que la forma principal de lograr el cambio sea a través de las canciones, sino de la organización, el activismo y las manifestaciones.

Foto: Jonathan Alonso Delgado
En el Festival de las Ideas, mantuviste una conversación con C. Tangana, una de las mayores figuras musicales en España. Tangana se encuentra a la cabeza de una nueva generación del pop español, que tiene su lado retro porque recurre a parte de nuestra cultura musical, pero la transforma en algo nuevo. De todas formas, la escena musical hispanohablante y la angloparlante siguen siendo dos universos diferentes. ¿Tienes alguna perspectiva sobre esta división? ¿Crees que se ha estrechado o sigue siendo tan profunda como lo era años atrás?
Aunque no conocía a C. Tangana, me gustaron sus discos. Puede que hubiera leído algo sobre él, pero no estaba especialmente familiarizado con su trabajo. Pienso que cada vez hay más artistas de habla hispana que se están introduciendo en la esfera anglófona. Los ejemplos más claros son Rosalía o Bad Bunny, quien es cada vez más conocido en Estados Unidos y en Gran Bretaña. Parece que ya no importa tanto que las letras sean en inglés. Hay otros géneros que viajan menos, como la música indie, donde todavía son muy importantes las letras. Cada vez que visito un nuevo país, la gente me habla de artistas que allí son muy famosos, pero de los que no he oído hablar, casi siempre porque son indie o rockeros, géneros donde las letras adquieren más importancia. A menudo tienen letras increíbles, pero eso no se transmite. Los géneros que parecen viajar más son la música instrumental o la música dance, donde lo que cuenta es el ritmo y la producción. Históricamente, el dance era realmente música internacional para multitudes, porque no solía tener letra y, si la tenía, era breve o poco relevante. Así que, en cierto modo, la música más significativa en cualquier país, en el sentido de que contiene mensajes significativos, es la que no llega a otros lugares. Pero el pop más entretenido o con ritmos interesantes sí está cruzando fronteras. Pese a todo, sigue existiendo una hegemonía anglófona.