¿VUELTA AL ORDEN? LA ARQUITECTURA DEL GOBIERNO FEDERAL ESTADOUNIDENSE EN LA ERA TRUMP

EDWARD DIMENDBERG TRADUCCIÓN: ANA USEROS El historiador de la arquitectura y el urbanismo Edward Dimendberg, profesor de Humanidades en la Universidad de California, alerta en este artículo del impacto de la política del Gobierno Trump en la arquitectura estadounidense y, por extensión, en la del resto del mundo. Trump, que es también el primer promotor inmobiliario del país, ya ha tirado abajo el ala este de la Casa Blanca y amenaza con derribar edificios históricos, como la sede del FBI, de estilo brutalista, la bestia negra –junto al deconstructivismo– de la estética trumpista. Para Dimendberg, «Haz América Bella Otra Vez», la última orden presidencial con la que se definen las directrices a seguir en las construcciones gubernamentales, no solo es un atentado contra la arquitectura contemporánea y la libertad creativa de los arquitectos, también pone en peligro las instituciones democráticas.   Día sí y día también, las consecuencias de la reelección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos se vuelven más evidentes, no solo para la población estadounidense, sino para todas las personas que habitan este mundo contemporáneo interconectado. Aunque los efectos perturbadores de la política exterior y económica de su Gobierno reciben una atención constante, no estamos siendo…

EDWARD DIMENDBERG

TRADUCCIÓN: ANA USEROS

El historiador de la arquitectura y el urbanismo Edward Dimendberg, profesor de Humanidades en la Universidad de California, alerta en este artículo del impacto de la política del Gobierno Trump en la arquitectura estadounidense y, por extensión, en la del resto del mundo. Trump, que es también el primer promotor inmobiliario del país, ya ha tirado abajo el ala este de la Casa Blanca y amenaza con derribar edificios históricos, como la sede del FBI, de estilo brutalista, la bestia negra –junto al deconstructivismo– de la estética trumpista. Para Dimendberg, «Haz América Bella Otra Vez», la última orden presidencial con la que se definen las directrices a seguir en las construcciones gubernamentales, no solo es un atentado contra la arquitectura contemporánea y la libertad creativa de los arquitectos, también pone en peligro las instituciones democráticas.

 

Día sí y día también, las consecuencias de la reelección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos se vuelven más evidentes, no solo para la población estadounidense, sino para todas las personas que habitan este mundo contemporáneo interconectado. Aunque los efectos perturbadores de la política exterior y económica de su Gobierno reciben una atención constante, no estamos siendo del todo conscientes de su impacto en la arquitectura estadounidense, igualmente perturbador. Los aranceles sobre la madera y el acero canadienses, o sobre los materiales que se importan de otros países, inevitablemente dispararán al alza los costes de la construcción en Estados Unidos. Las energías limpias alternativas, como la solar o la eólica, que dependen de tecnologías importadas de China, se encarecerán precisamente ahora, cuando su uso está creciendo y reduciendo la dependencia de los combustibles fósiles.

A medida que los ya elevados intereses aumenten, debido a los mayores rendimientos que ofrecen los bonos del tesoro estadounidense para atraer y calmar a los inversores, el coste de la financiación inmobiliaria y los tipos de interés hipotecarios subirán, lo que frenará tanto el desarrollo de proyectos como la adquisición de vivienda. Es un secreto a voces que los trabajadores en situación irregular son una mayoría en el sector de la construcción y que la subida de los costes laborales que se derivarán de las restricciones a la inmigración acabará recayendo en el cliente final. La construcción de viviendas, en especial de viviendas asequibles, un gravísimo problema que el presidente y primer constructor inmobiliario de la nación ignora, se ralentizará aún más.

POR UNA ARQUITECTURA DE EXCELENCIA

La política arquitectónica de la General Services Administration (GSA), a la que a menudo nos referimos como «el casero del Gobierno federal», se formuló en los «Principios rectores para la arquitectura federal», un informe de 1962, elaborado por el que fuera secretario adjunto de Trabajo en los Gobiernos de John F. Kennedy y Lyndon B. Johnson, Daniel Patrick Moynihan, que después sería senador por Nueva York. Además de reiterar la importancia de realizar encargos de obras de arte para los edificios federales –un legado de la época del New Deal de Roosevelt–, sus principios defendían sin ambigüedad la libertad creativa en la arquitectura:

Hay que evitar el desarrollo de un estilo oficial. El diseño debe fluir desde la profesión arquitectónica hacia el Gobierno y no al contrario. El Gobierno debe estar dispuesto a abonar costes adicionales para evitar la excesiva uniformidad del diseño en los edificios federales. Cuando sea pertinente, se establecerán concursos para el diseño de estos edificios. Como regla general, se buscará la asesoría de figuras distinguidas de la arquitectura antes de adjudicar importantes contratos de diseño.

Basándose en «lo mejor del pensamiento arquitectónico contemporáneo estadounidense», los edificios encargados por la GSA «deben aportar un testimonio visual de la dignidad, la iniciativa, el vigor y la estabilidad del Gobierno estadounidense». Hay que destacar que el informe no hace referencia a ningún estilo o época histórica concretos. El requisito arquitectónico para la democracia debe ser la continua evolución de la arquitectura y su capacidad de dar respuesta a las necesidades y la cultura contemporáneas:

Nuestra meta debería ser poder estar a la altura de la evocación de Pericles al pueblo ateniense, que el presidente [Kennedy] encomendó a la cámara de Massachusetts en su discurso del 9 de enero de 1961: «No imitamos, puesto que somos el modelo para el resto».

Quien hizo más que nadie para que estas ideas se llevaran a cabo fue el funcionario público Edward Feiner, arquitecto jefe del GSA entre 1996 y 2005 y cocreador, en 1993, junto con Marilyn Farley, del «Design Excellence», un programa creado para elevar la calidad de la arquitectura gubernamental. El cargo de arquitecto jefe se había suprimido en la década de 1930, y Feiner nunca tuvo la intención de convertirse en el «zar de la arquitectura». En los más de 140 edificios y tribunales que encargó, jamás se puso en duda su compromiso inquebrantable con el pluralismo estilístico, que recorría toda la gama de estilos, desde los contemporáneos hasta los regionales y los históricos. Bajo su supervisión, se realizaron encargos a profesionales como Richard Meier, Thom Mayne, Arquitectonica, ZGF, Antoine Predock, Ralph Johnson, Laurie Hawkinson y Tim Smit-Miller y Harry Cobb y la calidad de la arquitectura federal mejoró de manera espectacular. Arquitectas como Julie Snow o Carol Ross Barney se unieron a lo que previamente había sido un club masculino, y demostraron que la diversidad de género y el mérito no eran conceptos incompatibles.

No es razonable esperar de un programa de construcción gubernamental, responsable de realizar miles de encargos, un conjunto de obras a gusto de todos, y mucho menos la construcción de una obra maestra detrás de otra. Sin embargo, por su credibilidad y profesionalidad, el programa Design Excellence contó con el respeto de la mayoría de los profesionales de la arquitectura, que se convenció con razones fundamentadas de que ninguna camarilla estaba siendo favorecida.

¿QUÉ SABE TRUMP SOBRE DECONSTRUCTIVISMO?

El interés de Trump por la arquitectura quedó claro durante su primer mandato como presidente con la publicación, el 18 de diciembre de 2020, de la orden presidencial «Fomento de una arquitectura civil federal bella»¹. En este texto, a los debates sobre el «Constituto de Siena» (1309) [carta fundamental en la República de Siena, donde se insta a los gobernantes a primar la belleza] y sobre el arquitecto Christopher Wren (1632-1723), se suman críticas al brutalismo, una bestia negra reconocible por su «apariencia gigantesca y mazacote, con un rígido estilo geométrico y un uso a gran escala de hormigón visto», que se puede identificar con el Hubert Humphrey Building, sede del Departamento de Salud y Recursos Humanos, que Marcel Breuer terminó en 1977.

Aún peores críticas le dedica a la arquitectura «deconstructivista», surgida a finales de la década de 1980, a la que describe como un intento de socavar «los valores tradicionales de la arquitectura mediante rasgos como la fragmentación, el desorden, la discontinuidad, la distorsión, la geometría sesgada y la apariencia de inestabilidad» y, aunque estas cualidades chocan con la posibilidad de dar una definición unitaria o un ejemplo paradigmático, considera que se podría encontrar dicho ejemplo en el San Francisco Federal Building (antes, el Nancy Pelosi Federal Building), proyectado en 2007 por Morphosis. En una realidad alternativa, un equipo presidencial que se dedica a perturbar el statu quo podría apreciar una estética rupturista. Sin embargo, de ahora en adelante, para los tribunales y edificios federales, así como para los edificios gubernamentales en Washington y para cualquier construcción cuyo presupuesto supere los cincuenta millones de dólares de 2020, se elegirá el estilo de la arquitectura clásica de «la Atenas y la Roma antiguas», puesto que es el que mejor «realzará y embellecerá los espacios públicos, inspirará al espíritu humano, ennoblecerá a Estados Unidos y suscitará el respeto del público».

No deja de ser llamativo el carácter caprichoso de esta orden presidencial, así como el hecho de que el estilo se anteponga a la sustancia y al rigor histórico. ¿Quién iba a pensar que, además de la vuelta a los precedentes grecorromanos, admirados por Thomas Jefferson, la arquitectura clásica incluyera ahora la ecléctica obra de Julia Morgan o los edificios de Daniel Burnham (1846-1912), considerado uno de los inventores del rascacielos de Chicago? Otro estilo aceptable es el art decó, una elección curiosa, teniendo en cuenta que suele recurrir a una estética mecanicista, aunque quizá su atractivo resida en que da pie a imaginarse los edificios gubernamentales de la seria Washington DC como el jazzístico Radio City Music Hall de Manhattan. Aún más desconcertante es esta otra pregunta: ¿dónde aprendió de deconstructivismo Donald Trump?

La respuesta más probable es que fuera de Justin Shubow, fundador en 2022 de la National Civic Art Society (MCAS), quien admite haber «promovido la orden presidencial y metido mano en su redacción»². Antes de ocupar su actual cargo como asesor arquitectónico del nuevo Gobierno, Trump lo había nombrado presidente de la Commision of Fine Arts, un organismo de siete miembros con la facultad de aprobar la construcción de edificios y la planificación urbanística en Washington. Tras ganar las elecciones en 2020, Joseph Biden lo cesó y revirtió la orden de Trump por la cual el arte de los edificios gubernamentales debía expresar temas patrióticos y desterrar la abstracción.

El hecho de que Shubow –no cuenta con formación previa en arquitectura o urbanismo, carece de título de posgrado o de publicaciones académicas, no ha sido elegido para ocupar ningún cargo político y ni siquiera es funcionario público– haya adquirido, gracias a su cercanía a Donald Trump, una función que le da la capacidad de desviar y perjudicar la misión arquitectónica de la GSA, así como el conjunto del diseño gubernamental, lo convierte en una persona clave a la que hay que seguir. A través de los escritos que cuelga en su web, de apariciones en los medios de comunicación, entrevistas y columnas de opinión publicadas en prensa, se ha convertido en el oponente más locuaz y visible de la arquitectura contemporánea de Estados Unidos, llegando a afirmar que, en la década de 1950, sus representantes habrían logrado un control hegemónico de la arquitectura federal que no había sido puesto en duda hasta que él apareció³.

La comunidad de arquitectos ha expresado su rechazo contra estas opiniones. Después de que en 2020 se conociera el borrador de las directrices de la nueva ley, el American Institute of Architects (AIA) publicó una aguda y crítica declaración [«Inmediate Action Nedded Contact the White House NOW!»], y más de 11.400 de sus miembros (incluyendo a quienes admiran la arquitectura clásica y basan en ella sus proyectos) firmaron una petición en defensa del pluralismo y contra la imposición de un estilo arquitectónico federal monolítico.

Tal vez el comentario público más relevante fue un artículo del comité editorial de The New York Times (difícilmente clasificable como un nido de radicales de izquierdas) publicado el 7 de febrero de 2020 bajo el título «¿Qué tienen de bueno los falsos templos romanos?». Como respuesta a este artículo, Shubow afirmó en una entrevista que era «un ataque hacia la arquitectura clásica contemporánea que decía que los padres fundadores tenían la necesidad de recurrir al pasado, pero ahora ya no hay necesidad de llevar prendas prestadas. En fin, yo le diría al Times como respuesta, ¿acaso creen que el Tribunal Supremo es un templo romano falso, o que el mismísimo Capitolio de los Estados Unidos es falso?».

Después de que Trump indultara a 1.600 participantes en la insurrección que arrasó el Capitolio el 6 de enero de 2021, entre ellos a autores de hechos violentos y delictivos, y después de los intentos continuados de su Gobierno y de su representación en el Congreso de diezmar la red de la seguridad social, es posible que parte de la población estadounidense conteste afirmativamente a las preguntas retóricas de Shubow y que atisbe una discrepancia entre el carácter supuestamente democrático de la arquitectura clásica y el cada vez menos democrático gobierno que ahora simboliza. Para buena parte de la población, los legados del clasicismo y el neoclasicismo no son únicamente un recuerdo de George Washington, sino del Sur anterior a la guerra, constituido en buena parte por las plantaciones y los edificios públicos de la Confederación, así como por una identidad cultural imbuida de clasicismo. Dicha arquitectura (mucho más compleja de lo que reconoce Shubow) no puede reducirse, sin cometer una burda simplificación, al estilo favorito de los nazis, al de la élite esclavista o al del espíritu democrático de los ilustrados fundadores de la república americana. Su tosca manera de relacionar la forma arquitectónica con los sistemas políticos y filosóficos no sería admisible ni siquiera en un trabajo estudiantil de primero de arquitectura. Todo régimen autoritario (la Alemania nazi, la Italia fascista o la Unión Soviética estalinista) que haya abandonado el pluralismo arquitectónico también ha renunciado a las instituciones democráticas y ha desembocado en el terror. Minimizar este hecho apunta a una terrorífica ceguera ante la historia real (en oposición a la ilusoria).

Aunque de manera ostensible se solicita la opinión del público en el diseño de los edificios, que se pretende que «hablen del tipo de personas que queremos ser», la orden presidencial veta la participación de «artistas, arquitectos, ingenieros, críticos de arte o arquitectura, maestros o profesores de arte o arquitectura, o miembros de la industria de la construcción; o afiliados de cualquier grupo de interés, gremio profesional o cualquier otra organización cuya membresía se vea financieramente afectada por las decisiones que involucran el diseño, la construcción o la remodelación de los edificios públicos». Como tantas y tantas personas negacionistas de la ciencia que forman parte del Gobierno de Trump, a Shubow le molesta el saber experto, a no ser que sea el suyo, como asesor de GSA, como señala en su web.

HACER AMÉRICA BELLA OTRA VEZ

El 20 de enero de 2025 Trump firmó una segunda orden presidencial que recuperaba lo esencial de la que había firmado en 2020, aunque sea mucho más breve. «Fomento de la arquitectura federal bella. La Casa Blanca»4. Sorprendentemente, pocos arquitectos han expresado su oposición de manera individual a este segundo intento de imponer un régimen estilístico unitario. La AIA sí protestó, esta vez destacando el importante recorte presupuestario gubernamental. En una carta al GSA, del 20 de marzo, su director en funciones, Steven T. Ayers, escribía: «Las órdenes que prescriben un estilo ahogan la innovación, limitan la diversidad arquitectónica y no tienen en cuenta los contextos únicos culturales e históricos de las comunidades locales. Además, la arquitectura clásica, aunque es un elemento importante del legado arquitectónico de nuestra nación, a menudo exige materiales más caros, plazos de construcción más largos y unos costes de mantenimiento más elevados, cargas que, en último término, repercuten sobre los impuestos de la población»5.

La obsesión de Trump con la sede central del FBI, el edificio brutalista J. Edgar Hoover (C. F. Murphy Associates, 1975), apunta a que estará entre los primeros edificios de la agencia en Washington cuya reconstrucción se lleve a cabo mediante esta última orden. Seguramente le sea imposible resistirse al simbolismo de proyectar una nueva oficina central para la agencia nacional de seguridad en consonancia con sus principios de diseño. El pasado 15 de mayo, el director del FBI, Kash Patel, anunció que el edificio se clausuraría y que sus 1.500 empleados serían trasladados. Su futuro sigue siendo incierto.

En un artículo de opinión publicado en The Washington Post el 12 de marzo, Shubow y Victoria Coates, vicepresidenta de la Heritage Foundation, hoy más conocida por el plan «Project 2025» que ha servido como manual de instrucciones para el segundo Gobierno de Trump, defendieron la demolición del edificio James V. Forestall (Curtis & David, 1969), sede del Departamento de Energía –ahora reestructurado para el fomento de la extracción de combustibles fósiles (no se mencionan la energía solar ni la eólica) y para convertirlo en «el brazo tecnológico y la fuente de recursos para la emergente nueva guerra fría entre China y Estados Unidos»–. En ese texto enseñaron sus cartas y revelaron que la crítica al brutalismo era un caballo de Troya para un elemento clave de la actual agenda republicana: el negacionismo del cambio climático6.

Sin embargo, aún no hay ningún proyecto de edificio gubernamental importante donde implantar los criterios de la orden presidencial de Trump. La demolición, en 1963, de la Pennsylvania Station –obra maestra de 1910, de McKim, Mead & White, y la principal estación ferroviaria de la ciudad de Nueva York–, que Moynihan denominó «el mayor acto vandálico de la historia de Nueva York», es una herida sin cerrar. Seis décadas después sigue siendo el triángulo de las Bermudas del desarrollo arquitectónico urbano estadounidense, durante el cual han desaparecido innumerables propuestas y las disputas entre la propiedad, los contratistas y los organismos gubernamentales han demorado las mejoras para ese nudo de transportes, descrito como «un laberinto de ratas».

La última parte interesada en entrar en la refriega ha sido Trump. El pasado 17 de abril se enfrentó con la New York Metropolitan Transit Agency por el control y el futuro de la Penn Station, alegando que la línea férrea nacional –Amtrak– era de titularidad federal. En medio de esta controversia, el arquitecto Alexandros Washburn, en colaboración con la organización sin ánimo de lucro Grand Penn Community Alliance, ha hecho circular simulaciones de su propuesta, «inspirada» en el edificio original de McKim, Mead & White, que incluye un apeadero cubierto junto a un parque y una columnata dórica en el lado de la Séptima avenida7. La creencia de que una estructura pública monumental, que es a la vez una compleja pieza de la infraestructura urbana, podría o debería reconstruirse según su diseño original, en lugar de concebirse desde cero para dar respuesta a las necesidades contemporáneas y tecnológicas, ha producido preocupación entre la comunidad de arquitectos y diseñadores8.

Thomas Klingenstein, director de un fondo de inversión, miembro de la junta de la organización de Shubow y del think tank conservador Claremont Institute, se ha erigido en defensor del diseño9. Que una estructura pública con un profundo significado histórico como parte de la infraestructura urbana, esté impulsada por individuos privados a los que preocupan más los valores patrióticos que la libertad de expresión es perturbador, aunque no tan alarmante como la propuesta de Shubow de que su construcción se acelere, como ya se hizo con la «Operation Warp Speed», el proyecto de desarrollo de las vacunas del COVID. Después de los intentos chapuceros por parte de DOGE de desmantelar las agencias federales a velocidad de crucero, reconstruir la Penn Station de la misma manera que se hizo en el pasado no es algo que inspire confianza.

¿Qué es lo que, en última instancia, está en juego en el proyecto de Shubow de eliminar la arquitectura contemporánea de las construcciones federales? Sin duda, no es la función, la creación de edificios públicos capaces de cumplir con las especificaciones programáticas y mejorar las vidas del funcionariado y la ciudadanía. En su incesante torrente de escritos, Shubow apenas menciona el programa, la función o el diseño interior de los edificios, lo que apunta a que, según la expresión italiana, es un facadista, un hombre al que solo le preocupa la apariencia externa y el espectáculo. Además de insistir en que Washington siga siendo una pieza de museo, parece ignorar el urbanismo y piensa que solo los edificios individuales pueden mejorar las ciudades.

El socio de Trump, Steve Bannon, afirmó en una frase que se ha hecho famosa: «la política está aguas abajo de la cultura». Decidir quién es o qué es estadounidense es una tarea muy importante. Pero choca radicalmente con los avances en la arquitectura, que suelen implicar el movimiento de personas, ideas y tecnologías por encima de las fronteras nacionales. El aire internacional que estos intercambios presuponen está muy alejado del clasicismo monolítico que se promulga desde arriba y luego valida una opinión pública ideológicamente devastada y alejada del conocimiento experto que fomentan Shubow y sus socios.

Aunque Shubow defiende que las directrices de Trump no van a impedir a los arquitectos trabajar con la paleta de la modernidad en otros contextos, esa afirmación suena hueca en la sociedad estadounidense contemporánea, donde, cada día que pasa, los límites entre lo público y lo privado se desdibujan y las directrices acaban por convertirse en requisitos. Los continuados intentos del Gobierno Trump de desafiar el conocimiento científico en la medicina, el cambio climático, el control de las universidades, la reescritura de la historia estadounidense, la retirada de libros considerados ofensivos de las estanterías de las bibliotecas públicas, el dictado de los contenidos del currículo de la escuela primaria, la retirada de fondos para las artes y humanidades y la influencia en la política cultural de los museos y de las instituciones de artes escénicas no proporcionan precisamente razones para que los arquitectos puedan concluir que podrán trabajar sin interferencias.

En lo bueno y en lo malo, la historia del siglo xx demuestra que las tendencias de Estados Unidos a menudo se extienden más allá de sus fronteras. Si la agenda Shubow-Trump se impone, los Gobiernos de otras naciones podrían inspirarse en ella, seguir su ejemplo y luchar por el control de la arquitectura en sus respectivos países. Los profesionales de la arquitectura en Estados Unidos necesitan con urgencia el apoyo de los miembros de la comunidad arquitectónica internacional. El aislacionismo miope del Gobierno Trump no debe oscurecer lo mucho que se juegan en la crisis estadounidense los arquitectos de todo el mundo.

Que las reducciones en el presupuesto federal y la austeridad fiscal sean componentes esenciales de la agenda política de Trump hace improbable que llegue una ola de edificios federales en un futuro próximo. Aparte de los proyectos urgentes y de los encargos simbólicos, lo más probable es que durante su segundo mandato se construya menos y no más. ¿Ese interés que tiene desde 2020 por atacar la arquitectura contemporánea es simplemente una concesión al conservadurismo cultural o es una señal de un auténtico cambio de gustos y principios en el umbral de su implementación? Aún es pronto para saberlo. El pasado 28 de agosto, Trump emitió una orden presidencial en la que se repetían las directrices proyectuales de la anterior y donde especificaba que serían los arquitectos que trabajan en el estilo clásico quienes se encargarían de ejecutar los proyectos de los edificios gubernamentales10.

TRES ESCENARIOS POSIBLES

En un entorno político volátil, que cambia de la noche a la mañana, predecir los resultados futuros no es una buena idea. Sin embargo, hay tres escenarios (o variaciones) que parecen posibles. En el primero: la desorganización, la reducción de personal y la incompetencia de la GSA, junto con la ingeniería del valor, llevaría a la construcción de pocos edificios, por no decir de ninguno. Las ideas incendiarias, en última instancia, resultarían ser una pantalla de humo (más farol que sustancia) para desviar la atención de otros temas de la agenda política republicana. Una segunda posibilidad sería un éxito modesto y la proliferación de templos griegos y edificios insípidos de estilo clásico por todo el país. Unos pocos de estos proyectos serían incluso loables. Las disputas entre los arquitectos y los municipios podrían dirimirse en los tribunales y saldarse ocasionalmente con una victoria para quienes hubieran optado por enfoques diferentes. Pero el terreno se habría desplazado.

La tercera y más distópica de las posibilidades sería una estandarización exitosa, encapsulada en el término nazi Gleichschaltung, que conduzca al control de toda arquitectura, incluso de los edificios que no sean un encargo gubernamental. Las juntas locales de supervisión de los proyectos podrían emitir códigos que exigieran conformismo o que, sencillamente, aplastaran la voluntad de los arquitectos, exigiendo innumerables y laboriosas revisiones menores de los planos que se les entreguen para obtener la licencia de obra. Los contratistas y los clientes institucionales gravitarían hacia proyectos que no puedan considerarse controvertidos en ningún caso. Los arquitectos, enfrentados a la necesidad de sobrevivir, ahogarían su imaginación y ejecutarían esos proyectos. Quienes se enemistaran con el Gobierno podrían ser presionados para proyectar pro bono la Biblioteca Presidencial Trump. Y, un buen día, la arquitectura contemporánea estadounidense se habrá convertido en algo fofo y burocrático. La versión más extrema de esta realidad silenciaría a los arquitectos que trabajan con estilos y modos que se consideren antipatrióticos, empezando por aquellas personas comprometidas con la diversidad que no hayan nacido en el país, ni sean blancas, varones, heterosexuales y cristianas.

En 1960, en el momento álgido de la Guerra de Argelia, a la vez que se enzarzaba en un combate ideológico durísimo con un oponente intelectual, Charles de Gaulle se negó a encarcelar al filósofo más famoso del país. «No se detiene a Voltaire. Incluso Jean-Paul Sartre es Francia», explicó. Los arquitectos que hoy trabajan en Estados Unidos con una pluralidad de estilos podrían tener la esperanza de encontrarse con adversarios igualmente generosos. De no ser así, puede que un día se encuentren con que se les considera cuerpos extraños dentro de una tradición arquitectónica nacional y que se les trata según esa idea. Entonces, las implicaciones para la arquitectura y la democracia en Estados Unidos y en otras partes del mundo serán escalofriantes. Nos hallamos ante un imperativo ineludible, y los arquitectos que viven y trabajan en ámbitos a los que, por ahora, no ha llegado la ira y la sed de poder de Trump no pueden ignorarlo. Deben mantenerse atentos y nunca, nunca citar el título de esa novela distópica de Sinclair Lewis de 1935: Eso no puede pasar aquí.

 

 

1 Se puede consultar en: federalregister.gov/documents/2020/12/23/2020-28605/promoting-beautiful-federal-civic-architecture

2 Se puede consultar en: civicart.org/

3 Se puede consultar en: shubow.com/about/

4 Se puede consultar en: whitehouse.gov/presidential-actions/2025/01/promoting-beautiful-federal-civic-architecture/

5 Se puede consultar en: aia.org/about-aia/press/aia-sends-letter-acting-administrator-general-services-administration

6 Se puede consultar en: shubow.com/my-washington-post-op-ed-the-brutalist-forrestal-building-headquarters-of-the-dept-of-energy-must-be-demolished

7 Más información en: tomklingenstein.com/classical-architecture-and-the-future-of-new-york/ Classical Architecture and the Future of New York

8 Más información en: www.archpaper.com/2025/03/amid-political-rumblings-and-a-call-for-more-housing-a-penn-station-redesign-gets-support-from-a-gop-donor-and-revives-the-call-to-move-madison-square-garden/Penn Station redesign gets support from a GOP donor

9 Más información en: tomklingenstein.com/video/the-bold-vision-to-make-penn-station-great-again/The Bold Vision to Make Penn Station Great Again

10 Más información en: whitehouse.gov/presidential-actions/2025/08/making-federal-architecture-beautiful-again/

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